Teresa Raquin


Teresa Raquin
(En la subrepción de la monotonía).

Émilie Zola

Todo aquel litómano que, azuzado por abrevar de entre los enunciados  inherentes a esta novelación, albergase la esperanza de otear, desde la cimera de su focalización, pasivamente alborozada, a un París endomingado y rozagante, veríase rotundamente aterido por las desazones del desencanto.
La omnisciencia de este narrador, ayuno de florilegios, se embelesa en develar lo que, en el caletre francés, habría de ser celaduría de resguardo.
Más allá de dar mostranza de la antítesis correlativa a los planos circunstantes y no menos circunstanciales, el estilógrafo, empapado por las linfas cenagosas, por las miasmas y la hiel, desempeña el laborío, mejor decir, esa singular tejeduría de circunstanciar la eminencia de oquedades en rapto existencial, infusas al natural de estos citadinos.

Más etopéyico que prosopográfico, este aniego al rigor del Naturalismo, alcanza el mérito de hacer rutilar la vileza – mediándose por evisceración figurativo-literaria – de todo es torpor, nativo a  esas vidas inmersas en la infernación adscrita a la moralina y convenciones socio-culturales.
¿En qué otro plexo circunflejo habría de ubicarse un tiento asaz asutilado, como para resaltar las teratologías circunscritas a esos caracteres estultos, sosos y vilordos, sino fuere por la aproximación del cristalino de Emilie Zola?
Claro está, las opacidades de su pictografía, constipadas por las temperies nimbadas, más que por el efecto de la neblina, por la inmanencia de la saudade,   de ese spleen coterráneo de sus callejas, ingurgitadas por horizontes carentes de fulgor: lobregura y estupor del París que nadie osó pintar con tan cruento denuedo.
Empero, en la murria de estas páginas y sus treinta y un capitulaciones, la pluma antojó cifrar su vuelo por entre la calígine de las subrepciones, esas, las más inadvertidas y más furtivas, esas, que, allende localizarles en espacialidad alguna, se ovillan, con pudor y gazmoñería, en los entuertos del organismo humoral y todo su complejo de analogías.

Tal cual el emanatismo propio de la cosmogonía vedanta, el narrador, da inicio a partir de lo más sutil, hasta lograr las crascicies de lo más denso.
Los movimientos del alma. Es éste el epicentro en virtud del cual despunta su orquestación figurativa. Y, vaya movimientos! Trémulos y soseídos desde el vértice de sus operantes. Dichas mociones no podrían más que empantanarse en su propia morbidez anímica, en esa tan ordinaria, común y gregaria imbecilidad de los caracterismos convencionalmente estupidizados.
Un temperamento, sometido a las férulas de la idiosincrasia familiar, y cuya desproporción, en el marco de sus disparidades para con éstas, le torne en fámulo de su propia insuficiencia, así consiguiendo la subversión de tales desinencias, he aquí, un marco por demás sórdido y revulsivo, impuesto a todo baluarte de la búsqueda identitaria.

Esta sujeción es encarnada por la protagonista: Teresa. La esfera interior de esta mujer, ese ámbito psíquico, preséntase antípoda a la ambientación demarcada por la fatalidad. Su temple, sanguíneo y voraz, de ímpetu y artería, es connatural a la extroversión y la lujuria. Pero, tal como el intervalo, caro y precioso a la epifanía de la notación musical, el cuadro familiar en el que su tipología se ve embutida, es en demasía opuesto al ímpetu de sus aptitudes. Y, precisamente en dicha pauta, es donde nacen las primeras notas, las semifusas de la discordia.

Percutida por las nequicias de una puericia azarosa, su pubescencia es amparada –   con miras conmiserativas y no menos deliberadas – por la piedad de una tía. La señora Raquin, propietaria de cierta mercería, ceba la ingenuidad de la joven provinciana para servir de distractor a su descendiente, Camilo, cuyo organismo se viera marcado por la veleidad de una extraña enfermedad. Mesigno, palúdico y enerve, este señorito y sus dolencias, representan, en la vida y desarrollo de Teresa, todo un martirologio de introverciones y disimulo, amén al desdén y oprobio advertidos hacia tan incordio compañero.

Sin que el lector goce de perspicacia, sin que haya franqueado muchas cláusulas de la oleografía líneas atrás bosquejada, sabrá barruntar la connivencia urdida entre la señora Raquin y su hijo, cuya cárcava, patética e igualmente malsana, resguarda y nutre la prospección del morganático. Pese a las veneras de la consanguineidad, la prima desposa al primo, oportuno incesto, según los indultos alcanforados por la misericordia, que, homologable al encono, todo lo enrostra sin detenerse a considerar vulnerabilidades.

Cotejable al estadio de cualquier valetudinario, una vez ha logrado desarrollar una suerte de bilocación encauzada en su fuero interno, y más específicamente, en su contexto heurístico, Teresa, al verse corroída por una existencia ahíta de monotonía, inficionada por los agrores del tedio, así como la falta de locomoción, y aventura, en el magín, esta miseranda permite que en su temple vaya abrotoñando una flor. Esta modalidad de floración, ignota a todo texto de botánica, consiste en un espécimen por demás exótico, y cuyos atributos se afinan descriptivamente en tres cualidades: la fruición dimanada del éxtasis, un éxtasis aún más connivente, plagado de ensoñaciones, nutriéndose, desde la almáciga de la fantasía, la lubricidad,  la venganza y la inquina.
En la podrescencia de su ser anímico, la protagonista, justo en el contrahaz donde la amargura sincroniza sus diacronías, tal como una morfosintaxis cada vez más estructurada, advierte operarse toda una sucesión de orden alquímico.
Su conciencia instintual, hiperbolizada en virtud a la presión del contraste, sublima la ‘substancia primitiva’, enquistada en las cavernosidades de su imaginario, así permitiendo que, determinada suficiencia, refinadamente atiplada en los denuedos de la dramaturgia, acoja la realidad con aparente resignación.
Sin embargo, esta ambientalización de índole escénica, funge como armisticio, en tanto se va fraguando la evolución de perspectivas sobreexitadas merced a la mistificación de toda esa gama de valores establecidos por la ortodoxia de esta familia.

El primer despertar lo criba la profusión del adulterio, morbífico para la lozanía de la castidad. Sin embargo, esta aparente patogenia de la moral vernácula y marital, constituye un elemento de primera necesidad, saludable y ante todo, necesario a esa personalidad emergente: la auténtica, la destinataria de tanta basura ética, y ello suscitado a guisa de una situación ontológicamente equidistante a la naturaleza del ama de casa, de la esposa, de esa “madame de Ranquin”.
De la infidelidad, como consecuente sucesión, el homicidio o, mejor decirlo, el acto de la eutanasia, constituye un proceder preeminente y congruente para la orquestación y acabamientos del prurito, fruto de la rebeldía.

Si tan sólo La Bruyère, Fenelon o bien, La rochefacaeult hubiesen difundido sobre estas líneas, el humor vítreo de sus pupilas, habrían, sin lugar a hesitaciones, reivindicado el imprimatur inquisitorial, hasta ver deflagrarse en llamas esta exquisita bizarerie atinente al organismo literario de su contenido.
Su riqueza estriba en el manejo de esa estética comprendida a partir de los indicios instintivos: abscesos, crueles y purulantes, esteticismo inherente a toda conciencia, cual lactancia oncológica, cuya avidez, por lo general, se instituye en modalidades de cosmetología del todo metodológica, donde, jerárquicamente, el valor por antonomasia no lo detenta ni la probidad ni la castidad, cuanto que la astucia y su nada fútil desempeño.
Pese a esto, el narrador y su pluma-escalpelo,  muestra lo indeseado, aquello que, el ojo, enquistado por las fachaletas del júbilo ornamental, pugna por desdecir, por desandar, por aderezar, en ese sempiterno carnestolendas de la vida marital, en lo que a su fondo cirquense respecta.  

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