Demonomancia tropológica. Nodier, liriólogo del Inframundo.

Demonomancia tropológica. Nodier, liriólogo del Inframundo.

Diatriba contra “Las academias.”

Axioma primigenio: señoritos académicos, Magia y literatura, Nigromancia y poesía, más que representar disimilitudes, amparan análoga nacencia.

Corolario de fondo: achacosos de las “bellas letras”, el escritor nada escribe. El numen poético escribe al escritor. Su parentesco con la racionalidad se sabe, sino fósil, sí, retozo de bocetos, a la oquedad comarcanos.

A los cenáculos “letrados”.

Verles puedo! Apiñados en su saloncillo de chácharas, afectando sapiencia, simulando el decoro: tremolantes las manos, ojos en tripudio, decidiendo quién es aprobado, según los estipendios de una moral flébil y no menos lasa.  
“Menester es universalizar el contenido, llegar al lector, fungir como arlequín a la masa…; en síntesis: entretener”. Y desde el pebetero de su criticismo, pretenden normar el arte de escribir, la magia de poetizar, prostituyendo a la musa, mutilando su nefelismo para venderla a la insulsez del “lector”, que sólo sabe leer y nada más. Empero, los hubo siempre monarcas del ensueño, dómines de la fantasía, goéticos del magisterio que poetiza para sí, y que por refinamiento, decantan su licor de sílex, en demasía excelso para el redil. Es este el caso de Charles Nodier.


Smarra o los demonios de la noche.

Al Esteta del horror.

Lector; apelo a esa autarquía encrestada en la cimera de tu alma, a la compresa que, contrario al escorbuto de la masa, te impele a encontrar en lo oculto fascinaciones rayanas al delirio, a ese esteticismo cuya mesura aprecia la belleza de imágenes urdidas entre visos de obscurismo.  

Antes que Hoffmann, antes que Poe, la fantasmagometría de Nodier era ya oráculo, signáculo singando las obranzas infusas al terror, y en éstas, su magicultura poetizante, su tropología demonológica, representaron ingente abrevadero para sucesores remedos.

Estrato diegético. El contenido.

En la complexión de este relato, el contenido versa entorno a un delirio, a saber, el amor vertido hacia la belleza de una mujer, vivífica pero inexistente, de cuya ambición, más que aspectarse tenencial o posesiva, cífrase en lo meramente apreciativo, y le otorga a Lucius (protagonista) ensueños por demás maravillosos y no menos exquisitos.



Esferas analógicas. Las figuras.

“Quién de vosotras no conoce, ¡oh muchachas! los crueles caprichos de la mujeres? Sin duda habéis amado, y sabéis cómo el corazón de una viuda pensativa, que extravía sus recuerdos solitarios en las orillas sombreadas del Peneo, se deja a veces sorprender por la tez morena de un soldado cuyos ojos centellan por el fuego de la guerra y cuyo pecho brilla por el resplandor de una cicatriz generosa.”

“Camina orgulloso y tierno entre las bellas como un león domado que trata de olvidar en los placeres de una feliz y fácil servidumbre, la nostalgia del destierro. Así es como al soldado le gusta ocupar el corazón de las mujeres, cuando ya no lo llama el clarín de las batallas y cuando los peligros del combate, no solicitan ya su impaciente ambición. A las muchachas sonríe con la mirada y parece decirles: ¡Amadme!”. (C. Nodier, Smarra).



Triunfando hasta el grado de una algidez evocativa, el démone o narrateur consubstancial al poeta, consigue desenovillar un cuerpo lexical, a cuyo través el conjunto descriptivo – en su figuratividad – desentraña, desde los fondos subrepticios del ánima, un hito de posibilidad inquisitiva.
Así, este hito, a partir de su cuestionamiento (retórico), auspicia, como en un grimorio, <la imago complementativa> del abismamiento existenciario, pues, “el capricho de las mujeres”, en su inasibilidad, constituye <la figura implícita> de la fascinación, el misterio y la soberbia, en sí inconmensurables.

De esa cuenta, la voz noderiana: elocución deliciosa y no menos profusa, da mostranza – en su programa narrativo (capricho femenil) – de una aseveración plurivalente, en cuya nuclearidad, ‘la amatoriedad’, despliega, diríase, horizontes semánticos en la figura lexemática “viuda pensativa”.
Por tanto, emergen imágenes poéticas referentes al abandono propiciado entre linfas fluviales, bajo el esbatimento de singulares umbráculos – signatura de un numen mistérico, internalizado en el espíritu lírico “corazón” de la mujer.

Así, <la viudez> comporta, en este trayecto narrativo, una especie de fuerza centrípeta, en cuya eteriedad, se arremolinan sinnúmero de imágenes alusivas a una obsesión fantasiosa. De suyo, esta fascinación sugerida despliega todo un elenco de planos espirituales, de los cuales, el sentimiento referido, irradia luego de embeber, estelas melancólicas.

Respecto al exordio aquí reseñado, es destacable su arquitecturización melódicamente prolífica, en cuya trayectoria narrativa, se tributa no sin conmemorar, la síntesis del tropo comparativo, en el remarco del “soldado”.
De acuerdo a ello, el capricho soledoso de “la viuda”, desea sin así auspiciarlo, cierta comparecencia (imaginaria), misma que reconstruye las eminencias endopáticas de ese sutil y no menos ático ‘padecer una delectación pletórica en nostalgia’.   


 Esteticidad demonológica. Meoré; la inmersión al Inframundo de la belleza.

“También sabéis, puesto que sois tesalianas que, ninguna mujer ha igualado jamás en belleza a esta noble Meoré, que desde que es viuda, arrastra largas vestiduras blancas bordadas en plata; Meoré, la más bella de las bellas de Tesalia, como sabéis. Es majestuosa como una diosa, y sin embargo en sus ojos tiene no sé cuántas llamas mortales que enardecen las pretensiones del amor.” (Ibíd. Pág. 7).

“Espié la voluptuosidad ardiente de sentir que uno de los pliegues del vestido se estremecía contra su túnica, o de poder recoger con una boca ávida una de las lentejuelas de los bordados en los paseos de los jardines de Larisa! Cuando ella pasaba, sabes, todas las nubes enrojecían como cuando se acerca una tormenta, los oídos me silbaban, las pupilas se me oscurecían en su órbita extraviada, mi corazón a punto estaba de aniquilarse bajo el peso de una alegría intolerable.” (Ibíd.).

“¡Oh! ¡Cuántas veces me sumergí en el aire que ella arrastra, en el polvo que sus pies hacen volar, en la sombra afortunada que la sigue!... Cuántas veces me adelanté a su paso para arrebatar un rayo de su mirada, un soplo de su boca, un átomo del torbellino que roza, que acaricia sus movimientos.” (Ibíd.).


Lectores…, si os es asequible, si vuestra ánima no desconoce los aticismos de amar con esa vesania perspectualmente retráctil, donde, el objeto de nuestra obsesión se encuentra más próximo, precisamente cuando se sabe lejano y, lo contrario: menos cerca toda vez esté próximo. Entonces, sólo entonces, podrías trasponer estos umbrales lexicográficos, y aquistar su divinal flama preciosista e inexorable.

Y, vaya sortilegio, este narrador, en sus artes nigrománticas, se permite contexturizar – desde su plectro – módulos interactuales anegos a potencias protagónicas, cuya disposición consigue ahormarse (concéntricamente) en esa substancia actantiva inherente al desempeño de la protagonista. Pues, no desatenderías que, Meoré está, diríase, ‘interactuada’ y no menos conformada por singulares desenvolturas. Es, a la postre, el fuero centrípeto donde se enarbolan los tránsitos de un delirio refractario, de cuya empatía emerge el rapto amatorio, empero, qué amor: cruento, merced a sus objetos calificativos, redentor y no menos estupefaciente.

De esa cuenta, es posible apreciar que, la amada se personifica de entre todo un holgorio de visos referenciales, de correspondencias y analogías nutridas por la temperie de las circunvalaciones, que la definen, que proporcionan su cualidad fascinadora, tal cual si, ella no estuviese en su persona, sino que su personificación se ‘registrara’ entre los impactos sintetizadores infusos a su esencia que, exquisitamente es continente de un contenido, cuyo nepente, posee el híbrido del áspid y del ángel, pues, puede curar o matar.

Consecuencialmente, el protagonismo estructural, léase, <intra-semantémico>, lo representa la suficiencia actancial, la cual, califica posibilitando las obranzas diegéticas respecto de la amada. Empero, si tú, lector, imbuido estás por las leznas de la poeticidad, sabrás evidenciar que, Meoré, más allá de localizarse descriptiva o prosopográficamente, es ella la descriptora y transcriptora de la pasión, misma que trasunta al espíritu del enamorado, para que éste efunda sobre la naturaleza, evocaciones traslaticias, tras las cuales, su enjundia asimilativa todo lo constela hasta constituir una espectrósfera: progenitora de imágenes cuya fecundidad concibe series figurativas, urdidas a grado tal que forman un brocado nada anodino y sí sumamente nielado de esmaltaduras.

Por tanto, las esferas heterodiegéticas o la naturaleza, se construye, no a partir de una ordenanza meramente exógena, cuanto que desde una esfera eminentemente patológica: la pasión desbordada, el delirio y, sobre todo, el arredro o temor, agentes que comprenden el mitente por antonomasia.
Así, “ella” no es ella, ni así el amante lo es; y, paradigmáticamente, el padecimiento (amatorio) se inscribe en el substrato delirante, promanado de la hiperestesia, misma que se jerarquiza signaturativamente sobre la limitación de la naturaleza humana, no sin ejercer su transcurso dentro de una supranaturación: aquella, fruto del prendimiento poético.

Por consiguiente, el protagonismo actancial es desempeñado por <potencias líricas>, suerte de helio espiritualmente contrito, implícito en la emanatividad del sentimiento abrasivo que, misteriosamente se configura entre los elencos reflectivos de un anseo, verdugo y aun tiempo redentor, deleitoso y mortificador.

Así, esta narratividad, fungiendo como substancia respecto de la acción, deviene figuración poética, en cuya evocatividad, las imágenes simbolizan la numismática del valor expresivo que, exorbitante, sobrepasa los trayectos lingüísticos, consiguiendo ‘cantar’ al través de carices narrativos, tanto internos como exponenciales.

En la ordenación de estos esclarecimientos, se sabe preciso apreciar la manera tras la cual, el corazón lirista adviene colorista, escultor y no menos animista, ya que, en la lucidez de la ensoñación, es la obsesividad el objeto calificante que endilga esta plasticometría noderiana.

Plasticidad demiúrgica. El símil.

“Y el rhombus sigue rodando; sigue rodando con zumbidos, rueda como el rayo alejado que se queja gimiendo como tormenta que termina.” (Ibíd. pág. 9).

“Moría como el grito de un hombre que se ahoga, y que trata en vano de conferirle a las aguas mudas el último llamado de desesperación. El agua insensible ahoga su voz; le cubre, lúgubre y fría; devora su queja; nunca la llevará hasta la orilla.” (Ibíd.).

“Imagina el panteón fúnebre en el que apilan los restos de todas las víctimas inocentes de sus sacrificios, y entre los más imperfectos de estos restos mutilados, no hay uno que no haya conservado una vez, algún gemido, o algún llanto! Imagina una móviles murallas, móviles y animadas, que se van cerrando por todos lados por delante de tus pasos, y que poco a poco, abarcan todo los miembros del recinto de una prisión estrecha y helada…” (Ibíd.).

“Y mientras caminaba, un insecto, mil veces más pequeño que aquel que ataca con un diente impotente el delicado tejido de las hojas de rosa; un átomo caído en desgracia que se pasa mil años tratando de imponer uno de sus pasos en la esfera universal de los cielos, cuya materia es mil veces más dura que el diamante… andaba, andaba así y la huella obstinada de sus pies perezosos, había dividido ese globo imperecedero hasta su eje.” (Ibíd. pág. 10).

“- Aquí, verbena en flor… allí, tres briznas de salvia recogidas a medianoche en el cementerio de aquellos que murieron por la espada… aquí, el velo de la amada bajo el cual el amado escondió su palidez y su desolación después de haber degollado al esposo dormido para gozar de su amor… aquí también, las lágrimas de una tigresa excedida por el hambre que no puede consolarse por haber devorado a uno de sus pequeños!” (Ibíd.).


Para la poeticidad noderiana, las figuras de comparatividad representan la traslación de valores figurativos, cuyo agente actantivo polariza – entre dos esferas evocativas – la emergencia de una substancia figurativa.
Consecuentemente, la esfera objetival o física, concita la apariencia de su correlativo o esfera numinosa (subjetiva), de la cual, ésta última sintetiza la esencia (sentimental) y, combustiona la confección plenipotenciaria de lo mirífico o, diríase, plano de las esencias.  

De esta suerte, “el academismo” tiende (impositivamente) a establecer tan solo dos polos, entre los cuales, uno de ambos reivindica los atributos complementarios de una tercera emergencia. Y, de este modo, el símil es el resultado del reflejo convocado por los polos aludidos, léase, el físico y el subjetivo, de cuya coyunturalidad se concibe la síntesis comparativa. Ejemplo de ello lo sería: <sus ojos como luminares…>. Empero, el daemon en Nodier sobrepuja esta rúbrica cancerada por “la cultura literaria”, y dos polos a su musa le son insuficientes; patético maniqueísmo, fruto de la estulticia monoteísta!

Así, en relación al dinamismo noderiano respecto de los valores traslaticios, de ordinario en sus confectus literario, el polo o esfera aspectativa (numinosa) comporta – en sus itinerarios semánticos – singularísimos dispositivos. Por lo cual, en estos principios se conmemoran correspondencias analógico-reproductivas, tras las cuales, los substratos emotivos organizan – en su rapto esteticista – una estructura de visiones. De conformidad con ello, estos visionalismos son genitores, desde su virtualismo, de significaciones, de las cuales, la esfera objetiva se sabe apenas un decurso traspuesto.

Consecuentemente, para Nodier los planos de comparación se interdimencionalizan, a saber, más allá de exhumar de un polo los atributos que complementarían al otro, su narrador, extrema una síntesis atributiva, en virtud de la cual, las características de una esfera, asimilan ‘metabólicamente’ la de otras, y devienen potencia sugestiva.

Como tal, nos es preciso y no menos precioso emplazar al lector interesado uno de los tantos ejemplos a este respecto.

“Aquí el velo de la amada bajo el cual el amado escondió su palidez y su desolación después de haber degollado al esposo dormido para gozar de su amor” (Ibíd.).


Respectivamente, en este decurso narrativo nos es asequible indicar los ejes comparativo (del símil) mediante dos planos de virtualismo potencialmente actante. Así, apreciamos cómo el sentido amatorio posee dos potencias de implicitud semantémica, develadas en su binariedad, a saber, “la amada”, como primer polo, y la muerte, como segundo.  


Consiguientemente, diríase que, a mitad del decurso comparativo se elencan, en una jerarquía eminentemente emotiva, el deseo, la connivencia, la locura, el placer y la culpa. Empero, la sutileza noderiana iconografiza estas dimensiones abstractas, ministrándoles representatividad, léase, “velo de la amada”; “amado”; “palidez”; “desolación”; “degollado”; “esposo dormido”; “gozar”; “amor”.

De acuerdo a esto, denominaremos metaforismo oracular a este <aspecto traslaticio> de equiparación, pues, develamos la manera ocultativa por la cual las órbitas actantes advienen imagen; empero, dicha figuración se substancializa en la modalidad de íconos develativos, mismos que, sugestionan, y en lográndolo, se produce la plasticidad simpatética.

Por tanto, el binario de los polos, al polarizar sus atribuciones complementarias, despliega un curso tras el cual, las figuras evocan desempeños por demás amplios (en su itinerario semántico), a cuyo través, el ánima del lector recorre toda una inducción subrepticia de sucesos, correlativos entre sí.

En este orden de aspectos, la figuratividad noderiana constituye todo un reto para cualquier análisis semiótico, ya que, si evidenciamos en la arquitecturización manifestativa o ‘plano superficial’ de la narratividad, todo un compromiso con la estética descriptiva, inquirimos, ¿qué no cabría encontrar en su estructura profunda, donde las distribuciones sémicas y clasemáticas representan un prodigio de alquimia literaria?

Como tal, si en la organización específicamente esteticista inherente a los haces mínimos de distinción significativa, el narrador elabora estructuras complejas, tras las cuales alborecen las isotopías semiológicas en la forma de la tropología, dicha confección se sabe polifigurativa, pues, en la constitutividad de sus semantemas, el imperativo de tal obranza lo denominaremos plasticidad acústica.  

Plasticidad proteica. El Áthanor noderiano.

“Mientras lleno de espanto veía y miraba bajar a lo largo de los muros, apiñarse bajo los pórticos, columpiarse bajo las bóvedas, a una multitud innumerable de vapores distintos unos de otros, pero que de la vida sólo tenían apariencias de formas, una voz débil como el ruido del estanque más calmo en una noche silenciosa, un color indeciso, tomado de los objetos ante los cuales flotaban sus transparentes figuras… la llama azulada y chispeante, surgió de pronto de los trepedes y Meoré, formidable, volaba de uno a otro murmurando confusas palabras”. (Ibíd. pág. 14).

“Luego, volviendo la mirada sorprendida sobre el áspid de oro cuyos repliegues se arqueaban alrededor de su brazo desnudo; sobre el precioso brazalete, obra del más hábil de los artistas de Tesalia, que no había escatimado ni en la elección de los metales; ni en la perfección de la obra – había plata incrustada en escamas delicadas, y no había una cuya blancura no fuera ensalzada por el destello de un rubí, o por la transparencia tan suave para la mirada de un zafiro más azul que el cielo – se lo saca, medita, sueña, evoca a la serpiente murmurando secretas palabras.” (Ibíd.)

“Ella habló y el monstruo sale de su mano ardiente como el tejo redondo del discóbolo, da vueltas en el aire con la rapidez de esos fuegos artificiales que se lanzan en los navíos, extiende unas alas extrañamente festoneadas, sube, baja, crece, se achica, y el enano deforme y alegre cuyas manos están provistas de uñas de un metal más fino que el acero, que penetran la carne sin desgarrarla, y beben la sangre a la insidiosa manera de las sanguijuelas, se pega a mi pecho, crece, levanta la cabeza enorme y ríe” (Ibíd.)

“Meoré continúa corriendo y golpeando con los dedos de donde surgen largos destellos, las innumerables columnas del palacio, y cada columna que se divide bajo los dedos de Meoré, descubre una columnata inmensa poblada de fantasmas, y cada uno de los fantasmas golpea igual que ella una columna que abre nuevas columnatas, y no hay una sola columna que no sea testigo del sacrificio de un niño recién nacido, arrancado de las caricias de su madre”. (Ibíd.)


¿Qué modalidad de criticismo – autoproclamado “estilístico” o “estructural”, intentaría bordear la imaginería noderiana, sin precipitarse en el cuévano de los “géneros” (literarios)? Así, obraríamos de conformidad con la estética apreciativa, en abrevar de entre las fuentes de los esmaltadores, los orfebres, o mejor aún, de los flogísticos o dómines de la Alquimia.

En relación a las apreciaciones semióticas, adscritas a la escuela de Greimas, toda figura, más allá de obedecer al “arbitrio” del escritor, se engendra y se fecunda a sí misma, merced a específicas orquestaciones, vinculadas  a desenvolturas supra-protagónicas.

Por tanto, este supra-protagonismo no estaría desvinculado de la obranza actancial, de la cual, las potencias actantes – en su motivo abstracto –, léase, determinado matiz en coordinación con específicos contrastes, si el caso lo fuere, constituiría un ‘papel actantivo’ o supra-protagónico.

Así, este daemon inmanente al poeta, se ve embebido por un esteticismo plenamente pictorialista, de suyo menos acuarelista y más esmaltador, pues, el preciosismo de las cromaticidades y las plasticidades, aunado al crisol de su flogística literaria o arte de convertir la singularidad de una imagen en un colmenar de figuras de aquella promanadas, construyen la diégesis o contenido, y no así de manera contraria. Tal es su vehemencia confeccionista, tal su enjundia por embellecer el mismísimo embebecimiento de la imagen.

Consiguientemente, la imaginería noderiana, sobrepuja los supuestos estatutos frásticos, léase, inherentes a “los principios académicos”, y nos embraza con esa goetia cromática, tras la cual, los colores constituyen esferas simbólicas, cuya denotatividad alberga un cuartodimensionalismo literaturizante, del cual brotan los efectos híper-sinestésicos y no menos simbólicos.

En relación a lo anteriormente aludido, el narrador de Smarra le confiere a la estructura eminentemente abstracta de sus potencias actanciales una morfología evidentemente endopática, es decir, exhumada de entre los valores potenciales adscritos a semas nucleares, específicamente religados a una ahormación plástica, cuya venera no es otra que el intimismo poético, el concurso emotivo y profusamente pasional.

Así, estos semas nucleares, en la especificidad de los temas descriptivos, fungen cual substancias espirituales de contenido virtual o potencial, tal el caso de lo suntuario-espectral, y dentro de este tema descriptivo, el saber-hacer en tanto poder, la persuasión, la fascinación, la belleza terrible o bien, el horror simpatético.

Por tanto, se sabe preciso y no menos precioso consumar una aproximación ejemplificativa a este respecto:
“…sobre el áspid de oro cuyos repliegues se arqueaban alrededor de su desnudo brazo; sobre el brazalete precioso, obra del más hábil de los artistas de Tesalia, que no había escatimado ni en la elección de los metales; ni en la perfección de la obra – había plata incrustada en escamas delicadas, y no había una que no fuera ensalzada por el destello de un rubí, o por la transparencia tan suave para la mirada de un zafiro más azul que el cielo – se lo saca, medita, sueña, llama a la serpiente…” (Ibíd.)

De este tenor, apreciemos pues, al orfebre, no sin obviar la exquisita suntuosidad que emplea para elaborar su confectus. Así, vamos a las hormas; estas son heredad de una ornamentalia arábigo-indostánica, pues, advertimos que tal substancia adquiere la forma curva: esa agraciada trayectoria donde la línea, diríase, hastiada de su llaneza, escinde en mil añicos su resistencia y serpentea, así conformando un embrazamiento que, más que adornar, constriñe, ciñe y se festonea utilizando como contraste la dermis sobre la que se cierne.

Por tanto, se diría que, esta ‘constricción fascinante’ constituye una materia prima, una figura abstracta, de cuya substancia, su potencialidad requiere constituyentes que le otorguen una complexión figuracional. Y, como tal, emergen las substancias densas, como un segundo plano, en la modalidad de los metales, a saber, “oro” y “plata”, cuya analogía simbólica les remonta a la Alquimia, en su factor puramente espiritual, a saber, “sol” y “luna”, “masculinidad” y “femineidad”, “eléctrico” y “magnético”, etc.


Respecto al tratamiento cromático en o desde Nodier, se antojaría por demás pertinente que lo atendiese, no un literato, cuanto que un pintor. Empero, al hacer referencia a esta modalidad de artífice, me es inminente llevar a cabo una retrospectiva, que se cifrase en las medianías renacentistas.

Consecuentemente, se sabe oportuno delimitar una binariedad diferencial entre los verbos: imaginar y evocar. Así, <el trayecto imaginativo>, en su exhumación signaturativa, plasma un elenco representativo de imágenes, contenidas en un dispositivo protagónico, mismo que las coordina y les confiere, diríase, congruencia actantiva, mientras que <el plano evocativo> extrae un complejo figurativo, cuyo distintivo no es otro que una remarcable vivificación, no en tanto al protagonismo, donde las imágenes se urden, cuanto que, en sus rasgos característicos.

De acuerdo a esto, un pintor evoca – rememorativamente – la cromaticidad inherente a retina, iris, esclerótica, córnea y órbitas donde el mirar de su modelo le proyectó su rayo visual. Y, consiguientemente, el artífice, al evocar, pormenoriza cada partícula infinitesimal relativa a matices y contrastes, aquistando así la quintaesencia del color y la forma.

Por tanto, la evocatividad noderiana, resalta sendos aspectos relativos a la matización y sus asimilaciones proyectivas, pues, no sólo es la vibración cromática del matiz argentino, propio de la plata, sino, su esplendencia, la asiduidad en ella imbuida, su intensionalidad plasmada, visos que asimilan el livor del rubí, un carmín que posee el valor de su color y su ascendente: la substancia de la joya. Así, la majestad reposa en la esplendencia del argento plateado, misma que subsume la dinastía del espectro rubífico, no sin engastarse éste en la dulzura de un ápice de mar, contenido en la esencia zafirina, y, como tal, cabe inquirir, ¿qué ve  lector?

En este orden de matizaciones, cabría formularse el cuestionamiento, ¿en qué metodología, los supuestos críticos de esta materia (literaria), han concebido al horror – en su estética profunda – como un protagonismo actancial, del cual sus arquetipos temáticos, careciendo de substancias figurables, imantan, desde su plectro, los conjuntos descriptivos?

De esa cuenta, el horror, en este narrador, se sabe tributario de desempeños, de cursos sugestivos, mismos que buscan constituyentes figurativos a fin de proyectarse al lector con toda esa riqueza evocativa, tras la cual, diríase, la obscuridad de cierto sentimiento, se festonea de exquisitos matices, contrastes y formas, al punto que la supuesta lobreguez queda preñada por hermosas irisaciones, que la tornan, más que aceptable, desiderable.

Respectivamente, análogo al Infierno dantesco, en sí más precioso y menos paupérrimo que las sucesivas esferas, en Nodier, lo infernario constituye el motivo totalizador y dinámico, la quididad emblemática de su fruición esteticista, líbera ya de las gazmoñerías moralistas y, sobre todo, emancipada de todo “compromiso academicista y editorial- convencionalista”.

Así, esta imaginería, en su altitud evocativa, merced a sus isotopías semiológicas, es cotejable con el arte de la alta orfebrería, léase, de engarzar sobre cierta esfera sugestiva, un espectro emotivo, cuyas proyecciones plasmen en el éter evocativo, morfologías, aspectos, colores y todo una cosmificación desbordante de esferas concéntricas, tal como si de una galaxia se tratara.

Poeta, es quien, desdeñando
al redil, de su Inframundo
abreva, fundiendo los
metales en un solo siniestro;
y  en el lexema obra tiranía
indecible, y por siempre
subyúgale
como el nigromante
al occiso.

J.M.G



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