El nabab



El nabab.
Alphonse Daudet

Carnestolendas y afeites para una moral compungida.

Oh…, Crébillon, tú que del ánima hominal no ignoraste sus más sinuosos resquicios, y esos salientes tras las cuales se adentraba la subrepción de un lenocinio, sutilmente insurrecto, a toda norma refractario; la dubitación no me es dada: a este narrador volcado hubieras tu admiración y tu embeleso.

Ni paralogismo ni desacierto sería refrendar que, la medición noosférica de un conglomerado social, esclarece – a insinuadas luces –, el imperativo de su costumbrismo. De este tenor, el plectrum del estilógrafo aquí aludido, no sin acierto desvela esa substancia proclivitoria infusa al terruño que viera nacer a Scarron…, esa que he osado proclamar <estetocentrismo>.

Así, hirmamos los velámenes del imaginario no sin cuestionar, ¿con cuánto regodeo no lo habría interpretado el autor de La crítica del juicio, al evidenciar sus estimados? “Francia asume lo bello como imperativo cosmológico, porque cultiva el <cómo> antes que el <porque>, la forma sobre el contenido”.

 Consiguientemente, no desconocemos que, la belleza posee, como substancia atributiva, al esteticismo, ya vertido en la modalidad de “maneras”, “modos”, “aspectos”, “formas”, ello todo vinculado a un <mitente>, cuya actancialidad se sabe inherencial a la percepción y, en  ésta, sobre la condición experiencial o, diríase, protagónica de la escpectacularidad.
  
Por lo cual, el saber hacer, implicita un saber asumir, un cribar tras el alambique del espíritu, las potencias fenoménicas, tornando la experiencia en todo un monumento a la expresión pertinente, diría, precelente, desde la conciencia.

De suyo, esta morfología actantiva, tiende, merced a lo reseñado, a reflejarse a sí misma, tal como si de un artefacto escenográfico se tratase, en donde, el desempeño no ha de rebajarse a un primitivismo de maneras, cuanto que, habría de conculcar las eminencias de un inextinguible decorum.

Cosmetografía del París decimonono.

Si, La Fontaine deflagraba témporas en la observancia del interactuar zoofísico, no sin rezumar de ello las consecuentes analogías humanas, Daudet debió haber desgranado sus horas pasando revista sobre el astrolabio del caracterismo, de lo cual adujera un nada fútil parentesco con la filogenia animal.

No es del pintor su mirada, ni mucho menos aun del esmaltador. Su mácula lútea se efundió, con una perspicacia más acuciosa que la de Balzac, sobre los repliegues de los caracteres parisinos; y, ¿por qué no afirmarlo?, sobre la especificidad de la cortesanía, de cuyo alambique surgiera uno de los bestiarios menos anodinos y más singulares.



Lontananza de la perspectiva como fóculo de acercamiento.

La tercera persona del narrador actante, posee, como exención mística, la ubicuidad, cuya perspicuidad está cualificada para ver ‘eso’, que es objeto de sensencia, tanto somática como noosférica (imaginaria). De este tenor, el aludido punto de vista se insufla entre la peculiar madeja de los santiscarios, entre la vírgula oculta de la subjetividad, no sin regodearse de lo que puede evidenciar.

Se mera, tal como un nitro espagírico; y adviene reflectividad de las conciencias que se reflejan ante el azogue del auto-indulto, la persuasión disuasiva y, no menos aún, ante esas disuasiones persuasivas, cuyo sulfato anímico se sabe pebetero por donde se destila el elíxir de los supuestos culturales…, sin que de tal mixturaje emerja una proporción estilizada, tal cual constructo ideogénico. 

Así, la perspicacia de esta perspectiva, aun cuando pudiese ostentar una proclividad hacia los carices meramente filantrópicos, sobrepuja tal demarcación no sin cernirse sobre el imperativo de lo bello.

Y, si el lector, corresponsable de la deconstrucción (interpretativa) de cada complejo figurativo, de cada isotopía semántica y no menos semiológica, le hiciere falta más penetrabilidad…; oh, cuánta riqueza desapercibiría al inadvertir que, la apertura editorial tras la cual, el narrador pormenoriza los visos etopéyicos, abre una dimensión apologética, cuya fruición estriba – precisamente – en exaltar lo que el escritor pretende bocelar, empleando la figura del disfemismo.

Es precisamente en este vértice de liminalidad donde, honor y prez es evocar a uno de los más luminiscentes narradores que Tarbes vieran nacer. De esa cuenta, el artífice de Émaeux et Camées, exalta lo que el resto pretende malcinar, a saber, <la belleza de lo inútil>.

Consecuentemente, el visor perspectual inherente al punto de vista, permite que apreciemos, tal como si de camafeos se tratara, la fascinación escanciada hacia el culto de la maneras: esteticismo cuya finalidad se sabe rayana a un loable estoicismo, pues, no es otro el cometido que el de moldear, esculturizar, bocelar y estilizar lo que, en el común de las personas, se reduciría a un instintualismo burdo, expresado tal como nimia manifestación del alma, carente de todo crisol, de todo tamiz; empero que, en estas prosopografías, adviene monumento al <saber-hacer>.




Etopeya. Prosopopeya del alma cosmopolita.

No obviar es preciso que, el foco o vértice de visión, representa – en las ordenanzas de toda narratividad –, el plano objetival sincronizado a partir de  una percepción, cuya adyacencia subjetiva, permite, más allá de visibilizar: hacer-sentir.

Y, por ende, la gama de gradaciones o grados del sujeto perceptivo – en su proceso de literaturización –, a la postre no obra más que, subsumiéndose en la constitutividad de un ego absoluto, de cuya perspicuidad, nada queda si no ser visto.

De este tenor, el narrateur en Daudet, se aproxima desde una tercera persona, para luego, distanciarse mediante el recurso de la primera persona; y, sutil artilugio de flogística tropológica: unifica dichas zonas al través de un testigo editorial, de suyo anego a los intimismos de los personajes, empero, tras la máscara de la personalidad, diligencia que conmemora no sin gloria.
Así, lo que se descubre en el fuero intimal de esos parisinos, apenas y es cotejable con una suerte de fosilización respecto a donosuras y sutilezas, respecto de un veritativo antetipo, a saber, los preciosos, cuyas proezas gesticulativas acaecían dentro de otras maravillas arqueticturales, en los emporios del salón de madame de Rambuillet.

Retratos.

El doctor Jenkings.

La madre de las seducciones. Sin otra alternativa que el antifaz de la villanía. Así, no sin retórica inquirimos, ¿bajo qué umbráculo de rasa moralina, la mayoría de mentecatos ha osado etiquetar a la sierpe como vía expiativa, tras la cual, regurgitan sus miedos, no sin vejar la belleza de su efigie?
Cuando, en esencia, este espécimen se sabe relicario de profusa sapiencia, de sutilísimas artes al sigilo inherentes, así como a la venación, siendo para las vías mistéricas motivo de culto y deificación.

Consiguientemente, la doctrinología de la pusilanimidad, perfila en la astucia un desdoro netamente ignaro y no menos barato: resquemor moral que, en el fondo, se pirra por hollar el más mínimo atributo de este don, consubstancial a los espíritus preclaros.

El espíritu femenino del doctor en cuestión, no ignoraba la deconstructibilidad de “eso” que denominan “realidad”; y, como todo diestro ajedrecista, las humanas flaquezas eran para su natural, un campo de sondeos, cuya tabula perceptiva, se le ofrecía con todo el mobiliario de piezas persuasivas, y que, con gran ardid sabía desplegar hasta el punto liminal de la vulnerabilidad.

Porque, en su fuero interno no era inmune a intuir que, análogo a las almas anegadas al tedio, una dosis de láudano y tres onzas de licor, dan un giro al zodiaco interior, emplazando en dilecta alineación a Venus, a Júpiter y al Sol: deleites de la percepción.

Así, a ese París decimonono y no menos rebullente, le era inminente la sutileza de un nosoólogo que osase fraguar esa exquisita neurastenia, a la que le es precioso el mercurio de los alquimistas, el elíxir que prescribe la belleza como nepenz formidabili.

Consecuentemente,… oh, azogue de las musas; es hermoso advertir ese arte de la veleidad, azuzado por las píldoras de la Salpetriere, cebando ese amor propio que intersticiaba con decoros cada resquicio donde emerger pretendía el afeamiento de todo automatismo. En manera alguna! Eufemizado, el entorno, a un tiempo devenía tropo, giro, artilugio cuyo prurito cifrábase sobre las diligencias que ocultan, precisamente para develar, que sobredoran sintagmas, los cuales musicalizan la expresión no sin vaniloquios de estudiada fonología, de retóricos que estimaban los supuestos de la veracidad como carencia sofística para enmendar esas teratologías, hijas de la monotonía, nietas de la ordinariedad.    

Ética como medida de intrascendencia.

No fueron pocos los badulaques que a Nérval reconvinieran, pugnando por disuadirle respecto a sus dispendios cuando, de una egena y patética habitación, erigiera todo un monumento al siglo XVII, ribeteando aquel recinto sin escatimar los nefelismos de un poeta.

Empero, lo que aquellos palurdos ignoraban era lo que hoy, bajo estas lunaciones, los espíritus frugales continúan inadvirtiendo: el natural artificioso está calificado para transubstanciar el estaño en oro, o bien, si así fuere
el ministerio del capricho, el oro en bismuto.
De suyo, los cortesanos daudetianos no desconocían que, toda aparencial veracidad estriba en el vértice de inflexión, muy adentro donde comienza y termina la individuación; y que todo en derredor, posee, como factor cualitativo, un relativismo arramblante cuya suficiencia lo reduce todo al anfiteatro de la veleidad personal.

Ah..., lograr enmendar los laconismos de una deliciosa velada, sin así dar cuartel a que desmedren las sobremesas merced a los exabruptos de la diurnidad; y como tal, prolongar la embriaguez del coloquio y del flirteo no sin entreverar al sol entre la luna y la luna entre el sol: óleo de esplendente manierismo y de pignoración.

La Bruiller, ¿qué no daría el entramado de tu caracterología por atisbar las acuciosidades infusas a estas ánimas, inmersas en el triple reflejo del espejo de las ufanías?

En consecuencia, esa acucia que posee como finalidad el estudio de las maneras, esa esculturización que acuminosamente bocela – en la heurística – la expresión de figuras conceptuales y que, ya templadas en el crisol de la retórica, arrojan melodiosos sintagmas, enunciados rehogados en el almíbar de la más suntuosa fonología, constituye una proeza cuyo valor esteticista es por demás encomiable.
¿Qué se enuncia? Es en suma irrelevante, en contraposición al sentido sofista: ¿Cómo se dice? ¿Qué se hace? Carece entonces de valor si se coteja con su medida paralela, a saber, ¿cómo se hace?

De esa suerte, el mesotipo parisino no inadvertía que, si la aparente realidad obedece a sendas trayectorias semantémicas y que, por ende, todo se constituye por semas, entonces podemos cuestionar sin depauperación moral, ¿cuál verdad y cuál mentira si todo se perfila y esgrafila a partir de la lexematría y, así, desde la artificiosidad de su arte animativo? De suyo, no es la ética la que osaría imperar en un mesocosmos donde lo relevante consiste en el arte de saber hacer; la estética es entonces lo que descuella.     

Prosopopeya daudetiana. París: varonesa de áticas maneras.

La varonesa…, siempre de sobremesa, pasea su desvelo no sin arrastrar – en la elegancia –, sus echarpes de neblina y el artesonado de esa orfebrería, la cual encomiara Hereida. Es vinolenta, veleidosa y se pasea no sin emular en el entuerto de sus calles, esas biseladas sisas: palimpesto de calcara el Sena.

Inquirimos, ¿qué sería su riqueza sin el reino de lo audible, sin ese relicario de fonemas, donde se insculpe entre semas, hirmando sus delicias de contráctiles clasemas..., sin su búsqueda sonora donde forja – cual saetas – enunciados y sintaxis, que a un tiempo hieren o edulcoran con presteza?

A sus vástagos dispensa la belleza de lo inútil, no sin prodigar ensueños escanciados entre versos…; y, se va justo cuando regresa, precisamente en el instante cuando, al museo de sus fieles el nepente espirituoso la escalinata asciende, abrevando de intempestas donde, mera a las flores con la trementina de las estrellas…, y se da un café, recio y profundo, como de la vena del pistilo sorbe la miel el mirlo, y el verspertilio embébese en su néctar.  

Parsimoniosa, como los alquimistas, lleva prisa y por ello anda despacio; y no son fatuos lemas los que en su alforja se acervan para entreabrir las poternas donde, en la corte le celan, donde en los pebeteros sume el opobálsamo del pachuli, de sándalos y de agua regia.

Aquellos que le dieron vilipendio: prelados de sofismas anudridas, palurdos pontificios, en cuyos misionismos, no es Cristo quien descuella, ni su moral ni su congoja, cuanto que, el arte subrepticio de saber ocultar tras la metáfora, los dúctiles sadismos: fruición de aquellas proclividades…, en pos del egregio ludibrio.

La pléyade y De Lisle con tropos la pintaron; y escorzo tras escorzo quiso narrarse en sendas esculturas con ovillos rococó y nutridas pilastras.
Oh…, Madame de Notre Dame, el sueño poético de la naturaleza comprenden tus artes, esa naturaleza que se esculpe, que se niela, que se esmalta; tu viso orfebrerista, tu física versal donde, metros son los paisajes, de ritmos y de rimas: de lo selvícola nunca antípoda, sino su complemento y su partida.

Quien esto así entendiese, no te diera vituperios, ni así patéticos blasmos ni dicterios; mas…, castillos erigiera de oronda apología, que así loasen tus bellas artes espagíricas…, esas, que así consiguen transmutar la fealdad en un portento.  




Varonesa: a un café le convido
o mejor quizá a unas botellas
vino. Cortejearle, más que
un placer se sabe una proeza,
un manierismo, pues, para
mi fortuna, excéntrica es usted,
ática y perita en nefelismos…;
Y si gusta su merced, podemos
alborecer en ese burdel que
el Sena embraza como el niño
abraza al pastel, no sin nielar
álgidos versos que no digan
nada, mas que sí suene
Mmy bien!

J.M.G


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