El plectrum
demonológico de un visionario
(Charles Nodier y su narrativa).
Con especial dedicación a Mario
Castañeda
<<Caputmortum, imperet tibi Dominus
Per
vivum et devotum serpentem!>>.
Tras el umbráculo de mis
criticismos literarios – lógosis sublimada de los signáculos lingüísticos – me
concedo el plácito, luciferal y nada tácito, de laurear al narrador que habita a este escritor, como el escriba grimorial por
excelencia.
Grimorial, precisamente, porque
su heredad intertextual constituye el legado de singulares y no menos bizarros
códices, ya hierofánticos, ya teúrgicos, ya goéticos, sin exclusión, claro está, de las mitografías de
índole feérica. Si a tremenda metabolización bibliográfica, adicionamos un
ánima imaginaria por demás exaltada, soñadora e hiperestésica, incesantemente
vulnerada por las epifanías de lo Bello, la substancia tercera – fruto de este
maridaje – daría a resultas, la peculiarísima eudaimonía, infusa al narrador:
venera que hace vivir y posesiona a Monsieur Nodier, a ese nigromante cuya
autarquía literaria, no dejó de escaldar la gazmoñería de los cónclaves académicos.
A guisa de exordio, se podría
despuntar a partir de la siguiente inducción analógica: Así como la
manifestación expresiva de un alma, espiritualmente vertida en la horma que
ella misma cincela, confecciona la especificidad de su propia fisiografía, de
manera tal, el narrador, a través de
su memorialista o secretario (el escritor), traza, niela y broquela, de
inexorable manera, la signatura de su complexión estilística.
Justo en este plexo, advierto y
me enseñoreo de saberme cisma ante aquel corolario que reza: “El estilo es el hombre”. Y ante tamaño
paralogismo, el inquirir deviene preeminencia, pues, ¿Qué podría producir o
generar el hombre, como entidad humana, sino solamente aquello que es
corruptible? La humanidad en el humano estriba en un fóculo concéntrico y
centrípeto de arremolinajes nutrimenticios, mismos que se corrompen sin dar cuartel al animalismo, en y por
mediación del arcaduz de la necesidad, su visceral concubina.
Y valla orden de necesidades las
que podrían colarse a luz!
Empero, así como al espíritu le
es menester el aludido arremolinaje en necesidad de cualidades corruptibles, en
manera alguna extremaría su obra en la humanidad propiamente, como mera
finalidad, sino más bien, como un vértice de mediación.
Dicha mediación, arquitrabe para
acceder a otras modalidades de ser y de hacerse ser, posee – no en todas sus
entidades hominales – virtudes, mismas que le tornarían en un instrumento,
cuyas finalidades trascenderían indefectiblemente su mera condición
espacio-temporal y resistente.
¿A dónde pretendo llegar? La
espiritualidad, en el espíritu de su espiritualización constituye el crémor
direccional en virtud del cual, lo humanamente generado sirve al espíritu,
supeditándose a sus inflexiones emotivas así como heurísticas, y no lo
contrario. A esta cualidad espiritual, le es familiar la denominación de daimon o potencia generatriz de ideas,
sentimientos y emociones; consecuentemente, en la esfera correlativa a las Bellas Artes, y en este caso, en el
de las Bellas Letras, la mencionada eudaimonía, consistiría, nada menos ni
nada más que, en esa internunciación
espiritualizada, encauzándose a instancias del espíritu, a través de su
escribano (el hombre).
<<La eudaimonía estilística>>
transvasada en el narrador que se
hospeda en la humanidad de este escritor, se sabe señora y monarca de un estilo
propio y, amén de esto, hegemónica, en lo concerniente a su originalidad.
La tesitura
del imperativo estilográfico
El organismo sintagmático,
debidamente flordelisado en la orfebrería de sus enunciados literarios, es
vendimia de una conmensurabilidad promanada, más que de la razón, de una pasión,
aguzada y azuzada por estratos inmanentes de musicalidad.
En este daimon, el ritmo antecede al pensamiento, lo predetermina, lo
organiza y lo condiciona. Cada desprendimiento morfosintáctico podría
homologarse a las huellas impresas por el discurrir de una sílfide valsando en
raptos de simetría. El conjunto, ya segmentado de sus figuras de dicción, podría interpretarse tal como las notaciones de una melodía,
cadente y colmada de armonías. Lo
verdaderamente cautivante a este respecto, es develar, sobre ese ‘pentagrama
estilográfico’, un corpus tropológico constelado de figuras de pensamiento. Estas figuras se dejan encarnar por las
aferencias rítmicas, concibiendo todo un plano analógico, en cuya magnitud se
corresponden, tanto el símil, la metáfora, así como la oleografía
atinente a la imagen poética.
El símil, en esta pictografía
literaria deviene engarzadura de visos alotrópicos, en cuyo contexto
correlativo, la mesura de los dos enclaves a cotejarse, se ve embebido por toda
una simbiosis de aproximaciones sémicas, virutémicas, en donde, los rangos del
campo semántico, sencillamente, se evocan equidistantemente, generando tal
flexión connotativa que, la aparente irreductibilidad denotativa, se desborda,
adviniendo en efecto polisémico.
En la sutilidad de sus
transfiguraciones metafóricas, esos arcángeles de la fantasmagoría traslaticia,
es lograda la inusitada gradación de puridad metafórica. Este pespunte de
estilo, carísimo y preciado en la poesía, radica pues, en el movimiento a
través del cual, este ‘agente tipificador’, constituye la entidad que se sirve
de alteridades subrepticias, precisamente para mostrar o develar lo inexpresado.
En esta contracción sistémica, el giro metafórico, la traslación imágica,
deviene, en sí misma, alegoría de su propio basamento sugestivo, consiguiendo
con este desempeño, alegorizaciones destiladas mediante procesos de auténtica
sublimación. Empero, sublimación establecida a la usanza de la Alquimia, de
cuyo átanor u horno, las moléculas
indisolubles son separadas de aquellas solubles por intervención de la calórica, propiciada mediante los
efectos consuntivos del fuego, en cuyo anhélito, se consuma la disolución de
toda concreción imperfecta.
Esta condición pontificia,
esmerada entre las figuras de pensamiento,
y nutrida en el sistema hormonal de su temperie evocativa, propicia una suerte
de osmosis, suscitada a partir de la fecundación de unas (figuras) por la
ovulación de otras, fuese ya desde el empleo del símil ovulando la matriz metafórica, o bien, la absorción de sus
metáforas, fecundadas por la inducción del símil.
Y es justo en la medianía de dicha erogénesis donde, la imagen, se deja subsumir por la poeticidad de sus formas, las
formas de imagos mitográficos, que por su sola gravitación esteticista,
deviene, sin lugar a emplastos, un epítome poético. Y, en la quididad de este
prontuario, de donde emerge el phantasmatha de las más bellas efigies que, muy
bien podrían enlucir el infolio de
bestiarios, recipiendarios, o así, de agiografías.
En el género de la literatura
fantástica, ni el magín de los más reputados espiritualistas o demonólogos,
habría concebido lo que este mistagogo de la catálisis fantasmagórica,
consiguió transparentar. La pedrería evanescente de sus figuraciones, adquiere
gradaciones circunstantes, embebecidas, ya por la imantación analógica, que los
sentimientos – en el ámbito de los personajes – engendran, transportando al
lector de una focalización etérea a otra, cuya aparente solidez, termina
emulsionándose, por efecto de variopintas relaciones, súbitas e inesperadas,
sin que ello demerite la exquisitez de su afinación.
Por ende, las contexturas donde
acaece la diégesis o acción del
contenido, representan esa suerte de retablo donde la acción argumental es deglutida
por la descripción, condición que le otorga la prestancia de una descriptiva
argumental. En este sentido, como todo amante de las formas, la finalidad
circunscrita al daimon de Charles
Nodier, no es otra que el deleite mismo de la ornamentación, porque, en su estilo, la acción se encuentra en la
hermosura de las circunlocuciones, de formas engendradas a partir de otras
formas, de iridiscencias cuyos reflejos reflejan infinidad de opalescencias:
literaturización enseñoreada por la
Poesía.
Los relatos de referencia en esta
inmersión, constituyen sus primevas obras, esas, que rebosan el horror de lo
fantástico, la belleza de lo sombrío, la fascinación producida por el
espectralismo de una estética que trasciende la ortodoxia de toda composición a
este respecto, a saber, Smarra o Los demonios de la noche (1821) y Tribly (1822).
<<Tal como la pretensión
que pugna por desasir el festón y la orla
de entrepaños arábigos, así de absurda
es la idea que se pirra
por divorciar de la poeticidad la
hermosura de los ritmos>>.
(J.M.G)
Un verdadero beneplácito es para mi daimon, rendirle homenaje a este verdadero culto a Demeter, donde la realidad no es aquella que devela nuestro iris, sino aquella que se desnuda únicamente a nuestro espíritu. Dejad entonces gran maestro, que profane por instantes, con la razón aparente, esos rigurosos sincretismos, que se esconden detrás de la belleza rítmica de tus formas literarias, que de paso esta decirlo, están atiborradas de barroquismos excelsos.
ResponderEliminarSin la gazmoñería del “yo” que acicala el ego de la mayoría de pseudo escritores y con la sinceridad más pura, en el borde de tus adentros has atisbado y encontrado ese código que posee tu humanidad, al cual has atribuido tu inspiración; tal y como acontece con tu homólogo Charles Nodier. Menester es entonces, exaltar en esta crítica literaria, tu enfoque único y rigor filosófico; cuya virtud subyace en la destreza de encontrar esas entidades primigenias y no menos trascendental, el orden propuesto, en cuya cúspide se cima el espíritu sobre las manifestaciones espacio-temporales.
Por demás mágico, viajar por la música que producen tus letras, pero aún más, es hacerlo por esas visiones dantescas, con las que otorgas una cátedra de literatura metafísica y hago referencia a metafísica, precisamente porque tu disertación no se ciñe a apreciaciones puramente materiales; sino que, como de costumbre, con rigor, develas el camino de las verdades etéreas, esas verdades que existen antes de cualquier manifestación espacio- temporal, para el presente caso; el de las bellas letras. Dentro de ese contexto, aún mas que razón, pasión. ¿Pero cuál es ese manantial de donde dimana toda esa imaginería de lo bello?. Queda claro, estimado camarada, que es el espíritu cuya cualidad es, esa potencia generatriz o daimon, que predeterminada, organiza y condiciona al pensamiento, siendo medio necesario para la realización del proceso intelectual, poseer la humanidad del escritor.
¿Pero cuál es el proceso intelectual que se suscita en Charles Nodier?, maestro, diría que más que crítico literario, cual Dali, has plasmado esa gestación, cuya génesis es el daimon, ese “ser en potencia”, que fecunda el pensamiento del escritor, dotándolo de ritmo y simetría. Encarnado el daimon en el pensamiento, buscará entre las formas del pensamiento, las correspondencias rítmicas adecuadas para manifestarse, ya sea metáfora, simil o cualquier otra figura literaria, sometiéndose la imagen, por la poeticidad de las formas y por la temperie evocativa.
Agregaría gran maestro, que el daimon de Charles Nodier y el que te posee, tienen mucha similitud, ya que el tuyo maestro, a nuestra señora la noche, le rinde tributo con la devoción más profunda y soledosa. Noches sin sueño, donde sin mesura lo bello se posesiona de tu pluma colmándola de inspiración, soledosos y vetustos los muros, son mudos testigos de tu devoción, miradas perdidas en las dimensiones del papel dejaran tras de sí, inerte un cuerpo sin alma, tu nombre legión. Abre tus alas, criatura nocturna, hacia esas dimensiones del ser, ya que en el distante orión, con la más ilustre poesía está escrito tu destino.
Como es costumbre estimados aparceros, os recomendare algo para su atanor y que considero es consonante con estas letras: Keep Talking, Pink Floyd. Good trip.