Aeneis
(La Eneida)
Virgilio
El numen arquetípico del Espíritu cósmico
Para un auténtico bardo, aedo e hijo de Terpsícore: Pablo de la Vega
Argumento capitulado
Rapsodia primera
La ignipotencia y sublimidad de este canto, esmera elocuciones de áurea musicalidad, dulcísona y consonante, narrando a fucilazos, de plena versificación, la cortapisa adscrita a determinado periplo. Las veinte naves aqueas, cuya procedencia era piélago de lontananza, déjanse insuflar por la pignoración de aquilones en intentando forjar retornamiento a Italia. Eneas, cómitre y caudillo de los teucros, vástago de Venus, recibe, sobre la esfera de su hado, el torvo resquemor de Juno, por lo cual, ésta, azuzando los vientos inherentes a Eolo, les impele a desvencijar las aludidas naves.
El adalid de la embarcación encalla en Libia, ínsula presidida por Dido, región consagrada a la deidad responsable de su fiasco náutico. Aquí, la venia de la diosa se vería embaucada por Amor, quien, encomendado por la deidad del deseo y la belleza, se inspira en el cometido de embebecerle con el dulce mosto, depauperando las égidas de su cordura con la ambrosía de un concubinato, rehogado en la estela de su avío.
Rapsodia segunda
Este canto, en dolos abundoso, es en el que, Dido solicita de Eneas narrar la elegía de Troya. Eneas evoca el desencastillamiento de Troya, perpetrada por los griegos, circunstanciada, detalle a detalle, la inserción a la ciudad del <<rocinante en maderas>>, pormenorizando toda una genealogía de sentimientos deplorados por los conculcados, barruntos, entredichos y suspicacias. Se describe el despliegue de las tropas enemigas, la embestida, la zozobra, y la manera en que, los griegos birlan, expropian y desvencijan la fortaleza, así como también, es descrita la protervidad marcial de los invasores, de Ulises, Aquiles, y demás guerreros. El orador describe su zozobra y la muerte de su esposa a manos enemigas, hasta librar la deserción junto a su progenitor y descendiente, fuera del fortín ya profanado.
Rapsodia tercera
En este fragmento del poema, el protagonista poetiza, el entrecomado viaje a través de las húmidas llanuras. Vadeando los oleajes (hipocampos neptunianos), los galeones troyanos despliegan el velamen, y zanjan playa en jurisdicción de la isla de las harpías, recibiendo su embestida y el presagio de su cántico ominoso. En derrotero hacia Italia, la proa hace surco una vez más en las costas del reino de Héleno, y en éste, cómitre y tripulación enrostran a la viuda de Héctor, previo a la partida de la región en la cual Eneas se dispusiera a fundar su segunda Troya. No cesando la condena de aquel sino, por demás aciago y andorrero, los barcos arriban a la tierra de los Cíclopes. Aquí, Polifemo, descendiente del dios oceánico, vaga, irascible y cegato, pastoreando su ovina cohorte, marco de épico patetismo y ambientación bucólica, matizada a magnitudes de cierta teratología mítica y saudosa. Se narra, a un tiempo, la deserción de Escila y Caribdis, procelosas escarpaduras, donde la mar se crispa en trombas y arrebatos.
Rapsodia cuarta
Son estas las estrofas tributadas a Cupido. El sortilegio del ángel del amor, vertido sobre el ánima de Dido, le concita y suspende. Remisa, esta potentada profesa el más acérrimo de los arregostos por Eneas, tributándole las edificaciones de una ciudad, erigida en su reino. En tanto, Juno y Venus, fraguan mutualmente un himeneo entre el protagonista y esta reina, a fin de extremar la progenie; y es Jove, quien pregona dicha maquinación a través de Mercurio, informando al troyano e instigándole a la dimisión del encantorio, y la partencia rumbo a las concebidas fanegas itálicas.
Desencantado, Eneas apertrecha la huida y zarpa, mientras la prometida, encuitada, se inspira en la consumación de su propia muerte, misma que lleva a cabo en medio de sadumbres, ploros y contricones morales, atravesada por la tizona de su amado.
Rapsodia quinta
En la florescencia de este cantar, huido es ya el troyano de Dido en su deceso, y librando en deserción la distancia del siniestro y eversión que la reina en su despecho propiciara. En las troyanas naves, las tropas arriban a determinado montículo marítimo, en el cual se llevan a cabo diversos torneos, ora de competición de balandros, ora al tiro de arco, ora encauzando la carrera atlética y en pugilato, tanto como en el tiento del lanzamiento de venablos, con el fin de espetar alígeros en vuelo. En esta región, informadas las féminas a exhortación de Juno, prenden en siniestro las naves, siendo Jove quien, desde el firmamento precipitara súbita galerna, así salvaguardando cuatro de las ocho embarcaciones. De su difunto padre, Eneas recibe el presagio de partir hacia el Erebo, y ello con la finalidad de recibir próvidas indicaciones para arribar a su destino.
Rapsodia sexta
En estos versos se desciende. Es pues, el Erebo y su abromada antesala del Hades, hacia donde se dirige el protagonista, y ello según consejo de los númenes de Venus. En pos de una Sibila, el héroe troyano va a la búsqueda, misma que, ornada con la suficiencia premonitoria, dictaminaría oportuno aquel descenso. Eneas y la sibila descienden, sin que antes su acompañante no hubiera ebrancado una flor de áureas rutilancias, insignia de licencia para acceder al inframundo. Su periplo encauza por entre las regiones de sombra, desde las cuales penan dolosas las almas de los faltas no tan cruentas, así como sendas monstruosidades supeditadas a específicas puniciones y sus debidas expiaciones. Arriba hasta el Empíreo, lugar donde retozan las ánimas henchidas de júbilo, y en donde es hallado al progenitor, augurándole éste las venideras cuitas y los postreros triunfos.
Rapsodia séptima
En esta lirofonía, Eneas, luego de emerger de entre el Hades, arriba, según dirección de los hados, a tierra itálica. Encallados los balandros, los troyanos, según égida del su cómitre, optan por establecer una ciudad. Hesperia sería denominada la tierra asomada, y a su vez, comunicado también por un oráculo, el monarca de esta región, se sabe afortunado por desposar a su hija con el yerno venido de aventuras mil. Empero, de nuevo es Juno, asesorándose mediante la diosa del Cocito, quien se afana en sembrar turbideces en las personas del lugar, con ello cebando bélicos auspicios, por lo que, la guerra se apertrecha contra troyanos.
Rapsodia octava
Es esta la rapsodia en la que, prepáranse los aparatos para la beligerancia. Eneas y su cáfila de filibusteros, en la hemencia de acervar aún más partidarios, va y devela la tierra saturnina de la Esturia. Terruño es este en el que otrora fuese habitada por faunos, sátiros y ninfas, valle colmado de criaturas silvánicas, en el que, un bienquisto rey fuese muerto a manos de laurentinos, y cuya avidez de venganza, requiere, según edicto del sino, la presencia del rey troyano. Venus, sabida de las connivencias fraguadas contra su hijo, impetra a Vulcano confeccionar bélico aparejo, mismo con el cual la diosa avituallaría a Eneas.
Rapsodia novena
Cantar es este de sangresciente traza, procelosa y coruscante de filos de batalla. En tanto el alférez troyano apuntala el arribo, el dirigente de los rútulos, airado y encalabrinado, afianza su refriega. Dos de los más briosos y arteros guerreros del bando troyano, arrancan la vida a más de seis soldados itálicos, cuya guarda velaba el fortín troyano. Merced a esa embestida, ambos hermanos encuentran intimal contubernio con los hierros marcianos, embrazando turbativo deceso. A partir de este punto, el ataque aploma contra muros troyanos, y la siega de la muerte, copiosa, se efunde sobre ánimas entonces en resguardo.
Rapsodia décima
En prosecución de estos versos cantores, Eneas se abandona a la vindicta. Vuelto ya de los piélagos lontanos, el caudillo troyano conglutina a plétoras de correligionarios, y se apresta a las lides coadyuvado por el numen de los hados. Sin embargo, previo a esto, es el Olimpo motivo de conciliábulo, en donde, Júpiter convoca a las deidades. Se determina allí el destino de ambos bandos y, tanto Juno como Venus, acuciadas, abogan por su respectiva mortal descendencia: Eneas y Turno. La batalla aventajan los troyanos y, su capitán, furibundo e impertérrito, da muerte a múltiples latinos.
Rapsodia undécima
Esta es la rapsodia en la que la apacibilidad alborea, y de nuevo se torna en cruenta refriega. Luego de inhumar los cadáveres de varios guerreros, teucros y rútulos, celebran sus ritos funerarios. El monarca de los rútulos, haíto de destrucción, insta el concilio de la paz; empero, los dirigentes de la querella se tornan refractarios, y no ceden a la bonanza. Reanudan el furor de la batalla; y rútulos, acaudillados por la hija de una diosa (Camila, hija de Diana), lánzase a la contienda. La semidiosa, fenece a manos de un troyano. Turno dase por enterado y acomete la embestida, juntamente con Eneas, que a un tiempo arriban a ítalos umbrales.
Rapsodia duodécima
Es este el canto que enaltece la victoria de troyanos y de su dirigente. Encarnizados, Eneas al igual que Turno, entre ambos se cifra la promisión de empalmar la bonanza, sujetando entre ellos juramento frente a frente. Mas, ya Juno, evocando a la ninfa, hermana del jefe latino, endilga en éste las iras, infundiéndole saña de querella. Los ejércitos se reyertan de nuevo; y Jove, postulando los hados, dictamina el fallecimiento de Turno, enlaurándose de esta guisa, Eneas, una vez diera muerte, a filo de tizana, al contendiente. Tanto ítalos como troyanos unifican reinos, así consolidando un solo imperio italiano.
Eneida
(Un ritual de Belleza)
¿Qué orden de movimientos espirituales, qué sesgos humorales habría vivenciado Plubio Virgilio Marrón, al verter sobre su ánima las versificaciones homéricas concebidas en la Ilíada y la Odisea? Sin lugar a dubitaciones, el poeta vibró bajo el temple de los árcades griegos, tal como acontece a los vástagos de Orfeo, en cuya suficiencia inmanente, no se deja inmune ningún arpegio percibido, reproduciéndose melódicamente en su fuero anímico.
Tal como si se tratase de una reivindicación patriótica, el vate de las musas itálicas, se retrotrae al argumento primigenio, volcando, como lo hubiesen propiciado las deidades, la urdimbre argumental.
Eneas, siendo un ciudadano troyano, derrocado por el ímpetu griego, luego del saqueo de Troya, se ve tránsfuga, giróvago, a la búsqueda de geodésicas fanegas, en la cual conseguir coronar su estirpe e erigir de nuevo el Imperio. Al igual que Odiseo, atosigado por Neptuno, va y viene a barlovento y sotavento, capeando y arrostrando el agror de los hados, mismos que son confabulados por designios por demás divinales. De tal suerte, Eneas, a su vez imbuido en las amarulencias de la sempiterna migración, es acuciado por Juno, que se enemista con el navegante merced a resquemores del pasado, entregándolo a toda especie de infortunios sobre las aguas del Ponto.
Virgilio, instaurando ya cierto concilio de traza política, efunde una simiente de bonanza tras la lid entre troyanos y rútulos. Eneas conculca Italia, libra la batalla y establece la armonía en el territorio desencastillado.
Este poema épico, es ya una superación tropológica y estilológica del binario poético precedente (Ilíada, Odisea). Hay un atildamiento más lígrimo, más esmerado y menos brusco. Pintor que pinta con palabras es Plubio Marrón, matizando sus colores con la pluma del Cisne, tanto lo topográfico, lo prosopográfico, lo etopéyico y lo descriptivo en sus variabilidades siempre denodadas. La similicadencia inherente a la lengua latina, confiere a sus vocablos, morfemas, sememas y palabras, una métrica propia, de por sí musical y consonante.
Fulgor tropológico
- Mas Pirro ante el umbral, frente al vestíbulo,/sus astas agitando, hermoso luce/en su armadura de broncíneos lampos./Así brota a la luz tras luengo invierno/ en que túmido estuvo bajo gleba,/harto de hierbas de ponzoña, el áspid./Soltó la piel antigua, y renovado, y en deslumbrante mocedad irguiendo/ el pecho al sol, enrosca en ágil vuelta/los lúbricos anillos, mientras vibra/lengua trisulca en sibilantes fauces.
Interpretación
a) <<Mas Pirro ante el umbral, frente al vestíbulo>> Se afianza el sentido de contenerse dimensionalmente en frontera magnitud espacial, en uso de epímone (ante/frente), ubicando determinada estancia donde la acción es ponderada en potenciales afanes.
b) <<Sus astas agitando, horrendo luce>> Existe movición y lucencia en un tiempo expectante, dando una pauta de prosopografía del todo pavorosa.
c) <<En su armadura de broncíneos lampos>> Aquí, metaforiza la descripción, instaurando un epíteto calificativo, mismo que resalta la inherencia del metal, vertido hacia un aspecto meramente célico, poderoso y sobrenatural. El alma es elevada, a través de la cromaticidad y su analogía, hacia alturas arquetípicas, propiciando ya un enclave con lo divino, y produciendo esquejes de nostalgia y de anhelo, a la vez que de redención.
d) <<Así brota a la luz tras luengo invierno>> Este verso evoca el surgimiento de una eclosión, de cierta reencarnación, de la floración floreciendo. Moción de verticidad, de efecto ascendente que, en el alma encauza una figuración de despertamiento, acontecido desde lo umbroso hasta lo resplandeciente.
e) <<En que túmido estuvo bajo tierra>> El liriólogo, consciente o inconscientemente, evoca un estadio purúshico o adámico, de formación y nascencia, estadio larvario, ensimismado hacia la emancipación de una forma ya definida.
f) <<Harto de hierbas de ponzoña, el áspid>> Un anhelo es erigido, una entidad brotante de entre subrepciones que, a su vez, se yergue erizante; gémina eclosión, estática una, la otra, movible. El áspid es centro de energía, vibrante y atemorizante, magisterio de índole espiritual.
g) <<Soltó la piel antigua, y renovado>> El epíteto comparativo-tipificado, induce inmediatamente, y sin haber leído los versos subsiguientes, a la concepción del nacimiento de un aspecto arquetípico, traslucido naturadamente.
h) <<Y en deslumbrante mocedad irguiendo>> El epíteto calificativo denuncia, a través del fulgor, una esencia nueva, patente y suficiente, al par que, se nutre en su propia inmanencia.
i) <<El pecho al sol enrosca en hábil vuelta>> Un área pectoral denota la pulsión de vitalidad contenida en todo corazón, centro del instinto, del ser, órgano divino, dador de luz al alma. La confrontación solar, en su magnitud, es
j) emergente.
k) <<Los lúbricos anillos, mientras vibra>> Lo anuloso se relaciona con los pasajes, lo abovedado que representa lo continente; y, en este caso, contención de un poder espiritual, dimanado de seres de consanguineidad y de potencialidad, y ello alcorzado con el cariz de la lujuria, oportunamente oleosa, femenil y medicamentosa, otorga una imagen poderosa, seductora y a la vez arrobadora.
l) <<Lengua trisulca en sibilantes fauces>> La imagen de lo linguil-viperino, conjuntamente con lo tripartito y lo sibilante, devela un arquetipo ominoso y malhadado, que inspira respeto y anuncia conmoción:
- <<Vestibulum ante ipsum prinoque in limine Pyrhus
Exultat, telis et luce coruscus aëna;
Qualis ubi en lucem coluber mala gramina pastus
Frígida sul terra temidum quem bruma tegebat,
Nunc, pasitis nuus exuuiis nitidusque iuuenta,
Lubrica conuobuit, sulbato pectore terga
Arduus ad rolem, et linguis micat ore trisulcis.>>
(Eneida, libro II).
- <<¡Ay, tristes agoreros que no entienden!
- ¿Vuestras templos qué hacen para alivio
- Del ciego amor? Al tiempo mismo en que ora,
- Cébase el fuego hasta en las blandas médulas,
- Y el pecho hace latir con ciega herida.
- Se abraza la infeliz; perdido el seso
- Por toda la ciudad errante vaga:
- Cual corza traspasada de improviso
- Por el pastor que en los dicteos bosques
- De lejos le acertó, y allá en la fuga
- Llevando va, sin que él lo sepa, hincado
- El hierro volador; por las umbrías
- Y las cañadas sin descanso corre,
- Fija en el blanco la mortal saeta…
(Eneida, Libro IV).
Es el anterior tropo de figura intelectiva, uno de los mejores logrados tientos de laya poética en su función de símil, elaborado y bien ponderado. Aborda, en primera instancia, un sentir arquetípico, y por ende, anamnéticamente consabido en el fuero categorial de todo amante: el desamor.
Su recurso mitológico alegoriza el sentimiento en su marco de tribulación ambulante e insufrible, dando a elucidar el escozor de un desaliento que, antitéticamente, alienta la insania, fondo sin cotejo, cotejo adimensional y escabroso.
Es, ante todo, un ámbito metafísico, que eviscera el numen del sufrimiento, en toda su magnitud abstracta, tal como un helio consuntivo, que consume sin llama, que lacera sin sajar, ahogando la pulsión vital de la existencia, tal como si, aquel ángel del amor, volcado en su contrahaz, no fuese más que una entidad demonológica de cruenta punición.
- <<Y como en urbe populosa estalla/repentino motín: del vulgo innoble
Desátanse las iras, raudas vuelan/ teas y piedras que el furor reparte;
De pronto, a vista de la plebe surge/un varón grave con méritos ganados/
De virtud y bondad; cércanle todos,/callan y escuchan, y él los pechos rudos/
Con razones orienta y emblandece; así cae el estruendo del oleaje/al darle
Una mirada el dios, que lleva/ bajo el azul sin nubes sus corceles,
Suelto el rendaje en dóciles revuelos.>> (Eneida, rapsodia I).
Son parcos, contados y prolijos, los símiles de esta factura. Atendemos, en estética avidez, los giros y estocadas de esta pluma, y cautivados, por esa gémina suficiencia de conseguir amoldar, esencia argumental con substancia formal, tal como si se tratase del artífice, ya versado y perito quien, espigando y seleccionando los mejores materiales, da en el hilván exacto de medida y maniobra, dejando el acabado sin más que adicionar.
El poeta vendimia de entre los plasmas divinales y el búcaro mundano. Su observancia analógica le azuza a percatarse de que, existen determinados movimientos circunscritos a ebulliciones populosas, cuya similaridad con moviciones acuíferas deslumbra y embebece. La prominencia deífica se establece en el parangón antropomorfita, en el cual, un caracterismo y determinada tipología, se esboza en una aproximación de traza meramente arquetípica, ya en su relación con este segmento naturado de dominante proyección e imponencia.
Análisis esotérico de la Obra
Si se es ignaro ante el hecho de que, las deidades del Olimpo, más que representar literalmente divinidades, en su sentido más escatológico y antropomorfizado, son en sí la representación de las potencias arquetípicas, entonces se estaría distante de apreciar la signatura de variopintos aspectos.
Y, a este respecto, cabría inquirir, ¿En virtud de qué poder, el ser humano, en su variopinta gama, transfigura variadísimos matices conductuales, decantados y realizados en el contexto tipológico de sus respectivos caracterismos?
Todo iniciado en los aspectos teosóficos, no pasaría inadvertida la égida simbólica significada por la ontogenia de los signos zodiacales. Dichos signáculos representan los aspectos, modalidades, posibilidades o bien, formas de ser del Espíritu Absoluto. En este sentido, este Espíritu no dejaría de elucidarse ontológico-trascendentalmente como esa <<fuerza in abstracto>> adscrita a la inmanencia naturante y naturada, misma que se circunscribiría, particularizadamente hacia todo lo que es: la energía en sí, el magnetismo, la gravidez, el tiempo-espacio, las cualidades cohesivas de los elementos, la inteligencia atómica, molecular, elemental, mineral, celular, vegetal, animal y hominal.
A todo esto se religaría también, el influjo específico de las formas diversificadas en el contexto de los reinos y sus maneras de naturarse entitativamente, léase, la influencia ejercida desde determinado astro, cuyos efluvios determinan tanto, esencia bioquímica de un organismo vegetal, si este fuera el caso, su cariz, forma, propiedades y cualidades inherentes a su organismo. Esto también vertido en minerales, animales y hombres; siendo el particular caso de las entidades humanas, un todo concéntrico presidido por las aludidas influencias naturantes: su carácter, su ascendencia, su fisiografía, sus prospecciones e inherencia esencial, así como su substrato cualitativo. De igual manera, estos arquetipos se traslucirían, ontológicamente, en meras fuerzas de la naturaleza, ora destructivas, ora salutíferas, favorables o desfavorables, etc.
Las atribuciones ónticas relacionadas con la energía arquetípica se tipificadan en la modalidad de un “deificación patentizada” a través de la historia, en el marco de todas las culturas, ya caracterizándose una función y quididad de índole pisciciana, misma que se anegaría a influjos propiamente humorales, creativos, soñadores, elusivos, ensoñantes, fabuladores, artísticos, etc. Un aspecto capricornino se relacionaría a la energía tipificante cuya influencia determinaría, en el caso de los seres humanos, un talante apegado a la realidad, brioso, proactivo, carente de penetración creativa e intelectiva, etc.
Lo cierto es que, a nivel caracterológico, cada signatura zodiacal despliega una modalidad o forma de fuerza, vertida con el propósito de desplegar otros módulos ontológicos, mismos que, a un tiempo, desencadenan diversas y congruentes reacciones en otros, con ello conformando un <<Samsara>> retroalimentativo y cosmológico de marcada trascendencia y autosuficiencia. Esta es la razón en virtud de la cual, los dioses son proclives, en determinadas circunstancias, a perversiones: acometen, traicionan, aniquilan sin conmiseración y con denuedo, propician, destruyen o bien, aman con inenarrable furor.
La totalidad de dichos aspectos, muy bien podría representarse en la vertiente activa de las fuerzas desplegadas en Natura, a saber, concreciones fenoménico-naturadas de índole ensilvesida, tales como: formaciones rupícolas de derivación volcánica, lacustre, palustre, marítima, lo nemoroso, lo escabroso de lo bucólico, o así sus remansos y molicies forestales.
Como ya es consabido, el influjo de la incidencia arquetípica, puede también ser extremado en los aspectos endógenos de traza almático-caracterológico, tales como, melancolía, desdén, desidia, lascivia, encono, vindicta, cólera, misericordia, armonía, ternura, sutileza o tosquedad. Estos aspectos se representarían epicíclicamente dentro del ámbito inherencial de una sola alma hominal o varias, un egregore o alma colectiva, un influjo de mera correspondencia con la naturaleza, tal como si, el sentimiento zaherido, o así, regocijado de alguna persona, fuse tal que, el alma de la naturaleza tendiera a reproducir esas notas inmanentes en su temperie circunstante.
Eneas, optimizado como un alma individuada, vive y se suspende esporádicamente en cada uno de los motivos arquetípicos aludidos. La Eneida nos indica que, el ser hominal, inserto en su condición inmanente, social y cultural, así como también, tradicionalista, no es más que una consecuencia de movimientos superiores, mismos que se superponen ante el supuesto arbitrio de la condición volitiva y racional de las esferas noético-noemáticas relacionadas a la conciencia.
Los conflictos en esta Obra, ¿acaso no representarán las querellas internas del alma humana, en la pujanza de evolucionar de un estadio caótico-saturnino, atravesando el influjo marciano que detenta cierta resolución laboriosa y confrontativa?
Desde la vertiente alquímica, que concibe la existencia humoral alegorizada en el ser de los denominados “metales interiores o del alma”, en representación de estadios espirituales y anímico-humorales, lo caótico del metal en el ánima, representaría el aspecto de Saturno; la concreción, el ímpetu y la confrontación realizante, se vincularía con Marte. Lo lunar, sería relacionado con lo formativo-substancial en la evolución de una idea; lo jupiteriano, religaríase a determinada transición ontológica, siendo por su parte lo mercurial, un influjo femenino de simétricas proporciones.
Si este Poema es ponderado en su contexto simbólico, referente a la Alquimia mística, ¿no representarían los astros, al caso, los diversos estadios vinculados a la conversión del alma humana? ¿Quién de nosotros no hemos sido Eneas, transmutando nuestros fueros internos y anímicos dentro de crisoles circunstanciales, ya bienhadados, ya infortunales, ora fortunales, ora liminales, o bien, de mera crisis existencial? En sí, la esencia de toda búsqueda, el sempiterno llegar al punto liminal donde, ininterrumpidamente, estamos llegando, llegando a un llegar que nunca llega, y que, pese a ello, es y se realiza, realizándonos. Los Arquetipos nos viven, y en haciéndolo, devenimos sus vivencias superpuestas y espectralizadas en sendas difracciones humorales de mero existir, sentir y asimilar los aspectos circunscritos al marco de lo aparentemente real y circunstante. Lo arquetípico es ya, en nuestra inherencia inmanente, una perenne eclosión ontológica de realización anímica, de percepción, de senscencia y procesos perceptivo-intelectivos, así como sentimentales e intuitivos.
Un lapso de tiempo, por mínimo e inocuo que aparente ser, es continente de múltiples refracciones ontogenésico-trascendentales, vertidas hacia nuestra alma, ya en su matiz humoral y proactivo; y no cabría imaginar, lo que representa todo un día, toda una época, toda una vida de senscencia y de vínculos escientes, sentimentales y existenciarios.
Vida, pasión y existencia de un liriólogo
¿No hay a caso, tras el numen egregórico y evolutivo de una cultura, toda una genealogía de aspectos zodiacales, y astrales, a cuyas influencias es determinado el ser de toda una Era? El proscenio secular del poeta, embolismó energías tales, entidades astrales, así digámoslo, supeditadas a regular matemáticamente la floridez de su nacencia.
Si cabe concebir que, todo amante de la poesía no es más que una erogenización individuada en la inmanencia de un ánima hominalizada, podría elucidarse, sin mayores cortapisas que, su voz y su rapsodia, cantan a todo un numen, substrato cualitativo y residual, derivado del alma colectiva.
A este respecto, cabría cuestionarse, ¿Acaso una flor, engarzada en la cualidad de su inherencia exacta y su quididad, no viene a simbolizar una signatura de evolución trascendental? Dicha flor, más allá de ser considerada como un espécimen, habría de apreciárcele como el signo, la voz y la expresión de toda una evolución mineral, atómico-molecular, elemental, celular, hasta remanarse hasta lo meramente arquetípico.
Esta flor epiloga toda una potencia ontológica, vital, astral, zodiacal, etérea, magnética y energético-vibratoria de ejes relacionales y concomitantes de mera sincronicidad y correlación cualitativa. ¿De qué manera se circunscribe pues, el aludido egrégore evolutivo, en toda la manifestación expresiva de su historicidad?
Roma, la sede, por demás venusta de la paganía, rebulle y se constela, tal como determinados movimientos astrológicos, entre las vorágines de la avidez profesada hacia la detentación del Imperio. César, Craso, Agripa y Cicerón, encarnan los puntos sublimados y sublimantes de un “yo” protagónico, avorazado en su ansia por demarcar un signáculo de laya política encrestado a prospecciones de poderío. Como era de esperarse, se desencadenan las pugnas, las colonizaciones, la expropiación de haberes extraterritoriales; se matizan las conflagraciones, se especula.
El alma gregaria de aquel imperio, centrípeta, poderosa, curial y hegemónica, se antoja una fuerza arácnida, cuyos reflujos le sobredimensionan, le saturan.
El espíritu de la guerra, tórnase en una necesidad en la que los abrevaderos sobreabundan: el aspecto de un Marte exaltado en Saturno, librando cuadratura con el sol. La sangre derramada es el semillero, el calor de la beligerancia, desarrolla sus formas en potencia, la sequedad del tiempo las fija, así mimetizando un cariz arquetípico, ontológico y necesario a nivel nacional.
Es de imaginar, un imaginario colectivo, colmado de motivos. Es entonces hasta que el César lega a su primogénito la égida (Octaviano), que Roma se endilgaría hacia bonanzas estratégicamente conciliadas.
El estratega, sabe escanciar las mosturas del poder, como todo un marmitón de ese arte culinario de la política: repartición de los bienes, de tierras, aleaciones, todo un ajedrecista de la diplomacia, cuyo cometido se cifra en extraer, de entre la urdimbre de estas combinaciones, un juego límpido y sutil.
Bajo el esbatimento de dicho estratega, Virgilio, descendiente de clase agrícola, de campiranos, nace y desarrolla el virtuosismo de su vena poética. Para entonces, los ítalos, congraciados con el influjo heleno y griego, se distancian paulatinamente del politeísmo, encaminándose hacia la incidencia de la filosofía: epicureísmo y estoicismo, siendo esta última rama, caldillo de cultivo para el espíritu de nuestro vate.
Signatura de un alma melodizada
A mitad de su curso, el Sol, encuadra con Venus, en tanto, a flor de luna, alcores y serranías, mismos que acarician al Po, bordeándolo, permiten entrelucir la nacencia, bajo el propugnáculo de Libra, de un descendiente de Terpsícore.
El año, cursa ese -70; la aldehuela Andes (Piétola), se emplaza en la margen diestra del río Mincio, afluente del Po en su siniestra.
La tipología caracterológica de este venusiano, dejándose embalsamar por la apacibilidad de un entorno de nemorosa fecundidad, afluye a remansos de serenidad y retiro, así permitiendo aflorar un talante cuya proclividad se enemista con los báratros y barullos del entorno urbanizado.
Ese imperativo topográfico y el desenvolvimiento de su puericia y alboreada mocedad, le impelen a emplazarse en los efugios de la introspección y el ensueño. Se faculta en varias carreras académicas, a saber, Oratoria, Medicina y es, finalmente, el nepente de las Letras, el oasis persuasivo, que le convida a migrar de su bienquista campiña, y a ubicarse en Nápoles y Roma.
Con el decurso de los años, entabla amistad con otros amantes del estilógrafo: Horacio, Vurio, Propecio, Mesala y Tilubo; y consigue holgarse en su laborío escritural, pues, recibe el auspicio de un mecenas, del todo potentado, quien le obsequia domicilio y donadíos pecuniarios por el desempeño de sus obras: Geórgicas, Bucólicas y la Eneida.
Este poeta del hexámetro, se desposa etéricamente con las Musas, un 21 de septiembre, justo en el mes de la Virgen, hacia el año -19, cuando regresaba a Roma, acompañado de Augusto, provenientes de Oriente, víctima de una severa dispepsia, morbidez que fuera, como su inspiración y sus ensueños, su fiel compañera.