Des paintures literaires
À la recherche du temps perdu
(Marcel Proust)
Combray
Si a refrendar me atrevo que, la aparente impecabilidad circunscrita a ese blasón de virginidad acusada en el Narrador en Primera persona, fue seducida y decorosamente prostituida por el artífice de En busca del Tiempo perdido, es probable que la férula ortodoxa de la “Crítica literaria” le abomine y, sin lugar a hesitaciones, le denigre.
Empero, la Musa insuflada en el pneuma de Proust, imbuida por la suficiencia de todos los carices zodiacales y planetarios, muy por encima de estas asunciones prescriptivas, una vez destilado el nepente de su licor, le embriaga y le da mostranza de toda una constelación de posibilidades.
Ubicuidad sinestésico-trascendental, es éste el término conferido por mi plácito a su Narrador.
En el decurso de estos primeros fragmentos, Monsieur Proust anégase entre las molicies de la pubescencia. Valetudinario, enerve, hipocondríaco y poseído de un ánima racional exacerbadamente afinada e hiperestética, el barbiponiente habita, en lo que muy bien podría denominarse un “animismo vigílico”, condición en cuyas exenciones le es asequible consumar una peculiarísima alquimia personal: la transmutación del vínculo coagulizante del ámbito “real” en una substancia transgénica sublimada desde un abanico nupcial de superposiciones alternantes y, pese a su pluri-entitatividad, inequívoca y unívoca en su vertiente genesíaca.
Las acuarelas de un recuerdo, es tal el objeto de su narración, objeto cuya abundancia se iría extremando como toda una Caja de Pandoras. En dicha progresión narrativa, en dicha arborescencia, alberga infinitas remembranzas, y en este plano de incidencias, su conciencia, refractaria e inconforme con los rubros limítrofes de lo meramente fenoménico, va estilizando y confeccionando, como todo un esmaltador, una bifocalización, una especie de bilocación alternante y concomitante desde la cual, el ensueño, ya no pasa a ser ese género de fabulación indeterminada y evanescente, cuanto que, un injerto bien adaptado a la circunvalación de ese estado consciente.
A este respecto, es de concitarse al advertir la manera en que las memorias se entreveran interpenetrantemente con los objetos sensibles de la contextura circunstante, a través de la cual, el ángulo opalescente de lo que fue, comienza a realizarse, geminando sus potencias y sembrándose a doquier, cual si fuese toda una florescencia de órbitas concéntricas, esquirlizadas desde su eclosión, siempre inesperada, siempre súbita.
¿Pudiera al caso la Ciencia de Psiquis y sus indagaciones, llegar a determinar una esfera de la conciencia hominal en la cual se pudiera localizar el ápice integral e inequívoco de eso que se perfila como un “yo absoluto”? Marcel, en medio de sus epifonemas reflectantes y oportunamente matizadas con ascendencias literarias y tropológicas, fundamenta una teorización desde la cual, el hilván individuante de lo consciente-discursivo en su mera focalización y nuclearidad, se difracta a guisa de visos reflejantes, mismos que, en sí representan toda una deconstrucción ego-asimilativa y pulsional.
De esta suerte, el yo, desde el visor proustiano es un actualizarse temporario y sucedáneo, desde donde, lo que fue, sigue siendo, en un estar latente que, al igual es su propio futuro, en sí mismo encarnado en su propio transcurrir. Esta especie de pluralidad de ego-asimilaciones individuadas se iría develando, y es entonces el pasado un organismo viviente, sustancial, substanciado, substanciable, así como humoral y animado, cuya corporeidad disemínase desde y entre lo entitativo de los objetos circunstantes, mismos que se nutren del ser propio del narrador y lo emancipan, antitéticamente dentro de su resistencia limítrofe, cerrada y definitoria, así como definida.
Como nota de primacía y preeminencia existenciaria, es su madre quien, como una floración sentimental, aflora, colmándole de ternezas y lenocinios. La abuela, con la morigeración de sus promenades y andanzas, flordelisando el ambiente con ese puntillismo de usanza inveterada, álgida y atiplada, esa porcelana de las maneras, representa un pivote especialmente influenciable de querencia hacia el joven Proust, y al igual, de referencia temporal y cultural.
Dentro de esas eclosiones intrafamiliares, abrotoña, como un cliché predominante de referencia e hilaridad inicial, el tío Swann, el padre, un tanto sátrapa, aperplejado y frívolo, las visitas de cierto vecino, los coloquios y charlas, los tempranos huroneos, y todos esos desencastillamientos que la puericia debe consumar: lo infundibuliforme y perpetual de esas estancias, imbuido en la exquisitez de esos tenebrismos, frescos y arrobadores, propios de los corredores domiciliares, de esos rincones, en los que, el joven ensoñador se deja conquistar por el numen inteligente de la materia circunscrita al ser de los objetos: orladuras, composiciones pictóricas, esquinas, en las que la numinosidad del tiempo pareciese emulsionarse sin por ello llegar a disolverse, y todos esos urnáculos en los cuales, esa primigenia erogenización consigue fantasmarse a la manera de un súcubo en ciernes, azuzando al alma aherrojada por una plétora de testosteronas, también en ciernes, a desenvolver toda una dramaturgia de fabulación y su debida culminación orgasmal y vampirizante.
En su arqueología de la remembranza, recupera las partículas de esa civilización – extraviada a fragmentos –, que es la infancia. Su hermenéutica es aquella que deconstruye la ontogénesis de los instantes, en los que surge y se manifiesta esa topografía sentimental, cuyas atildaduras develan magnitudes de senscencia, replegadas al marco de esos humores levantinos y de intricada complejidad, efímeros y fantasiosos, tal como si se transluciera toda una superestructura sutil de cierta consistencia pantomórfica atingente al ser de los sentimientos, advertidos en las instancias de la niñez.
El narrador, dentro de la tejeduría de sus narraciones alternas, epifenoménicas y descriptivas, refiere el desarrollo interactual de una noche, en la cual, persuadiendo a la madre, consigue pernoctar a su lado, a un tiempo que el pequeño valetudinario le escucha luego de leer una novela de Goerge Sand. Y lo cautivante en este cuadro, es testimoniar una filiación tan ciclópea vertida hacia la entidad de la figura maternal, ser que le colma, tal como si su ánima se hiciera ininterrumpidamente hacia un vació existencial, autónomo e inmanente, caudillo de su hiperestesia e instigador de sus temores, de sus proclividades y condicionamientos emotivos, y siendo su madre una suerte de lenificante existencial que restañase ese típico arredro propio de los liriólogos a los aspectos incordios de todo aquello desprovisto de armonía, consonancia y sinfonía, en lo que a estética circunstancial se refiere.
En otro fragmento sucesivo de la Obra, se describe el accidente sinestésico de una tarde invernal, en la que Marcel regresa a casa, derrengado y saudoso, ya entrado en la mocedad, y viviendo fuera del distrito de Combray. Su madre, en un rapto de donosura consuetudinario, le confiere una tasa de té aderezándola con una porción de magdalena. El joven snob empapa la porción farinácea en las linfas de la infusión y, súbitamente, el sabor de las migas anegadas, evoca en su alma toda una estructura vivencial que lo comienza a vivir, y refrendo, lo vive a él, análogo al episodio de una novela que comenzase a vivir a su lector. Tal como el pivote traslatorio de ciertas cajas armables, se encaja una vez se le hiciera girar en determinada proporción de su engarzadura, develando entonces un ángulo perdido que siempre estuvo allí, y es hasta entonces develado, de manera tal, el alma del soñador recupera sendas vivencias, mismas que siempre estuvieron compenetradas y sucediéndose en su ser, solo que, en un ángulo del cual su conciencia no se apercibía, hasta que la peculiaridad de ese sabor, le sirve como reinserción a la aludida engarzadura, posibilitando su acceso nuevamente a todas esas dimensiones vividas, que aún se continúan viviendo. Intenta reproducir dicho fenómeno trascendental a través de la mismísima operación, pero, el sabor, aún siendo el mismo, aleja progresivamente la vivencia.
En su magín, el joven dandi se percata, en la reinserción de esta experiencia extratemporal, de que, al igual que lo vivido es reinsertado por una especie de reajuste en el punto de encaje, estos mismo ámbitos de lo vivido, le devuelven, con nítida intensidad y optimización, una sensación de felicidad, que, al igual, no dejó de estar en él, hasta ese instante de la develación sinestésica, haciéndole abstraer ejes ponderativos de reflexión en torno a la substancia inasible de las sensaciones, su inmutabilidad y difracción dentro del decurso de lo temporal. Es un pasaje, paisaje sentimental cuya beldad es concebida a través de la relación de una forma emotiva, experimentada bajo las coordenadas de cierta temporalidad espacial, exactas y precisas. Combray, su esencia y su ser, se restituyen en su alma, y le devuelven los espectros del pretérito, imbuidos en la totalidad de los sentidos, y aún más vívidos, en el olfato y el gusto.
Una deconstrucción, astringente, auténtica y arramblante, así se podría ponderar su Descriptiva, esa manera de construir desestructuralizando, esa forma de diversificar los puntos de sublimación en la visualización de un alma asaz acuciosa, en cuyos hilvanes se reinstauran, como en una labor de reconstrucción arqueológica, las piezas, una a una, siendo a ese respecto lo sentimental e identitario-sinestésico, el referente por excelencia.
Las disposiciones estructurales de un lugar, mismas que erijan determinado objeto, fuse edificación o así paisaje natural, develan, para ese tercer ojo inherente a su perspicacia, una superposición dimensional, dimensionante y dimensionada.
La dimensión tripartita adscrita a la materia, debidamente emplazada en una temporalidad aparentemente “real”, despliega una sarta de ámbitos sentimentales, cuya demarcación percibida, lanza al objeto en cuestión hacia la vividez de cierto anacronismo. El estrato físico de lo material-substancial, se subsume en una esfera sentimental, y es entonces otro tiempo el que ovula el plasma temporal cifrado en su mecanicismo subordinado a su concisión supuestamente inasible, injertando visos, aspectos y matices de ensoñación en la constelación resistente de lo sólido y centrípeto.
La substancia derivada de lo pretérito-sensciente, anegándose a la del presente, conforma una entidad híbrida de suficiencia proteica y absorbente, misma que construye en lo ya construido, que incorpora esencias del sentir en la materialidad, que se torna sencillamente maleable y se erogeniza, dejándose amar por su amante.
Marcel Proust es el escritor vernáculo, el familiarista por antonomasia. Su lente de asimilación y de observancia es microscópica y a la vez telescópica, puesto que, posee la suficiencia de conseguir sumergirse en la esfera esciente y afectiva de sus consanguíneos, así como de sondear esas temperies distantes de lo meramente humano, en su aspecto integrador y asimilable. A este respecto cabría inquirir, ¿Quiénes de nosotros, afables megalómanos de la litomanía, nos hemos tomado el escrutinio de observar los más ínfimos movimientos en torno a esa galaxia que representa el fuero familiar? Tendría que ser, muy probablemente, en un estadio de morbidez, en cuyos tránsitos humorales la conciencia se ve siempre más lúcida y nemotécnica, o quizá, una vez hubiesen fenecido nuestros familiares, cuando nuestra alma se afanara en recuperar dichos motivos? El escritor de esta obra, cuya inherencia almática e inmanente le otorga la exención de poseer una hiperestesia penetrante, triunfa de esa teleta urdida por mediación de la monotonía, que, por lo general, ofusca la visión sentimental, e interpenetra esa atmósfera vernácula, accediendo al gran arcano de lo ritualizado en las usanzas hogareñas. La más mínima conjunción y aleación de mociones circunstantes en lo gestual, contenido en la manera expresiva de la abuela o de la madre, o también de la servidumbre, es mesurado y logrado en su balanza perceptiva. Compenetra y hace relucir esa fisiología de la tradición francesa circunscrita en el rubro de las maneras, los mohines, los contrastes lírico-fonológicos, las posturas y posituras, los múltiples avatares entronizados y sincronizados en la circunvalación de un rostro, sus visajes y tonificaciones faciales, todo ello acaudillando una frase, un sentimiento reticente o explicitado, tal como si se tratase de una composición pictórica, mediante la cual, cada matiz revelara la ascendencia de una ontogénesis trascendental enserida en las costumbres, el hábito, las rutinas, y toda suerte de condicionamiento categorial mesmerizado en esos objetos de estudio.
A diferencia de Goethe, Balzac y Chateaubriand, Marcel Proust cifra sus ahíncos en torno a la existencia eminentemente introspectiva, humoral, racional y sentimental del alma hominal regolfada en sus extremaciones costumbristas. Su literatura es de traza espiritual, en el neto sentido de entresacar bosquejos afectivos, mesurados, practicados y sondeados, para luego crear una realidad de superposiciones, en la cual, la existencia llega a superar las ambientaciones relativas al plano fenoménico. Y en este sentido, la valencia de lo existente como tal se referiría precisamente a todas aquellas escalas ontológicas asequibles de concebir como relaciones imágico-sentimentales, fracciones sentimentales, fabulaciones, instigaciones en la descomposición de lo real-fragmentado, las sublimaciones expectantes, las panorámicas del ensueño, etc.
El escritor patentiza en este fragmento de su obra (Por el camino del Swann) la hegemonía establecida por la ensoñación y el delirio psicofántico, cuyos valores, no solo mistificarían la resistencia del mundo consuetudinario, sino también, lo supeditarían a una minúscula región, a un rubro de mera referencialidad.
Hasta este punto, es la puericia la peatonante dentro del hemisferio del alma proustiana. En este bajorrelieve del sentir y del estar, su infancia es ya una lente caleidoscópica, que visualiza la vida tal como se aprecian las obras pictóricas. Y, ¿No es al caso el ojo del poeta el de un amante de las formas y las cromaticidades? Empero, como suele acontecer en todo vástago de las Musas, su vida es vivida en un plano más sutil y menos grosero, con los respectivos grados de separatividad necesarios a fin de conseguir apreciar la esencia del existirse en la vida: el recuerdo. El recuerdo para Proust es la verdadera cualidad existente, derivada de lo existido, pues, posee la suficiencia en su ánima de engarzar cada momento y repujarlo aún más nítidamente con un cincel de mera optimización reflexiva y sublimante, con una rítmica cuyo valor confiere cadencia, metro y rima a la otrora prosificación de las estancias doncelliles.
Méseglise y Gourmantes representan seres topográficos. En ellos, el narrador soñante emprende el noviciado de sus periplos de infante, tanto deambulatorios como ensoñativos, y todo alcorzado por los ritmos de las usanzas familiares y la simetría de las tradiciones vernáculas. En este lapso narrativo, tanto de su vida como del decurso narrativo, Marcel, a su parvedad, posee ya un binario de referencia fabulante, dos vertientes femeniles cuya incidencia hubieron espoleado su imaginario hacia horizontes de fantasía protagónica e interactiva. Uno de estos personajes es la actriz, concubina del tío Swann, de cuyos saleros y modales obtiene una contextura interpretativa de los aspectos familiares; la otra femínea, demarcada tal como hilván hermenéutico y feraz a su yo inmanente, trátase de la damisela pelirroja conocida en los paseos por Méseglise, y de la cual se prenda, más como un objeto de fecundidad creativa, que como mera venera pasional e idílica.
Para el artífice de A la búsqueda del Tiempo perdido, las categorías perceptivas correlativas a la inherencia del alma, en tanto emporio captativo, se subsumen a una inexorable retrotracción de lo arquetípico en sus variopintas formas de sentir. Porque, sentir, para el narrador-protagonista, equivale a inteligir e intuir trascendentalmente. La etapa conclusiva de esta parte primera se extrema, endilgando un epifenómeno responsablemente consumado. En la progresión discursiva de estas cláusulas, su pluma insiste, semejante al aplomo de un veritativo liróforo, en la existencia de un ser de cualidades arquetípico-sentimentales tras el fenómeno de los objetos. Es algo similar al hecho de poder visualizar un paraje, un valle, una flor, un árbol, y barruntar que, su valor entitativo representa una signatura sentimental, cuya fuerza sinestésica arroja al alma fuera del nucléolo de la realidad, para establecerla en la existencia de una meta-temporalidad que hace vivir al intelecto, al cuerpo y al alma, en un cariz existente mucho más tangible que lo fenomenizado de lo inmediato-perceptible.
Por la parte del Swann II
En esta consecución narrativa, Marcel Proust evoca parte de esa socialización, por demás cortesana, a cuyos avíos se aproxima el tío Swann. Madame Verdurin y su marido, así integrando lo curial de cierta parentela, en cuyas tertulias el tío es contertulio y copartícipe, internuncio y protagonista a un tiempo, y ello gracias a la intervención de una de sus concubinas.
El narrador, en similitud a un urdidor, confecciona toda una hilvanaduría arqueológica en torno a las maneras de todas aquellas afectaciones de corte ducal, de factura francesa y afrancesante, en donde, las cortesanías de los parlamentos y sus respectivas égidas gesticulativas, dicciones, prosodias y mohines, son y representan la heráldica inherente a la donosura de labores intelectivas, del non plus ultra cosechado en los retozos conceptistas y todas las ataujías de las agudezas de pensamiento.
En el seno de estas composiciones pictóricas de traza costumbrista, la pluma proustiana devela todo un estudio respecto a La rètorique du salón, tan arraigada a la usanza francesa, tal como si conformase una tradición cuasi-ritualística, en la cua,l el nivel de las aperturas intelectivas, la virtud y los carices morales, se entrelucieran a través del arte adscrito a las maneras coloquiales. El arte de parlamentar es posible perfilarle tal como una de esas entidades astrales y fluctuativas, de cuya inteligencia espectral participaran los internuncios quienes, blasonándose de ser ellos los emisores de tan loables elocuciones, se viesen en un fondo nupcial del alma como atortolada por una suerte de posesión vagarosa. Es lo que Paracelso denominaría un Gestrim o alma colectiva, forjada por tantísimas épocas y variadas formas mentales, misma que, imbuida de vehemencia, ha sido fecundada al través de los siglos, y que, fluctuando, se relaciona y posee a un caletre lo suficientemente simpatético para injertar su numen retórico. De manera que, en esencia, el interlocutor no es el parlador, cuanto que un internuncio que habla lo referido por esa fuerza secular y poderosa, cabría decirse, esa Francia parlante y elocuente, que, de ordinario se sirve de tantos personajes, apreciados por sus valencias oradoras.
Si cabría concebir una fisiología astral inherente a este ser ambulatorio, diríase que, su organismo, vivo y nutrimental, se conforma de un aparato metabólico en el que se segregan prosodias, en el que se asimilan continuamente silogismos, paráfrasis, similicadencias, estilizaciones fonemáticas y demás elementos constitutivos. Su sistema arterial, inconsútil y etéreo, estaría consolidado e hilvanado por sendas metafonías retóricas, por consonancias verbales, elisiones silábicas, alegorizaciones y metáforas, sistema mediante el cual se irrigaría su ectoplasma conformado por sinécdoques, morfemas, sememas y ejes sintácticos de efervescencia fraseológica. Dichas aferencias y eferencias, producirían en sus interlocutores, aspectos y visos de la más refinada y atiplada elocuencia, de albergar en sus discursos, número, metro, cadencia, armonía, e incluso segmentaciones de mera sinfonización, una vez se establezcan los discursos, fuesen estos de la especie que fuesen, y todo aconsonantado con la isocronía gestual, la modulación gesticulante, las posturas, las entonaciones verbo-silábicas, etc.
La acuciosidad del narrador pormenoriza minuciosidades, mismas que, obnubilarían a cualquier lector entusiasta de los efimerismos literarios, puesto que, el tuétano argumental, apetecido de ordinario como un “módulo de acción”, es aquí la pormenorización misma, ese arte miniaturista de empeñar las descripciones de lo ornamental, representando por sí mismo, lo crucial de la narración. Y es, precisamente, esta arqueología de lo consuetudinario, la que da mostranza de esos visos subrepticios insertos en lo aparentemente intrascendente, develando la existencia de esferas del ser, en las cuales, se protagonizan dramas y epopeyas, embutidas en la geografía de instantes, de momentos trascendentalmente emotivizados, como es el hecho de sentir, en el fondo del ánima, el cuerpo, la textura y consistencia de una frase musical.
Proust elabora toda una cosmogonía epifánica del enamoramiento – en la humanidad de Swann –, partiendo desde la génesis de motivos sinestésico-sentimentales, en donde, los ángulos, las magnitudes y las proporciones de conmensurabilidad de todas las filiaciones pictóricas profesadas por el tío en cuestión, emergen de entre una ambientación aparentemente disgregada de afecciones derivadas a partir de objetos.
A este respecto, el escritor, en una ocasión de visita en casa de Mme. Verdurin, sumerge el alma de Swann entre la substancia magnificada de una frase musical, propiciando en la complexión de su sentimiento una suerte de adhesión. Dicha adhesión se insuflaría tal como una Matemería o la homogeneidad de una misma esencia encarnada en diversas substancias, de traza dinámico-trascendental, suscitada desde el fuero intimal del organismo melódico.
En este sentido, estos dos principios anímicos se corresponden, el uno en el otro asimilándose hasta entreverarse, al grado que, la entidad sentimental del uno se incorpora al del otro, consolidando un nuevo ser, condición orgasmática rayana en los transportes extáticos de la mística poética. El tío participa de un arregosto y cierta fascinación por Odette, cuyo trance le mantiene vivamente distanciado de la oquedad de su rutina existencial.
Monsieur Proust, elabora toda una hermenéutica arqueológica del sentimiento en relación a los amartelamientos idílicos, vivenciados por Swann. Al ir desvelando, sedimento tras sedimento las estructuras de un caletre predeterminado y estigmatizado por los emplastos que adhiere la costumbre y la cultura, adjuntamente con la inmanencia a la que se injertan, su lente, su escalpelo, descubre esquemas categoriales desde donde, la conciencia en sí se mecaniza en su situación noético-noemática.
En este sentido, es lo consciente en Swann lo que experimenta una dependencia hacia el motivo representativo de la humanidad en Odette, motivo en virtud del cual se generan y desencadenan sendas abstracciones.
El escritor llega a circunstanciar los basamentos direccionales endilgados mediante el ser de dichas motivaciones y el marco incidental en el que irían concatenando e innovando menesterosidades surgidas desde la consideración del arrobo idílico, pero que, a visión indagativa, resulta no más que meras representaciones. Odette ve desmedrado su sentimiento para con su epígono, razón por la cual éste se enajena progresivamente en la evolución de sus representaciones ideológicas.
Odette iría trabando amistad con los Verdurin, asistiendo a tertulias, a cenáculos y francachelas, al punto que, los miembros de esta familia, progresivamente desdeñarían a su enamorado, en tanto que Mme. Verdurin, como toda una celestina, entromete, muy diplomáticamente a un tal M. Forcheville, en la pretensión de empalmar alguna forma de romance entre ambos.
La verdadera riqueza de todos estos enunciados literarios estriba en que, se muestra la quintaesencia de las costumbres de dicha región, dueña de refinamientos sin par, de tinos estéticos y de rítmicas astringencias de índole intelectualistas; y en el espectro de esta cultura, al igual, se da mostración de la contundencia ancestral de su tradición, tan pletórica y copiosa, tan llena de maneras, tan ufanada y ornada, sobre todo, de una responsabilidad estética cuyo reflejo se patentiza, tanto en las circunvalaciones exteriores, como en las relaciones morales y retóricas. A este respecto, una vez Proust se interna en determinada individuación inherente a esta alma colectiva, uno puede evidenciar las maneras de un sentir gregario (francés), contenido en un ser aherrojado por el arcaduz de un estetismo moral cuyas afecciones emotivas no dejan de transparentar los entrefondos categoriales del gusto, donde, la desolación de un contorno existencial es maquillada mediante los afeites de un a priori repujado en oro y argento. La exquisitez del escritor radica en develarnos esa ataujía de las relaciones morales, mixturadas tal como un organismo funcionando dentro de otro, a saber, el organismo caracterológico, mismo que se religa a otro: el fisiográfico socio-cultural.
Aquí, le narrateur sobrepuja las égidas de la omnisciencia, pues, consigue parafrasear todas las nociones concéntricas, circunflejas y retráctiles del ser fantasmagorizado relativo al fuero introspectivo, ya sentimentalizado, ya racionalizado, o bien, consumido en el ardor de su propia esencialidad intuitivo-trascendental.
Gracias a la afección emotiva advertida en torno a la humanidad de Odette, Swann comienza a descubrir ámbitos del organismo anteriormente aludido, otrora vislumbrado en la lejanía de las relaciones inconscientes. Ahora, su aspecto humoral aflora, eclosionando en la primavera de una privación, encauzada merced a la fragmentación conyugal experimentada con su maîtresse. La escisión idílica implicaría una cohesión. Al separarse de una entidad fecundada por su sentimiento de querencia, sufre una conmoción, cuya crisis abre la posibilidad para eviscerar pasajes de su interioridad que lo aúnan con este sistema emocional, funcional solamente en virtud a una carencia. El desequilibrio circunstancial propicia el surgimiento de una armonización humoral, tal como si se tratase de cierto efecto compensatorio de cuadratura mecanicista-trascendental, análogo al proceso de dar cuerda a una máquina rudimentaria de relojería en la cual, determinado impacto activara el engranaje interno.
Tercera parte
(Todos los países: el nombre)
En el decurso precedente del capítulo anterior, Proust nos traslada al contexto argumental acontecido en la vida del tío, y ello retocado a la manera de una novelación biográfica, sin dejar de albergar en el continente de sus líneas, una exquisita hermenéutica, profunda y especializada.
Como por ensalmo, esta tercera jurisdicción de su obra nos reincorpora al fuero íntimo de sus evocaciones de infancia. El doncel Marcel pasa revisión a ese pretérito emocional, en el cual se enrostra con la región de Balbec, y toda su topografía costeña, colmada por el rigor de las escarpaduras y los acantilados, alcores y collados donde, las cimeras montanas coronan en su cresta la factura de arquitecturas románicas y persas, ostentada en la edificación de sus iglesias.
La genealogía de sus remembranzas, constela el cuerpo de su narración con panorámicas correspondientes, restituyendo imágenes embelesadas dentro de sinopsis afectivas, así como suspensiones sentimentales sucedidas en el protoplasma de patrones paisajísticos.
Es este el hemisferio narrativo, en el cual, al infante, la suficiencia fabulante de su inherencia, le teje, como si de una artería arácnida se tratase, toda una trama de fervores y ebulliciones idílicas. Si, el láudano de los ardores ensoñativos, propiciados por el espectro contenido en la idea de amor, despabila, en los más garbanceros caletres, toda una geografía fantástica, pavoneando sus reinos, sus seres y transmutaciones, cabría otorgar un lugar a la imaginación para concebir los efectos desencadenados dentro del imaginario encarnado en la puericia del protagonista-testigo. En las hegemonías de influjo hiemal, bajo los temporales y las constipaciones de ese París, arregostado a las secreciones de su natural melancólico, Proust entabla conocimiento con Gillbert, primogénita de Swann y de Odette. En la humanidad de esta personita, el sentimiento sinestésico de su arrobamiento evoca la noción de dependencia, gusto y holgura.
El autor permite translucir una cautivante matemática de las asociaciones emotivas, una simetría, que comienza a alborecer y que, transporta su imaginario hacia regiones interprenetrables, en las que bonifica su aptitud fabulante, tal como si a un químico se le revelasen de un tajo, todos los principios de la química, sin que por ello su inteligencia fuera capaz de organizarlos jerárquicamente.
A través del nefelismo de los recuerdos, el escritor esmera epifonemas vertidas sobre su propia condición retrospectiva; y, como por efecto de un injerto temporal e inmediato, su humor almático divaga, fluctuando en derredor de la persona de Mme. Swann, en torno a la beldad de su fisiografía y las maneras en que su numen tipológico logra manifestar la variopinta gama de perfiles trazumados desde su caracterismo, aduciendo, mediante las iridiscencias de sus consideraciones, lo insubstancial de los sucesos y la imperfección en lo cual, los fenómenos de la “realidad tangible” son sustantivamente superados por ese Phantasmata que en el ánima retoña semejante a un vergel imperecedero y siempre frugífero.
A la sombra de las muchachas en flor
A guisa de una prosecución diacrónico-sentimental, el narrador-testigo en virtud del cual Proust gesta las cláusulas dedicadas a su mocedad, representa el blasón y la rúbrica de una sutilización templada en el arte del escudriñar y del cultivo de la perspicacia congénita a su inmanencia.
Resulta que, de un solo estajo temporal, se transparenta, entre el recurso de formas descriptivas y asunciones prescriptivas, el morganático concertado entre Odette y el boquirrubio de Swann.
El narrador-testigo describe su cosmovisión estética al presenciar determinada obra teatral, Phèdre, en la cual volvería a izar vítores la reputada actriz Berna. Se describen las ambientaciones de la estancia dramatúrgica, y toda una mecánica escénica de los protagonismos, y, sobre todo, esa vocación intimal, propia de los efectos desencadenados a partir de las nacencias de orden sinestésico.
Es a través de un personaje, M. Norpois, en torno al que se elabora toda una metafísica de las ponencias dialécticas. Se adentra hasta los confines donde, permite entrelucir el arquitrabe en el cual, los gestos se aconsonantan con el argumento, y en éste, el tipo de escogencia fonológica empleada por el enunciador. Se devela toda la ciencia que la cultura francesa, en el transcurrir de los siglos, ha desarrollado, esa retórica contrapuntística, que representa toda una labor de relojería, repujada en sobre-relieves.
Dentro del contexto dialógico, el joven memorialista decide, no sin cierta pudibundez, mostrar sus primeros bocetos literarios, en procura de recibir las respectivas críticas, y en tal consecuencia, su vendimia fue por demás contraria a las expectativas, ya que, el diplomático estimó su obra una suerte de influjo derivado de cierto escritor alambicado y preciosista, propugnador del parnasianismo: Bergotte.
Las interacciones lúdicas, los garzoneos de ralea sutil, polarizados con su entonces amorío platónico (Gillberte), encuentran su punto de algidez, una vez el pubescente Marcel, entablando una especie de forcejeo romano, consiguiera derramar su virilidad en el marco de una contienda extremada a la usanza de la lucha greco-latina. Dichas mancebías se repetirían con frecuencia, hasta que la condición física del liróforo se viera depauperada merced a complicaciones de índole bronquial, viéndose sometido a terapias en las que figuraban la ingesta de leche y el reposo, mancomunados en su estado convaleciente.
El tal condición de morbidez, el yaciente elabora toda una descriptiva respecto a las afecciones de su condición, alternando asunciones de ralea trascendentalista, mismas que conferían al plano de lo sintomático, teorizaciones en cuanto a correspondencias y analogías se refiere.
Es entonces, a partir de cierta misiva redactada de manos de Gillberte, como el joven nefelibata, progresivamente, se iría involucrando con el emporio familiar de los Swann. Con más recurrencia frecuenta a dicha parentela. Y en la interioridad de su natural, el recuerdo consigue alcanzar el pespunte de intensidad retrospectiva que, transparenta, en analogía a una entidad ubicua y consciente de todo el bagaje ontológico del aludido hogar, lugares, momentos, sentimientos, proclividades, deseos, perceptibilidades, ensueños, etc.
Ante el organismo animado, translúcido y erogenizante de dicho ser, la interpretación de alcance es plenamente elaborada, plenamente desarrollada, hermenéutica, de nuevo, empeñada en desentrañar y conocer las consideraciones de lo real y lo existente, así llegando a determinar las netas localizaciones de la realidad y sus diversas polarizaciones de tono intercadente.
El gusto y afinidad testimoniados hacia la hija de los Swann, pareciera haberse focalizado hacia Mme. Odette, visiones entonces replegadas desplegándose en un alud de admiración y observación, de advocación y devoción, en los cuales, la señora es teofanizada desde diversas ópticas del todo pictóricas. La existencia de este momento muy bien podría matizarse con una iniciación a la cultura francesa, en lo concerniente a las usanzas, en cuanto momento de distinción cualitativa se refiere, encauzada por la inmanencia del efebo.
En cierta noche de cenáculo familiar, Proust es introducido a uno de sus escritores predilectos; y es precisamente el aguzamiento de sus sentencias lo que iría asimilando el desmedro del que participa la persona infortunadamente humana de su idealización poético-literaria. Proust veríase al punto frustrado, al ir constatando la superficialidad de sus fraseologías, insufladas de hemencias morfosintácticas y optimizaciones estético-tropológicas, exclusivamente en el aspecto estilológico de figuras literarias de dicción. Sin embargo, a mitad de este vituperio y desazón, el doncel erigiría una crítica de su esencia literaria.
Hay, en este fragmento de la obra, un híbrido-liminal en el que, el joven enamoriscado experimenta los avatares de una separatividad substancial mas no así esencial entre su humanidad y la de Madeimoselle Gillberte. Sin embargo, al distanciarse paulatinamente de su amorío, se ve unificada, también progresivamente, la relación con Madame Swann, asumiendo el papel de interlocutor solícito y contemplativo, famulicio meramente surgido de su devoción hacia la señora y su elegancia, ávido pues, de la malvasía de sus gesticulaciones, sus maneras y usanzas de donosura y cortesanía.
El escritor realiza y elabora toda una física mística del arte dialogal francés, indagando en personajes diversos, locuciones y demás orladuras de coloquio, tan preponderantes para la nombradía estilística del típico francés cortesano.
Marcel, en la pubescencia de estas jornadas, es introducido, por mediación de un aparcero de infancia, al mundo de las Casas de lenocinio, en cuyo seno confecciona pequeñas acuarelas del todo peyoradas y de laya recriminante.
Nombre de países: El país
Le jeun nephèlibat, escinde la substancia del hábito swannsiano, propiciándose para sí un periplo hacia la región de Balbec. Epifonemáticamente, lleva al cabo una evisceración en torno a los presupuestos relacionados con el yo, en su aspecto causísitico-trascendental, en el cual devela ejes y engarzaduras superpuestas y relacionales de lo afectivo y sus concreciones sentimentalizadas. Dichos ejes de polarización egóica consolidarían “otros yo”, diacrónicamente diseminados en objetos sensitivos de toda índole, tal como si se tratase de cierta ubicuidad sensciente, misma que fuese evocada en momentos de sincronía emocional y desprendimiento pansiquístico.
Proust experimenta las delicuescencias de la embriaguez, desplegada por medio de una prescripción medicamentosa, que recomendaba la ingesta de brandi o de oporto a fin de soliviantar las incumbencias del tratamiento bronquial.
Es el ciclo de separación con la figura materna, cuyos rescoldos escuecen su ser moral, humoral, parasimpático, vago y espiritual, así despertando al yo pueril, mismo que descierra su condición umbilicante y condicionada al destete astral de su fuero absolutamente sentimental. En la hiperestesia de sus composiciones pictóricas, su sensibilidad, iría visualmente conculcando paisajes, sometidos, expuestos y, diríase, tiranizados ante su casi surrealista viso de singularísimo matiz, el cual absorbe lo percibido, engastándolo en hormas de aleación siempre emotiva y retrotractivas. Ambos, abuela y nieto, se hospedan, a guisa de recomendación salutífera, en un connotado hotel de la región de Balbec.
En dicho habitáculo, nuestro sicofanta se daría a la labor de evidenciar aspectos y sentidos de soledumbre, cuyos carices le religarían a pavuras de infancia. La latitud de este país costero, le representaría, allende la interlocución con Mme. Villeparisis (conocida de la abuela), una convivencia, casi mágica y embriagadora con el espíritu del océano y sus variadas eflorescencias, mismas que no dejan de albergar en sus mociones, los ritmos evocativos de su divino licor.
Proust, paulatinamente iría dejándose asimilar y embolismar por el egregore de este lugar, a cuyas vibraciones climático-topográficas se vería comedidamente en un dulce y calmoso sometimiento, igual a esas flores de umbráculo que, pese a la mutación de áreas menos umbrosas y más expuestas a la incidencia de la clareza solar, obedecen a una adaptación que, si no deja de ser pírrica, no es en manera alguna imposible. Le Grand-Hôtel, en su decurso temporal se tornaría en morada del joven snob; y su recámara, otrora huraña y malquista, anfitriona de ubérrimos insomnios y desesperanzas noctívagas, se iría acomodando al organismo de su morador.
El narrador-testigo realiza una muy completa y no superficial disquisición en torno a las incidencias de una ego-asimilación panteísta, en un matiz variable y secuencial en el ser de esos yo, repartidos en distintos momentos de la vida, emotivamente coordinados y sincronizados, algo así como un yo enquistado en el rasgo habituado de un segmento vivencial, adherido a parte de la personalidad, que en el momento descollara.
Con esa muy peculiarísima arqueología de suyo asaz hermenéutica, el soñador indaga esa ensarta de egos pretéritos, la hegemonía cursada desde los basamentos estructurales del hábito, como tal elucidando una suerte de motor compulsional que es una parte de los procesos volitivos y emocionales, adscritos a determinados momentos, a su vez emotivos, a su vez sensitivos, a su vez colmados de hiperestesia, nostalgia y saudade.
El joven fabulista, relaciona el ser del hábito, tal como una yoificación especificada, cuyas valencias son asimilativas y condicionantes, tanto a nivel emocional, así como a nivel intelectivo, e incluso, a nivel humoral, logrando así determinar una cierta funcionalidad mecánica de lo rutinario, lo reactivo y lo prospectivo.
En los paseos procesionados al lado de Mme. Villeparisis, es introducido al sobrino de esta dama, doncel de dinástica prosapia y de ideología socialista, cuyas perspectivas con respecto a la cultura cortesana serían del todo abominadas y peyorativas, así como recriminadas y vilipendiadas. Este joven díscolo entabla una relación amistosa a la par que encomiante con Marcel; y es a través de este nuevo aparcero como tendría una aproximación a las esferas femeniles circunscritas a las tertulias y los conciliábulos de factura costeña, holgada y vacacional.
Entre ese vagabundeo del discurrir de sus días en Balbec, el pequeño ensoñador encuentra, o más bien, es encontrado por el azar, con una deliciosa cohorte doncellil de féminas, por las cuales advierte una feraz copiosidad de interés y vehemencia, de prurito y dependencia. Empero, es una de esas bañistas la que le concita, a saber, Mlle. Simonet, jovencita de brunela tez, algo refractaria de talante, un tanto bobalicona, pero a cuya persona vuelca su interés de liriólogo y observador. Aquí, una vez más, Proust termina refrendando, ante el desencanto que comprende la imperfección de un objeto simplemente ofrendado por los recursos fenoménicos de la realidad que, la imaginación y sus relaciones imágicas, son eminentemente superiores al rango donde se supeditan las refracciones dimanadas desde lo real, como condición sensible, involutiva y degradante, afeante y corrosiva del ideal espiritual e ideológico.
Traba conocimiento con cierto pintor (Elstir), amistad que le comportaría ópticas de la realidad, adicionadas con visos surrealistas y simbolistas, una vez en su atelier se abandonara a una profunda contemplación de sus obras, trasladando al lector a través de toda una excursión de crítica pictórica.
El joven Marcel, inicia los aferes de un flirteo conllevado con Mlle. Simonnet, cuyo nombre es Albertine, con esa marisabidilla de mejillas encarnadas y de gestos un tanto rusticales, aguzando coloquios, divagaciones y paseos. Sin embargo, Albertine no representa un yo individuado, cuanto que pluralizado entre otros yo relacionados a una palomilla de jovencitas, entre las que figuran: Andrée, Griséle y Rosemonde, figurantas de cierto libérrimo andamiaje ideológico, con las que compartiría, sucesivamente, hábitos de ensoñación y regodeo. Al lado de estas doncellas experimenta un prurito nunca antes testimoniado, ya que, sin poseer un haber del todo intelectualista, las muchachas le confieren el donadío de mostrarle otras perspectivas de alborozo natural, más sensible, instintual y menos fraguado, desprovisto de los arquitrabes con los que se complementan los trastulos del intelecto y las agudezas conceptistas.
Luego de un fiasco amatorio, entre Marcel y Albertine, entre ambos solidifican una indeleble amistad, mientras cada figuranta abandona ese celebérrimo Grand-Hôtel, cuyo recinto representara para el pequeño valetudinario, un havo de ensoñación y de apertura hacia el exordio de los amoríos y las primeras hieles derivadas del desamor y su finitud condicionada por las involuciones de lo real.
Las figuras literarias en A la busca del Tiempo perdido
No es otra la procura de este análisis que la de mostrar esos rasgos descriptivos, metafóricos, sinestésico-trascendentales, etopéyicos, así como epifonémicos, mismos que representan una nota original en el organismo de la obra de Marcel Proust, así logrando establecer el nivel de penetración y agudeza propias de su pluma y de su estilografía, sabidamente abundosa y fecunda en imágenes.
a)
- <<Y, acto seguido, maquinalmente, abrumado por aquella jornada y la perspectiva de un saudoso día siguiente, me llevé a los labios una cucharilla de té donde había dejado empaparse un trozo de magdalena. Pero, en el instante mismo en que el trago mezclado con migas del bollo tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que dentro de mí se producía. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin que tuviese la noción de su causa. De improviso se me habían vuelto indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres, ilusoria su brevedad, de la misma forma que opera el amor, colmándome de una esencia preciosa; o mejor dicho, aquella esencia no estaba en mí, era yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, moral. ¿De dónde había podido venirme aquel gozo tan potente? Lo sentía unido al sabor del té y del bollo, pero lo superaba infinitamente, no debía ser de igual naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde asirlo? Bebo un segundo sorbo donde no encuentro más que en el primero, un tercero que me aporta algo menos que el segundo. Es tiempo de parar, la virtud del brebaje parece disminuir. Es evidente que la verdad que busco no está en él, sino en mí. La ha despertado, pero no la conoce, y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, cada vez con menos fuerza, ese mismo testimonio que no sé interpretar y que quisiera al menos poder pedirle otra vez y encontrar intacto, a mi disposición dentro de poco, para un esclarecimiento decisivo. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi espíritu. Es él quien debe hallar la verdad. Pero ¿Cómo? Grave incertidumbre cada vez que el espíritu se siente superado por sí mismo, cuando él, el buscador, es juntamente el país oscuro donde debe buscar y donde todo su bagaje no ha de servirle de nada. ¿Buscar? Más aún: crear. Está frente a algo que todavía no existe y a lo que sólo él puede dar realidad, y luego hacerlo entrar en su luz. >> (Por la parte del Swann).
Ejes interpretativos
En el decurso discursivo de este fragmento literario, Proust funge como un arcaduz. Y refrendo, arcaduz, puesto que, sus líneas argumentales poseen el efecto traslatorio, mismo que nos conducen desde una ambientación, más que circunstante, a una humoral y emotiva. Y lo original de su tino estilístico, a mi juicio, estriba en que su pluma no abstrae la ubicuidad y la infinitud numinosa de entre condiciones racionales ni místicas, cuanto que de lo meramente cotidiano y circunstante. Empero, como los místicos del Ganges y su doctrina dialéctica analógico-inductiva de la Purva mimansa, es el espíritu de los objetos, encarnado en un estrato de sublimación ontológica, el que conculca y coloniza la conciencia individuada y limitada, estigmatizada y culturizada del protagonista. A este respecto, cabría resaltar que, la infusión y las partículas farináceas de la magdalena constituyeron, en la exactitud de ese momento humoral, una combinación de química trascendental, mediante la cual, su conciencia consiguió desarraigarse del presente limítrofe y sus coordenadas, anegando al ser de su conciencia discursiva al umbral liminal donde todo está contenido, tanto pretérito, como presente, y lo futuro indeterminado, todo consolidado al sentido de inmutabilidad espiritual que todo lo compenetra, y que es un estadio de fluidez ontológica, de ser en el ser de lo que es, sin miramientos ni condiciones, desprovisto de temores y prospecciones. En otros términos, el joven Marcel tuvo acceso a un pasaje, dichosamente efímero, de una condición semi-nirvánica, encontrada en sí mismo, evocada por su alma, en tanto condición humoral determinada, y sublimada mediante las vibraciones circunscritas a las partículas del té y del bollo.
b)
- <<Mientras mi tía parloteaba así con Françoise, yo acompañaba a mis padres a misa. ¡Cuánto amaba yo nuestra iglesia, y qué bien la recuerdo ahora! El viejo pórtico por el que hacíamos ingreso, negro, agujereado como una espumadera, tenía los ángulos desviados y profundamente hundidos (lo mismo que la pila de agua bendita donde nos llevaba) como si el suave roce de las mantillas de las aldeanas que entraban en la iglesia y de sus tímidos dedos recogiendo el agua bendita pudiese adquirir, repetido durante siglos, una fuerza destructiva, doblegar la piedra y tallarle surcos como los que traza la rueda de las carretas en el guardacantón contra el que choca todos los días. Tampoco sus lápidas sepulcrales, bajo las que el noble polvo de los abades de Combray, allí enterrados, hacía de pavimento espiritual al coro, eran ya materia inerte y dura, porque el tiempo las había ablandado y hecho fluir como miel fuera de los límites de su propio marco cuadrado, con un flujo rubio y desbordante que había arrastrado a la deriva una mayúscula gótica de flores, o inundado las blancas violetas del mármol; antes de llegar a ellas, además, se habían reabsorbido, construyendo todavía más la elíptica inscripción latina, introduciendo un capricho suplementario en la disposición de aquellos caracteres abreviados, acercando dos letras de una palabra mientras las otras se distanciaban desmesuradamente. Sus vidrieras nunca brillaban tanto como los días en que el sol apenas se dejaba traslucir, de modo que, aunque el tiempo fuese sombrío, se podía estar seguro de que en la iglesia haría bueno; una de ellas estaba ocupada en toda su dimensión por un solo personaje semejante a un rey de baraja, que vivía arriba, bajo un dosel arquitectónico, entre cielo y tierra (y en cuyo reflejo oblicuo y azul algunas veces, durante la semana, a mediodía, cuando no hay misas— en uno de esos raros momentos en que la iglesia ventilada, vacía, más humana, lujosa, con solo su ornamentación sobre su rico mobiliario, parecía casi habitable como el vestíbulo, de piedra tallada y vidrios pintados, de un hotel de estilo medieval –, se veía arrodillarse un momento a Mme. Sezerat, dejando en el reclinatorio contiguo un paquete muy bien envuelto de pasteles que acababa de adquirir en la pastelería frontera y que llevaría a casa para la comida.
Dos tapices de alto lizo representaban la coronación de Ester (según la tradición, Asuero tomaba prestados sus rasgos a un rey de Francia y Ester a una dama de Guermantes a la que amaba), cuyos colores, al mezclarse, le habían añadido más allá del dibujo de su contorno, el amarillo de su vestido se desplegaba tan untuosa y generosamente que adquiría una especie de consistencia y se elevaba con vivacidad sobre la atmósfera atenuada; y el verdor de los árboles seguía vivo en las partes bajas del lienzo de seda y lana, pero por arriba se había “pasado”, poniendo de relieve en un tono más pálido, por encima de los troncos oscuros, las altas ramas amarillentas, doradas y como semiborradas por la brusca y oblicua iluminación de un sol invisible. Todo esto, y más todavía los preciosos objetos que la iglesia había recibido de personajes que para mí eran casi de leyenda (la cruz de oro labrada, según decían, por san Eloy donada por Dagoberto, la tumba de los hijos de Luis el Germánico, en pórfido y cobre esmaltado), me hacían avanzar por la iglesia, cuando nos dirigíamos a nuestros asientos, como por un valle visitado por las hadas, donde el aldeano se maravilla viendo en una roca, en un árbol, en un charco, el palpable ceriballo de su discurrir sobrenatural; y todo esto la convertía a mis ojos en algo completamente distinto del resto de la ciudad: un edificio que ocupaba, por así decir, un espacio con cuatro dimensiones – la cuarta era el Tiempo – , que desplegaba a través de los siglos su navío que parecía vencer y franquear, de fila en fila de bancos, de capilla en capilla, no sólo unos metros, sino épocas sucesivas de las que terminaba saliendo victorioso; que escondía el rudo y feroz siglo XI en el espesor de sus muros, de donde sólo asomaba con sus pesadas cimbras taponadas y cegadas por groseros morrillos a través del profundo corte excavado junto al pórtico por la escalera del campanario, e incluso ahí, disimulado por las graciosas arcadas góticas que, llenas de veleidad se apiñaban delante, como hermanas mayores que se colocan sonriendo delante de un hermanito grosero, gruñón y mal vestido para esconderlo de los extraños; que alzaba en su cielo, por encima de la Plaza, la torre que san Luis había contemplado y que todavía parecía verle; y que se hundía con su cripta en una noche merovingia donde, guiándonos a tientas bajo la bóveda oscura y de nervaduras tan fuertes como la membrana de un ingente murciélago de piedra, Théodore y Sigeberto, sobre la que una profunda valva – semejante a la huella de un fósil – había sido excavada, según decían “por una lámpara de cristal” que, la noche del asesinato de la princesa franca se desprendió, por sí sola, de las cadenas de oro que la sostenían en el lugar mismo del actual ábside, y, sin que rompiese el cristal, sin que la llama se apagase, se había hundido en la piedra y la había hecho ceder blandamente bajo su peso>>. (Por la parte del Swann I).
La suficiencia transmutacional de este escritor, le confiere, sin lugar a hesitación alguna, el mote de Alquimista de las letras. Sus operaciones alquímicas comprenden pues, los ejes de transmutación, aleación, coagulación, concreción, disolución, clarificación, combustión y reconsolidación trascendental. Aquí nos encaramos ante una poderosa herramienta proustiana, a saber, la Descriptiva inherente a su Stylus, que, en un sentido oportunamente simbolista y surrealista, afirma la superación de su bien desenvuelto realismo. Si tan sólo fueran sus ojos los encargados de trasladarnos los pormenores del recinto al cual hace ingreso (la abadía de Combray), obtendríamos, sí, una profusión arquitectónica bien manejada y profundizada; empero, no solo es el humor vítreo de sus pupilas el que nos puede circunstanciar detalles arquitectónicos, no; es esa alma suya hipersetésica y afinada con el entorno, la que nos otorga precisiones ultradimensionales, imbuidas dentro del fóculo de resistencia adscrito a la materialidad arquitectónica, haciéndonos ver, a través de los muros y ornatos, su fuero fabuloso y fabulador, su numen de fantasía, que, como en la alquimia, puede muy bien sublimar los objetos coagulados por la historia y los siglos, y disolver su substancia, solo para malear y disolver sus partículas, confiriéndonos un híbrido trascendental de imaginería prosopopeyizada, constantemente fundible y adherible a otras formas, donde, lo fijado como algo “real”, es superado infinitamente por lo intrínseco melancolizante, cuyo fuego calcinante puede obrar sobre lo concreto y atribuirle caracteres sentimentales y humorales. Proust representa a este respecto, una causa genatriz de moción, cuyo influjo pude provocar diversidad de movimientos en derredor de lo contemplando, porque la piedra para su contemplación, no es vista como una causación cuanto que como una consecuencia hilvanada desde sendas derivaciones de posibilidad sentimental y elementos surgidos de una perspicacia que pude ver lo invisible y palpar lo impalpable, vista la roca solo como el resultado de variopintas multiplicaciones, restas y divisiones dimanadas de múltiples estratos de ensoñación y que diseña sobre lo diseñado, que edifica sobre lo edificado.
c)
- <<Y, del violín, delgada, resistente, densa y directriz, de pronto había visto tratar de elevarse en un líquido chapoteo la masa de la parte para piano, multiforme, indivisa, plana e hirviente como la malva agitación de las olas que fascina y bemola el claro de luna. Pero en un momento dado, sin poder distinguir con nitidez un contorno, ni dar nombre a lo que le agradaba, hechizado de improviso, había tratado de recoger la frase o la armonía – ni él mismo lo sabía – que pasaba y que le había dilatado más anchurosamente el ánima, como ciertos efluvios de rosas que en el aire húmedo circulan del véspero, poseen la propiedad de expandir nuestra nariz. Acaso por desconocer la música había podido sentir una impresión tan confusa, una de esas impresiones que tal vez son, sin embargo, las únicas puramente musicales, inextensas, enteramente originales, irreductibles a cualquier otro orden de impresiones. Una impresión de este género, durante un instante, es por así decir “sine materia”. Cierto que las notas que entonces oímos ya tienden, según su altura y cantidad, a cubrir delante de nuestros ojos superficies de variadas dimensiones, a trazar arabescos, a darnos sensaciones de amplitud, de tenuidad, de estabilidad, de capricho. Pero, las notas se han desvanecido antes de que esas sensaciones se hayan formado suficientemente dentro de nosotros para no verse sumergidas por las que ya despiertan las notas siguientes o incluso simultáneas. Y esa impresión seguiría envolviendo en su liquidez y su difuminación los motivos que por instantes emergen, apenas discernibles, para hundirse al punto y desaparecer, sólo conocidos por el placer particular que confieren, imposibles de describir, de recordar, de nombrar, inefables – si la memoria, como un obrero que trabaja para asentar cimientos duraderos en medio de las olas, fabricando para nosotros fascímiles de esas frases fugases, no nos permitiese compararlas y diferenciarlas de las que les siguen. Y así, nada más expirar la deliciosa sensación que Swann había sentido, acto seguido su memoria le había suministrado una transcripción quizá sumaria y provisional, pero sobre la que había puesto los ojos mientras proseguía el trozo, de modo que, cuando esa misma impresión de golpe retornó, había dejado de ser incomprensible. Imaginaba su extensión, los agrupamientos simétricos, la grafía, el valor expresivo; delante de sí tenía esa cosa que ya no es música pura, que es dibujo, arquitectura, pensamiento, y que permite recordar la música. Aquella vez Swann había distinguido nítidamente una frase elevándose durante unos instantes por encima de las ondas sonoras. E inmediatamente le había propuesto particulares voluptuosidades nunca antes imaginadas previo a escucharlas, y que, sólo ella, estaba seguro, podría hacérselas conocer; y había sentido por esa frase una especie de amor desconocido.
Con su ritmo lento le encaminaba primero aquí, después allá, luego más lejos, hacia una felicidad noble, ininteligible y precisa. Y, súbitamente, en el punto a que había llegado y desde donde él se disponía a seguirla, tras una pausa de un instante bruscamente cambiada de dirección y con un movimiento nuevo, más rápido, sutil, melancólico, dulce e incesante. Deseó apasionadamente volver a verla por tercera vez. Y de hecho reapareció, pero sin hablarle con más claridad, incluso causándole una voluptuosidad menos profunda. Pero, una vez en casa tuvo necesidad de ella: era como un hombre en cuya vida una mujer que pasa, entrevista un momento, ha introducido la imagen de una belleza nueva que presta a su propia sensibilidad un valor más alto, sin que sepa siquiera si alguna vez podrá ver de nuevo a la que ya ama y de la que ignora hasta el nombre>>. (Por la parte de Swann).
¿En el orden de qué especificación de física o química cuántica podría distinguirse la deconstrucción y consolidación de los principios astro-físicos y emotivos que rigen los númenes musicológicos en su estadio más sinestésico y menos superficial? Proust, no solo transparenta el sistema intracelular y arterial adscrito al corpus etéreo y sutil del organismo musical de una composición específica, sino que, al translucirlo, lo estigmatiza, y lo hace ponderable y conmensurable, definible y practicable, ello todo sobre el hilván de su ya dada organización y disposición. Y, en efecto, Marcel describe todas esas alternancias y valencias testimoniadas por esa clarividencia del alma, la cual advierte otras magnitudes, cualidades y dimensiones superpuestas en la temperie interpenetrable de la ubicuidad sentimental emplazada el fuero humoral de un ánima vulnerable y aguzada, haciendo emerger de entre sus parcelas, toda una paisajística emotiva, que por sí misma posee sus ámbitos topográficos, físicos, químicos, dinámicos y trascendentes. En esta situacionalidad siempre liminal y naciente, siempre erógena y volátil, mutable y sublimante, todo es concéntrico y ecuable. Como en una Anamnesis incisiva y penetrante, las frases musicales, más que propiciar imágenes evocacionales, promueven reencuentros con el ser de situaciones, mismas que nos vivieron y nos traspasaron, haciéndonos vivir en densidades substanciales de ascendencia anímica, que como tal, son posesoras de imaginería, proteica y autocompensable, retráctil y vibrátil, por donde nuestras conciencias sencillamente devienen estados urobóricos y pantéicos de almas gregarias y volúmenes de sensación, que mezclan las prospecciones con las evocaciones, y todo en la simbiosis melancólica de esferas imaginativas, desde los presupuestos reales y combinables.
d)
- <<De repente, sobre la arena de la avenida, tardía, despaciosa y lozana como la flor más hermosa que no se abriese hasta mediodía, aparecía Mme. Swann desplegando a su alrededor una toilette siempre distinta, pero que yo recuerdo malva sobre todo; luego izaba y abría sobre un largo pedúnculo, en el momento de su más completa irradiación el sedátil pabellón de una amplia sombrilla del mismo matiz que la caída de pétalos de su vestido. Un verdadero séquito la rodeaba; Swann, cuatro o cinco caballeros del club que habían ido a verla por la mañana a casa o a los que había encontrado; y su negra o gris aglomeración que obedecía, que ejecutaba en derredor de Odette los movimientos casi mecánicos de un marco inerte, prestaba a esta mujer, la única que tenía intensidad en los ojos, la apariencia de mirar hacia adelante, en medio de todos aquellos hombres, como desde una ventana a la que se hubiese acercado, haciéndola surgir, frágil e impávida, en la desnudez de sus suaves colores, como la aparición de una criatura de una especie diferente, de una raza desconocida, y de una potencia casi guerrera, gracias a lo cual justificaba por sí sola su nutrida escolta.
Sonriente, feliz por el buen tiempo, por el sol aun tenue, con el aire resuelto y tranquilo del creador que ha realizado su obra y ya no se preocupa por los demás, segura de que su toilette – aunque los pasantes vulgares no supiesen apreciarla – era la más elegante de todas, la llevaba para sí misma y para sus amigos, con naturalidad, sin excesiva atención, pero a su vez sin un desapego completo, permitiendo que los lacillos de la blusa y de la falda flotasen ligeramente delante de ella como criaturas cuya presencia no ignoraba y a las que, indulgente, permitía entregarse a sus juegos, según su ritmo propio, siempre que siguieran su marcha, y hasta en la sombrilla color malva, que muchas veces aun tenía cerrada al llegar, dejaba caer un instante, como sobre un ramillete de violetas de Parma, su mirada feliz, tan dulce que, cuando abandonaba a los amigos para fijarse en un objeto inanimado, parecía seguir sonriendo. Reservaba así, y hacía ocupar a su toilette, aquel intervalo de elegancia cuyo espacio y necesidad representaban, no sin cierta deferencia de profanos, como una confesión de su propia ignorancia, los hombres a quienes Mme. Swann trataba con mayor camaradería; por ese intervalo reconocían éstos a su amiga, como a un enfermo por los cuidados especiales que debe adoptar, o como a una madre por la educación de sus hijos, competencia y jurisdicción. No menos por la corte que la rodeaba y que parecía ignorar a los presentes, Mme. Swann evocaba, de su larga mañana y al que pronto tendría que volver para almorzar; parecía indicar su proximidad con la calma ociosa de su paseo, semejante al que damos muy despacio en el propio jardín; de aquel piso cuya sombra misteriosa y fresca se habría dicho que seguía llevando alrededor. Pero precisamente por todo esto, verla me procuraba una sensación más intensa todavía del aire libre y del calor. Sobre todo porque, persuadido como estaba de que, en virtud de la liturgia y de los ritos en que tan profundamente versada estaba Mme. Swann, su toilette iba unida a la estación y a la hora por un lazo necesario, único, las flores de su flexible sombrero de paja, las ínfimas cintas de su vestimenta me parecían nacer del mes de mayo con más naturalidad aún que las flores de los jardines y los bosques; y para conocer el nuevo trastorno de la estación me bastaba alzar los ojos a la parte superior de su sombrilla, abierta y tensa como otro cielo más cercano, elíptico, clemente, móvil y azul. Porque aquellos ritos, si eran soberanos, ponían su gloria y por tanto Mme. Swann la suya, en obedecer, condescendientes a la mañana, a la primavera, al sol, que no me parecían suficientemente halagados porque una mujer tan elegante quisiese no ignorarlos y en su honor hubiese elegido un vestido más claro, más ligero, que hacía pensar, por su ensanchamiento en el cuello y en las mangas, por el trasudor del cuello y las muñecas, adoptando en fin con todos ellos las deferencias de una gran dama que, habiéndose rebajado alegremente a visitar en el campo a gentes comunes y que todo el mundo, hasta el vulgo, conoce, no por ello ha dejado de ponerse especialmente para ese día una toilette campestre>>. (A la sombra de las muchachas en flor).
El arte pictórico de Marcel, podría muy bien ser considerado una eflorescencia emanantista, puesto que, la luz de su imaginería, se trasluce al través del ópalo translúcido de las ensoñaciones vigílicas, vertiendo del primer reflejo otro más nítido, mismo que se subsume en otro más circunstanciado y lígrimo. Y sostengo que es emanantista, en virtud del eje esencial y subsistente que sirve de substancia difractiva y refractiva en todas las modulaciones mediante las cuales fluye el visor de su alma, en esas ponderaciones cromático-geométricas en donde, el objeto de su atención, anegado en las temperies de sus ámbitos paisajísticos, cobra un rigor complementario, en el cual, los objetos en derredor se pueden interpretar como las órbitas circundantes de una galaxia, concéntrica y constantemente reconstituida en sí misma. El plano de las correspondencias es aquí todo un género consumado. La atmósfera, en representación de un organismo transgénico, deja vivir en su plasma interior, a todo un complejo de unidades simples y compuestas, que cohabitan dentro de su sistema irrigatorio, como lo haría un complejo de protozoos ínfimos dentro de un aluvión arterial o parasimpático, y de esta cuenta, los individuos humanos, los seres florales, la temperatura, la luz, los aromas, los sonidos y los sabores, representan ambientaciones interpenetradas y compenetradas en su esencia vívida, misma que diseminaría patrones senscientes cualitativos, que generarían órdenes de sensaciones multiplicias y sin embargo unitarias.
Oh, impertérritas legiones del insomnio, cuántas veces no me calzaste
de Luna y me pusiste a deambular! Madrugadas consteladas de mujer,
madrugadas acostadas sobre la turgencia de algún muslo, colmado de
almizcle, trasmayado y lascivo; fueron ínfimos instantes parisinos, fueron
lo que hicimos, tu numen Marcel, el vino, y todos esos Burdeles, camarade,
De los que aún yo no he salido!
J.M.G