El silfo
(La voz detrás de la sotana).
Claude-Prosper Julyet de Crébillon
(1707-1777)
Efunde su substancia, por demás
especiosa, la excelsitud del siguiente corolario:<< Ocluid la corriente
del río y, verás emerger, sendas veneras de torrencial afluencia esparcirse,
sin mesura, irrigarse sin clemencia>>.
¿Acaso, no se fraguan tiranías,
establecidas para permitirse apreciar, en el paralelismo de sus concomitancias,
la emergencia, ya añeja y cultivada de iras, infusas al espíritu de la
insurrección?
¿Siglo de las luces? Consecuentemente! Y a este respecto, el
inquirir no demerita su recelo. ¿Al trasluz de tales fulgores, cuántas sombras
no lanzaron la calígine de su espectro? La razón, en la ínfula de sus
elucubraciones, fue arcaduz para fundamentar el eje basal de su contramotivo:
el instinto. A partir de ello, ya imbele ante la sublimación de tal eminencia,
en lugar de afrontarle, libraría – muy cortesanamente – maridaje, para dar a
luz a un vástago ‘racionalmente instintivo’ o si al lector le place,
‘instintivamente racional’.
De esta cuenta, la tinta dispone
sus grafías sobre la sutileza del fascículo, lográndose aguzada, severa y,
deliciosamente refractaria: avecilla de nigérrimas alas, sobrevolando sus
emanaciones caligráficas, anidando en el cubil donde es la serpiente su
victimario y no así la presa.
Es éste un relato, cuyo narrador,
permitiendo a su espiritibum daemonium anegarse,
en toda la abstinencia conventual de su siglo, tan solo para emerger –
peligrosa elocución – y referir el intimismo de ese Estro, entretallado en la nada holgada focalización de la primera persona (Testigo presencial
de la omnisciencia).
¿El tópico? La desideracion
derivada de la represión. Optimizado de muy estilística manera, forma como
preeminencia, valor elocutivo, búsqueda de la musicalidad, el asunto de la
moralidad, alcanza aquí un distintivo asaz antitético.
La preocupación por lo
estilológio, por el estilo, esa modalidad de verter el mástisis del alma ya
inspirada, confiere a estos enunciados y su literaturización, un relieve,
estilografiado en la exquisitez de su tono poético, aspaviento delectable para
todo amante de la conmensurabilidad fonológica.
La disposición argumental, a saber,
la orquestación en que está escrito el relato, sabe enjoyar con gracejo y
consonancia, la brillantez de sus discursos con la forma inherente a su
argumentación, a saber, esa <forma conceptual> en cuyo centrosoma
cohabita la belleza de las imágenes, evocadas a partir del hontanar de su
ideario.
Argumento
La cortesanía de cierta mujer de
salón, cuyo ocio permite bañar el agremán de sus orladuras bajo la luz de las
arañas, tras el satén del topacio y el reflejo de esa tan atiplada
sacralización de la moralidad, encuentra un rapto de intensidad, de aquellos,
sujetos solamente al prisma de las fabulaciones.
En analogismo con la intensidad
de esas libídines incestuosas, que, luego de ser una y otra vez bosquejadas con
el pincel del ensueño, se ven, de súbito encaradas al marco de la realidad,
donde, esa prima, esa tía, o bien, esa media hermana, arroja la calórica de su
dermis ante la estolidez del soñador, de igual forma, acontece a la
protagonista. Empero, sin que fuese incesto alguno el motivo de su torpor y
estolidez, su perplejidad no sabe salir de la estupefacción, una vez, en la
soledumbre de su dormitorio, esta mademoiselle
constata el desenvolvimiento de una de sus más férvidas fantasías.
En el siglo XVIII, aun cuando se
preciase de un racionalismo a flor de argumento, en el palimpsesto de su alma
colectiva, concubina por demás insaciable de todo lo escatológico y apofático,
existían, como hoy día existen, conceptos entorno a diversidad de entidades
ambientadas en el plano de lo fantasmático. Los
elementales, constituyen, en efecto, determinada modalidad de entidades
dimanadas de la naturaleza, mismas que poseen un ánima naturada, una vida, una
manifestación. Sin embargo, este ánima constituida por los cuerpos simples o
elementos consabidos por la física, poseen en su elemento correspondiente,
rasgos particulares de animación e intencionalidad, mismos que se atribuyen,
más a la jurisdicción de su cercanía con los humanos que a su animación elemental.
Estos seres, nutridos por el pensamiento de las entidades humanas, adquieren,
como por efecto de mimesis, disposiciones que guardan analogía a la de las
emisiones mentales de sus programadores, de ello derivando elementales de santidad e incurrimiento, a partir de la mente de
homicidas, y, paradigmática aún cuando no carente de congruencia, elementales de lujuria y perversión,
rehogados en los habitáculos donde se detenta la supuesta castidad.
El argumento, versa sobre una de
estas entidades elementarías que, luego de ser evocada por la generación de una
lascividad de muy operosa disimulación, se ve substancializada en plenas
privanzas nocturnales.
Trazado con el intimismo de una
literatura epistolar, el tópico, se desenvuelve a partir de la inflexión de una
correspondencia de esta naturaleza (epistolar), y su relación descriptiva,
vertida en el aniego del lirismo, hacia su destinatario.
En la consonancia de estos
escorzos literarios, en su correlación exegética, así como en su dialogismo,
difractado entre la entidad aérea y la voz protagónica – cabría apuntar,
bilocación de un monólogo, escindida en dos vertientes que parten de la misma
fuente –, se consigue apreciar ese tan grato derrocamiento de la moralina, no
sin antes haber traspuesto, todo un recipiendario de castas sesudeces, viéndole
desdecir sus propias discencias. El triunfo de la lujuria entroniza a esta
composición sobre ese innúmero de faramallas literarias cuya pusilanimidad y
“compromiso” social, le reducen no más que a uno de esos batracios que
quisieran apreciar lo que la pupila del águila consigue otear.
<<Bienhadados sean las
monjas y los frailes,
porque de ellos es el reino de
los súcubos y
los íncubos, porque ellos, nos
legan todas
esas legiones de lascivia
revitalizada en formas
mentales! Oh, divinos elementales
que surgís
del convento e incendiáis el
imaginario de
Prostíbulos y la insipidez de los
noviazgos!>>
(Julio Manuel Girón).
Maestro, más que placentero y reconfortante, es viajar nuevamente en tus refinadas pero, rigurosas ideas que han visto su luz primera en las estilizadas letras, que has plasmado en las paredes de éste templo, el cual has destinado para rendirle culto con reverencia a la estética, a la belleza y sobre todo a las verdades metafísicas. En esta oportunidad haré mi comentario de forma impersonal, sin que ello implique; que no existe la misma fraternidad que nos caracteriza, viejo camarada.
ResponderEliminarDesde el principio de su escrito Julio Girón, con la excelsa elegancia que caracteriza a su pluma, a través de una parábola ingeniosamente elucubrada, nos presagia el profundo sentido filosófico del tópico a tratar: los efectos de la abstinencia desiderativa por medio de la represión, cuya esencia yace en la obra "El Silfo" de Claude-Prosper Julyet de Crebillon quien en medio de una época plagada de razón, sin mesura estética captura en el tiempo a la moralidad en su sentido más reflexivo y antitético a través de un argumento, cuyo punto crucial, se sucede principalmente en el fértil jardín de las mas férvidas fantasías de la protagonista.
Es aquí en este punto crucial, donde Julio Girón, encuentra el cielo abierto y profundo para abrir sus alas de murciélago hacia las verdades metafísicas, hacia esos mundos donde los elementales siempre lo esperaran ansiosos para revelarle sus secretos, pues ellos saben que él es el elegido para portar con tan preciados tesoros. De estos mundos abstractos y misteriosos, con especial y sincero afán Julio Girón, nos trae el elixir necesario para poder interpretar detrás las métricas estéticas, el rigor filosófico entorno al tópico planteado. Dentro de ese contexto es el siglo XVIII plagado de raciocinio, el cual ha identificado Julio Girón como el principal obstáculo para que fluya con naturalidad esa corriente de rió, "el instinto", cuya reacción a ésta resistencia, no es más que potenciarse sin desmesura e inclemencia.
Identificada la causa primera Julio Girón, nos devela ese tercer elemento, ese ser elemental a esa alma naturada, que es concebida de ese choque entre el raciocinio y el instinto, que se nutre y potencia con los obstáculos que le asienta la razón y cuya intencionalidad es alimentada con el instinto y el pensamiento humano, derivando su naturaleza intrínseca, que para el caso de la protagonista de “El silfo” es lujuriosa y pervertida, en virtud de instintos sexuales reprimidos o no consumados.
Para finalizar, es menester puntualizar que, como es costumbre de Julio Girón, no solo limita su exquisito rigor filosófico a la obra analizada o una época determinada, sino que, cual sierpe muerde a la razón del lector infestándola con el elixir de la verdad; en esta oportunidad, lo hace a través de su última sentencia, donde se interpreta lo intrascendente y vano que resultan los esfuerzos de la religión y las instituciones sociales, para tratar de ocluir al rio de los instintos y que por el contrario, todos estos esfuerzos, no hacen más que revitalizar a los verdaderos templos: los prostíbulos, donde todo fluye sin obstáculo, lector, abrid bien los ojos y veras el otro sol de la noche brillar en toda su plenitud.
Amigo metalero, si has disfrutado de este tema, os invito a que lo acompañes con Haunting the Chapel, Slayer, que los elementales se posesionen de tu alma.....
ResponderEliminar