Secrets of the runes


Secrets of the runes
(Therion)
A Mario Castañeda

Era la doncellez del alba. Como el cristal evanescente de los suspiros, aquella madrugada, nielada de esplendencias, vertía su clareza en translúcidos escorzos: teúrgica cromometría de un Tizziano!  
La noche anterior, el firmamento, efundió plectros de lloro, pluvia copiosa, puntillismo de un océano invertido. La terminal capitalina, a esas horas: panal sin zánganos, cuévano desprovisto de abejillas labradoras!

El bus, a medio aplomo, despuntó hacia las serranías. El Salvador aguardaba! Serían las cinco. La madeja de avenidas, atezadas de nostalgia, lustradas por las rieras urbanas que la lluvia difundía, semejando acequias coruscantes: sierpe de potasa estajando bocacalles, tela de araña de Neptuno, que entre sus dédalos arrullaba el duermevela de los citadinos.
La ardidez del periplo me nutrió de arrobos; y…, me lancé al deliquio de la ensoñación. Se laurearon mis sienes con un par de audífonos, y presioné la teclilla.

Afirma el Samkäya indostánico: <<La simetría sabe doler porque hiere. El oro de sus puntas es lezna que penetra la teleta del ánima, y le hace sangrescer por entre lágrimas>>.
Primer fonograma: el espectro de Bach, la égida de Sibelius, los nepentes de Wagner! Ulteriormente, la dolencia por lo Bello, una musa anegada al Decorum de las vibraciones binadas, girándulas sinfónicas de aspersión infundibuliforme, troqueladas de fulgores: todo en un remanso de sonidos.
Si osara emplazar cromaticidades por arpegios, ¿qué obtendría?, pues, nada menos que la montura en relieve de una naturación paisajística, broquelada de turgencias, de ovillos y nacencias: un paraje nemoroso, ribeteado de arboladuras, cipresaledas, oquedales, pinares y ramedales, pletóricos y verdes hasta la saciedad. Pero, aún más…, dentro de ese bosque: sátiros, faunos, ondinas, nereidas y silfos, toda la prosapia de Silvano, rebullendo, hurgando, amando.

¿Qué hubiese argumentado Berlioz al escuchar tal sinfonía? A momentos, Therion despunta en sonata, deviniendo a instantes melodía, o se instaura en allegro, ya en andante, ya en concierto, pero, ante todo, una composición contrapuntística de ritmos concomitantes, cuya evolución despliega la profusión de un poema épico.
Los hipo e hipertonos se difractan en espectro melodioso, aun cuando la frecuencia rítmica se entronizara sobre floraciones de evolución presurosa, aun cuando deflagrase una ambientación de asenso diapasónico.
Si se tomase la entidad de sus acordes como cuerpos simples o elementos propiamente, apostillaría que, cada acorde encarna una substancia compuesta. Se entreveran en superposición, se subliman entre sí, se sintetizan, se alían y entre sí se consumen, dando a resultas, una prístina materia, soluble y volátil, constituida por ignipotencias, mismas que se sublevan en volatilidades, para luego, una vez lidificadas, devenir concreción, así consolidando  todo un organismo, vivífico y palpitante.

Si, tal como la antigua Flogística o Alquimia refrenda sus motivos, emplazando por cada episodio una nomenclatura de la evolución sustancial de un “metal”, podría mi ahínco y embeleso arrojar sendas vertientes exegéticas. Desde su albor, esta composición, en su primera manifestación, se epifaniza, haciendo emerger todo un mandala de ondas sinusoidales, amparadas por periodicidades de subsumidos tonos, mismos que despliegan intervalos de octava, de quinta, trisando los semitonos, los tonos aguzados, y ejecutando una aritmética de frecuencias siempre convergente.

Las tonalidades de re, do, fa, re sostenido, se difractan en el alma emanando sinuosidades cromáticas: todo el espectro solar, con preponderancia de los rojos y amarillos, en los accesos de tonalidad, ya aguerridos, y los endrinos, índigos, violetas y azulinos, en los melódicos y remansados.
Hay secuencias de calcinación, donde, la substancia del alma oyente consolida un éxodo de separatividad en sus nucléolos anímicos, transubstanciándose merced al helio de sus ondas en expansión, resultado que hace emerger una substancia prístina que subleva y calcina lo residual.
La sublimación acontece precisamente porque, tal deflagración propicia una mezcla humoral de fabulación, mediante la cual, el espíritu deviene una esencia evaporable, de la que se obtiene el punto aleatorio de mera levitación romántica. La destilación es obtenida por mera intervención de las topografías, geografías y pulsiones cromático-morfológicas anegadas al paroxismo psicofántico, que las armonías inspiran en el fuero de las soñaciones.
El calor de ciertos acordes, desarrolla las formas sentimentales; y, es la sequedad de particulares intervalos, la propiedad que fija los modelos desarrollados, en una retrotracción arquetípica, generando de esta suerte, una esfera ontológico-trascendental, en la cual, es la humedad la que vuelve a disolver la forma ya concebida, sólo para reformarla en el ámbito del frío de las siluetas sidéreas, ya refractadas y vueltas a afianzar, propiciando con ello la coagulación determinante.


Esta composición musical es, a mi juicio, la contrafigura musicológica de la Eneida de Virgilio. Sus mociones, por lo general centrípetas, acentúan un tono nostálgico en la égloga de sus notas, mismas que urden una epopeya colmada de variopintas sintonías, paisajes, parajes, acciones, humores, que se atiplan en aspectaciones saturnianas, jupiterianas, marcianas, lunares, solares, mercuriales y venusianas.
El alma, sencillamente se refracta entre tamaño crisol, tamizándose y tornándose en sublimación espiritual, cuyo ser destila la mismísima musicografía inherente a los cuerpos celestes.    

Preciso no es versar en sapiencias musicológicas, ni aún así, ser lo suficientemente perspicaz, a fin de entrelucir y ponderar tamaña desenvoltura en el arte de arqutecturizar literariamente una ontogenia musical de tan granados quilates. De ninguna manera!
Esta agrupación, promanada desde las mismísimas veneras donde Swedemmborg remozara su Metafísica, se sabe apta para desentrañar esa Gnosis pagánica, escaldada y no menos recelada por la estulticia clerical. Y, vaya manera en virtud de la cual, su erogénesis notacional puede orquestrar motivos mistagógicos! Más allá de su maestría poética, la estructuración musical, por sí misma constituye la nunciatura por antonomasia, a saber, moviciones en cuyas simetrías, el solo asíndeton o los apócopes, consigue distribuir la metrificación tonal, que, en su esfericidad resguarda el Magisterio de las iniciaciones.   

<<Los astros amanecen
en el fondo de los ritmos,
zodiaco inadvertido de
placencias, que sueña
notas y sobre el alma
ensaña sus cadencias>>.
(J.M.G)

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