Māyā
Realidad como Ilusión alusiva.
En la positura de
este afán ensayístico, no es otro el propósito que el de esclarecer, no sin la
debida progresión, lo concerniente a <la substanciación> por lustros
detentada respecto a lo que suele
tipificarse como “la realidad”.
Así, en la atención
que estas consideraciones merecen, desde un criticismo eminentemente subjetival
y no demeritando las ordenanzas objetivas de rigor, así como abrevando de entre
el haber de fueros intertextuales, he optado por estructurar dichas
aproximaciones, ‘animando’, léase, coloreando las relaciones inductivas,
contenidas en un cariz meramente ejemplificativo.
♀
A sus treinta y siete
años, la “vida” célibe, ática y no menos artística de Claude D’ Aurevilly ha
constituido todo un periplo de contemplatividad, artificios poéticos, no sin el
agravante de un sentimiento de incurrimiento que, como nota predominante y
distintiva ha representado el motivo
totalizador de su personalidad.
En la crepuscularida
por demás pintoresca de cierto véspero primaveral, el joven poeta arrellánase
sobre un canapé frontero al ventanal, desde cuya panorámica se otean
verdegueantes laderías y sinuosos arroyos. Suspira. El ánima imaginaria infuso
a su natural retrospecta e intenta reconstruir – en sus vivencias – todo un
elenco de imágenes, ante él expuestas, tal como la contexturación de esa particular “realidad”, estrictamente
vinculada a un viaje consumado tres días “atrás”.
La globulación
orbital inherente a determinada estela
recordativa, le permite entrelucir toda una plétora de figuras, de entre las cuales por sí misma descuella particularmente
una. La efigie de una mujer, agraciada por la belleza, representa la imagen que, aun cuando intentando, le
es inasequible eludir. La profundidad de aquellas pupilas, matizadas por un
esmeraldino enervante, su perfil aquilino y luenga cabellera, niguérrima en su
tonalidad, le concitan más aún que “el momento” meramente presencial de su interacción
dialógica así como fisiográfica.
El joven Claude se ve
presa de tamaña estupefacción, cuya gradación, diríase, compenetrativa, ejerce
una suerte de fascinación perspectual (relativa a la perspectiva), a cuyo
través le es asequible optimizar visualmente entorna a la figura femenina, al punto de suspenderle e inquietarle sutilmente.
De esa cuenta, le
aperpleja una suerte de efecto develativo, merced al cual, la imagen de la fémina diese la impresión de revelar, en la medida
de ese “acercamiento perspectivo” y memorial, una presencia tanto más lígrima así como a un tiempo desleída.
Respectivamente,
“recupera” la integridad de la prosopografía (imagen aludida), en concomitancia
con la impresión táctil de haber recorrido su dermis, no sin obviar el lapso
intimal adscrito al concubinato.
Consecuentemente, tal
estupor le constriñe a replicar al
aludida ex-periencia.
Hesita. Pese a esa
fruición potencial, su natural esteticista le disuade y, por tanto, se otorga
un armisticio de mero fantaseo. Vierte la opalescencia de un escoses, y se detiene a reflectar su conciencia sobre los referidos sucesos.
♀
Escolio
exponencial.
Tal como si de una
lente intratoscópica se tratase, retrospectamos en la existencia de Claude, no sin alcanzar el vértice inicial donde
(aparentemente) su constitutividad perceptiva comienza a “tener conciencia” de
su mismidad.
Por tanto, nos es
preciso emplear un <dispositivo figurativo> a fin de ir descubriendo de
qué manera se conforma lo que denominaremos <el plano
erógeno-identitario> o la esfera donde se constituye su somatología cognitiva, respecto
a la percepción de sí mismo.
De conformidad con
ello, ‘veamos’ a nuestro rapsoda inmerso en el embrionato de la matriz, en esa flotación
deleitosa respecto a su absorción amniótica. Entonces, sin que así acredite
credibilidad al plano experiencial reseñado, acontece – desde tales dominios
embriogénicos – una peculiarísima imposición
de índole cartográfica, a
saber, su Principio de vitalización anímica o ánima se ve sometida a una especie de broquelación, léase, es
“escrita” en la modalidad de una <forma aspectativa>.
De acuerdo con lo
anteriormente expuesto, denominaremos <sideratividad> a la transcripción codificada, suscitada a
partir de específicas alineaciones energéticas, de ordinario conocidas como trayectorias zodiacales.
Así, la aludida
<forma aspectativa> representa lo que los estudiosos de la mente
tipifican como caracterismo, o bien,
‘forma expresiva interior’.
En atención a ello, las trayectorias zodiacales, al expresar
determinada <constitutividad manifestativa>, obran o hacen del embrión
una <expresión siderográfica>, es decir, le blasonan, cual si de una
rúbrica se tratara.
A este respecto
cabría inquirir, ¿de qué manera acontece esta inscripción? , Consiguientemente,
<las trayectorias zodiacales> se asemejan a un haz de rasgos distintivos de tipificación, mismo que blasonara el
ánima con rasgos vibratoriales, en virtud de los cuales, se aparejase “el carácter”
así como su fisiografía, propiamente.
Consecuencialmente,
un específico haz de carices vibratoriales, organizados en una peculiar manera,
tal como si de una síntesis rítmica
se tratase, constituyen – en este espécimen hominal – lo que usualmente se denomina
perceptibilidad, constelándose en un
radio de erogenitud, a saber, de un
sentir que ‘se es sentido’.
♀
Prelexematría. La
con-formación identitaria.
En relación a las
reseñadas <trayectorias zodiacales>, es posible entrelucir una especie de
<estampa primigenia> de identidad. Empero, esta identificación es
modelizada gracias a <decursos pre-lexemáticos>, a saber, suerte de proto-semas, o bien, unidades morfológicas lexicales en
potencia, contenidas en su estadio meramente vibrátil.
Así, estas
<signaturas> significan al embrión tal como una relacionalidad erógena de percepción endógena (interna), es decir,
su significación comprende un <dispositivo métrico> que, al través de su
desarrollo vibracional, identifica ‘lo
que siente’ con ‘la capacidad de sen-tirse’.
Consiguientemente y,
ulterior a esta significación
proto-lexemática, acaece otra <secuencia cartográfica>, misma que se
coproduce mediante la siderografía
genética vinculada a la progenitura. A este respecto, es posible apostillar
que, los “códigos genéticos” representan una discurribilidad semántica, misma que, aun cuando careciendo de lexematrías (palabras y significados,
lingüísticamente dotados), no deja de contener lo que optaremos por denominar
<intensionalidad significante>, patrón que obedece a esa capacidad heurística para imponer – tras
la concepción de imágenes – estratos de deseo, relacionados a ‘específicas
maneras plásticas de personificarse, tanto emotiva como físicamente, respecto
del embrión.
Entonces, amparando
las acucias y negligiendo las incurias disquisitivas, develamos así un
“fenómeno” por demás impresivo, a saber, <la intensión ego-asimilativa>
(de los progenitores) por replicar un reflejo de sí mismos y; más aun, de todos
esos anhelos prospectados desde su peculiar cosmovisión.
Por tanto, si
relacionamos lo exprimido líneas arriba a proposiciones menos estructuradas y más inteligibles,
refrendamos lo siguiente: desde <las trayectorias zodiacales>,
transcurriendo por la veleidad
progenitural, pre-existe una especie de <itinerario semántico> de
valores perceptibles e interpretativos.
Entonces, estos
anhelos proyectivos, sintetizándose en el fuero interno de Claude, le
pre-condicionan a ‘interpretarse’ (mismidad), no desde sí mismo, cuanto que
desde una ‘producción’ <plástico-cartográfica>, tal como si se
preestableciera un mapeo normativo,
en esencia relativo a segmentos
decodificables, a la manera de una <endopatía reflectiva>.
♀
Esferas de senscencia.
De las linfas
amnióticas regresemos, treinta y siete años traspuestos, y emplacemos, justo en
el umbral recordativo, al joven poeta.
De suyo, Claude
reconstituye ‘aquel momento’ tras el cual, la sensopercepción constituida en la erogenitud – captada desde y en la
corporeidad – percibe la interacción coital, en tal amancebamiento conyugal.
Respectivamente, el
compositor vuelve a “sentir” lo que él interpreta como “placidez”, ‘un algo’
que pareciera sucederse en su interioridad, desde una simbiosis de multiplicidad unificativa, promanada
desde el quinario sensitivo. De esa cuenta, tal sensación – que en su momento
consideraba veraz –, comienza a deslucirse tras un examen aproximativo, relativo
a su ‘sentido’ de sensualidad.
Así, sabremos
observar que, la sensopercepción en nuestro protagonista, en sí responde a una
<producción de significación> derivada a partir de <la cartografía
pre-lexemática>, tanto asociada a < la sideratividad> así como a
<la intensionalidad plasmativa>.
En este tenor, al
reconstituir esa pulsatividad táctil
infusa a la moldura que sus asideros redibujaban sobre la contextura física, en
tanto su prepucio penetraba el alveolo femenil, así como su mácula lútea veía
los contornos, Claude no deja de conferir a la experiencia atributos de
onirismo. Algo, en todo ese
desenvolvimiento, semeja una especie de sueño, una suerte de irrealidad.
Menester es justo en
este umbral sensciente, detenernos y
recapitular. Luego, no es nada intrascendente inquirir, ¿desde dónde erogeniza
o cree sentir fruición nuestro rapsoda? ¿Es su naturaleza, fiel intérprete
respecto de lo estimado como gozo, tanto sensual como estético-visual?
De las inquisiciones
aquí formuladas, el lector posee los responsos. Empero, reconfiguremos. Por
tal, las atribuciones fruitivas o plácidas – en Claude – se encuentran
pre-establecidas desde un fuero <sideratorial> a cuyo través pre-existe
un <código diversificativo> en relación a la suficiencia para interpretar
o “sentir placer”.
Consecuentemente, ya
desde esta ‘esfera categorial’ se inmanenta una significación, misma que,
desde su internalización simboliza un desempeño
actancial, que descifra el sentido expresivo de lo erógeno, partiendo de su
receptividad. Por lo cual, la otra esfera interpretativa no es más que <la
pre-lexematría genética>, la cual, de análoga manera, ejerce un protagonismo actancial, léase, abstracto
e ilocalizable, el cual coproduce un valor
calificante que capacita al plano
interno del sujeto para decodificar la reseñada senscencia (erogenética).
En la ordenación de
estos esclarecimientos, se optimiza que, <la naturaleza caracterológica>
en cuestión se encuentra ‘significada’ parar significar a partir de los
dispositivos en mención, a saber, la fémina en cuestión se representa o
manifiesta co-produciéndose desde estas esferas
internalizadas.
Respecto a ello, la
cónyuge “existe” gracias a estos <objetos calificantes>, en relación a estos <dispositivos
interpretativos>, a cuyo través, <la expresión manifestativa> de la
aludida entidad femenil, se concibe perceptivamente, no en tanto quididad esencial, sino a partir de esa
<sideratividad prelexemática>.
De conformidad con lo
exprimido, el placer y la belleza ‘percibidos’ representan lo que no es, significando a un tiempo “algo” netamente
inexistente, de cuya ‘esencia primordial’, ambos decursos interpretan,
expresamente para desvirtuar su puridad expresiva.
♀
Trayectos
semantémicos. Realidad como logometría.
Ya en plena nacencia
física, o bien, en su concepción (al mundo), Claude onomatopeyiza; y, en tal
desgarro gutural, preexiste una significación
significada: preludio que es síntesis de lo anteriormente referido.
Consecuentemente, el poeta – a tal grado evolutivo – es objeto de toda una pleamar de tamizaciones
y matizaciones sémicas, mismas que desempeñan una suerte de <cosmometría>
consumada a través de haces mínimos de
distinción.
De este jaez, los haces mínimos distintuales, conforman
<vértices de perceptibilidad>, a saber, rasgos diferenciales, tras los cuales, el entonces infante comienza
a ‘distinguir’, a ‘visibilizar’, ello todo merced a sendas estructuras de un lenguaje que, proporcionadamente deviene
lengua.
Así, el pequeño
Claude se ve impositivamente persuadido – desde el fuero inherente de ‘la
educación porgenitural’ – a capitular asmilativamente ya en la modalidad
cognitiva así como memorial, las vertebraciones de lexemas (palabras), cada una
constelada por una forma de
<trayectoria descriptiva>.
Consiguientemente,
<las trayectorias descriptivas>, están distribuidas por rasgos de distinción, denominados semas. Por tanto, los semas comprenden agentes esclarificadores o disntintuales, de
los cuales, las aludidas trayectorias,
en su aspectatividad, describen
determinada entidad, la cual es
construida a partir de <las trayectorias siderativas>, así como <pre-lexemáticas>.
Por lo tanto, se
aduciría sin cortapisa alguna lo siguiente: lo que se tipifica como “cultura”,
no responde más que a toda una re-asimilación gregaria, cuyas percepciones
respecto de <las expresiones entitativas>, se habrían estatuido en
relación a planos analógico-impresivos de reproducción
evocativa. Así, estos planos fueron recibiendo envestiduras sémico-descriptivas.
En atención a esto,
tras el decurso de los evos (miles de siglos), se erige una esfera
significacional de constitutividades
sémico-esclarificativas, misma que sedimentó la ordenanza respectiva de
<la mesocosmitud> o culturalidad específica. Relativo a ello, apreciamos
que, el mínimo de rasgos diferenciales
que determinan un lexema, a saber, el sema
nuclear, representa el <dispositivo pormenorizador>, gracias al cual,
las entidades se diferencian unas de
otras, no sin relacionarse en grados de sentido
integrativo.
A esto consecuente,
dichas relaciones integrales de
significación se substancializan por la compatibilidad acaecida entre
<figuras lexemáticas> (imágenes producidas por organismos de palabras) y un
contexto análogo de sentido, lo cual
se denomina <clasemas>. Así, en relación a estas proporciones, las interacciones esclarificativas, poseen
un denominador común que funge cual base o fondo, sobre el que destaca una
articulación entre dos rasgos sémicos.
De conformidad con lo
expuesto, el eje crucial cuya finalidad es con-formar toda
<mesocosmitud>, no es otro que el aludido <clasema> o basamento semántico, ya que, representa
el sentido diferencial, a través del cual se contexturizan los <sedimentos
realísticos>, léase, ‘grande’ vs
‘pequeño’. Y, en esta ejemplificación, el eje semántico lo detenta el término ‘tamaño’, análogamente como ‘sentimiento’,
semantiza nuclearmente los lexemas ‘placer’
vs ‘displicencia’.
En este orden de
verificaciones, vemos como el sema
nuclear ‘mujer’ se estructura en relación con sus rasgos mínimos distintivos: 1. Entidad; 2. Humana; 3. (de)
género; 4. Femenino. Respectivamente, este <clasema> o sema nuclear descansa sobre un fondo contexturativo, mismo que
despliega una función connotativa, a saber, ‘mujer’↔
‘animado’ vs ‘inanimado’ (clasema).
Así, la
<mesocosmitud> genera y regenera interacciones vinculantes respecto de
los ‘valores sémicos’; de lo cual se infiere una <isotopía semiológica>,
la cual da lugar a la producción (descriptiva) de representaciones figurativas, tal como: “la mujer ama
profundamente”, etc.
♀
Construcción de la realidad. El mesocosmos.
Escolio
refrendativo.
En la competencia respectiva
a los dispositivos líneas arriba
exprimidos, preciso es resaltar lo siguiente: en esencia se arguye que, “la
humanidad”, sea cual fuere la perspectiva desde la que se le aborde, no produce
ni así constituye la lengua. Por el
contrario, es el lenguaje, tanto en
su nivel <sideratorial> como <prelexemático>, el que predispone
proyectivamente – en el ‘ser humano’ – <los objetos calificantes>, mismos
que le ‘capacitan’ para decodificar <la sideratividad prelexemática>, así
encausándole a reproducir o bien, readecuar estas proyecciones en su espectro perceptivo.
Consiguientemente, de
ello se aduce que, la eseidad hominal (ser humano) no inventa la lengua, sino, contrariamente, es el lenguaje al través de la lengua el que constituye al humano.
♀
Expresión
entitativa como entorno realístico.
En nuestro recorrido
a través de “la vida” del protagonista aquí referido, comenzamos a desvelar
nada anodinos detalles concernientes a su forma-ción.
Y, sería por demás valioso detenernos en el lexema (formación), puesto que,
este término es congruente – en su figura
– con una tendencia que pretende ‘dar forma’, paradigmáticamente a “algo” que
ya la posee.
Así, vemos cómo la
progenitura reproduce infatigable e inadvertidamente, toda una seriación de
‘valores cognitivos’, religados a decursos
sémico-nucleares, en virtud de lo cual se yergue, no sin progresión, un
<diccionario frástico> de índole mesocósmico-familiar,
amparándose mediante los diccionarios
frástico-conceptuales.
En el curso de estas
sucesiones, “la existencia” de Claude, en determinada gradación evolutiva, no
ha sido más que un <constructo> de imposiciones
frástico-conceptualistas. Entonces, su “vida” ha sido ‘cartografiada’
mediante dimensiones cognitivas,
religadas a ejes de significación, a toda una organización de semantemas, es decir, a decursos
descriptivos de significado.
Consecuencialmente,
Claude se encuentra inmerso en una peculiarísima construcción, a saber, su aparencial entorno, su aparente realidad
se verifican organizacionalmente mediante valores
sedimentativos, que especifican determinada <mesocosmitud>, imbuida
en una perceptibilidad subjetivada y
no menos culturizada.
De conformidad con
ello, es justo en este dominio liminal
donde nos retrotraemos y reconfiguramos lo expuesto respecto de la
sensoperceptibilidad connatural del joven rapsoda, no negligiendo lo expuesto
entorno a la <cartografía sideratorial>, así como a la <prelexematría
plástica>.
Por tanto, <la
somatografía> o suficiencia sensciente
en nuestro protagonista yace pre-constituida y consiguientemente, significada.
De este jaez, “sentirse” en la “realidad”, no deja de implicar un decurso intra-semantémico, el cual
predetermina ‘cómo’ debería de sentirse respecto de los frasticismos somatográficos, léase, relativos a conceptuaciones
tales como “lo bueno” y “lo malo”, clasemas determinantes del <objeto
calificante>, cuya función esquematiza la
perceptibilidad y la dicotomiza dentro de este binario clasemático.
♀
Normativas del sentir perceptivo y del
actuar. “La moral”.
“Sentirse en el
mundo” para Claude – sin que así lo advierta – representa un ‘estar descripto
significacionalmente’, tanto desde su <endopatía> o capacidad de
comunicarse simpatéticamente con el entorno (desde su fuero internal), así como
desde un estrato exógeno.
Por consiguiente, la perceptibilidad del poeta se
diversifica entre un elenco de objetos
diferenciados, a cuyo través, preexiste – endosféricamente – un
<condicionamiento actancial>, merced al cual, lo que él asume como
“arbitrio” o “libre albedrío”, funge a la manera de un dispositivo
precalificado, mediante el cual, se implicita un <módulo de
complementariedad> cuyas gradaciones medicionales predeterminan su
“voluntad”, no sin ejercer un influjo, el cual denominamos <mitente
preactancial>.
De esa cuenta, en el fondo de su percepción se encuentra
preestablecida una <medición valorativa>, la cual no deja de constituirse
en la modalidad de un semantemismo,
cuyo decurso descriptivo preestablece un <objeto calificante>, tras el
cual, la volición es demarcada hacia ‘específicas formas de acción’.
Empero, estas
<modalidades accionales> están precondicionadas gracias a <códigos
significacionales>, de los cuales, previo a la acción, coexiste una serie de
motivos: <objetos de significación>, de los cuales, la aludida ‘medición
valorativa’ capacita al individuo a ‘concebir’ un desempeño dicotómico, a saber
<el hacer> y <el no hacer> o mejor aún, <el deber hacer> en
contraposición con <el no deber hacer>.
Sin embargo, cabe
inquirir, ¿de qué manera funge este <objeto calificante>, correlativo al intra-semantemismo? De acuerdo a lo
expuesto, ‘los decursos cartográfico-pre-lexemáticos’, infusos a patrones
genéticos, aunados a los frástico-significacionales,
posibilitan una suerte de <panorámica consecuencial>, en cuya ‘base
óptica’ los intra-semantemas
configuran lo que tipificaremos <substancias restrictivas>, derivadas de
lo precedente.
En este ordenamiento
de aspectos, dichas <substancias> configuran en sí mismas el resultado
inherencial de las trayectorias
semantémicas, de cuyo estrato
actancial, ‘la individuación’ en tanto autocognición, “ve”, empero, en
relación a organizaciones significadas, una atmósfera donde <los motivos
pre-accionales> figuran aspectos medicionales relativos a <diseños
consecuenciales>, religados a sentidos
de incurrimiento o de aparente satisfacción felicitaría.
♀
En la prosecución de
nuestro relato ejemplificativo, un sentimiento de culpabilidad pareciera
acongojar a Claude. A momentos hesita; se complace en su evocación y, de nueva
cuenta, le atosiga una especie de sombrajo internalizado. Así,
paradigmáticamente, al instante de reconstituir las escenas lascivas
conllevadas con la amante, la intensificación del deseo pareciera
centuplicarse.
Así, el poeta no
consigue concebir cómo fue asequible deludir la aparente confianza que su
cónyuge – de más de cinco años idílicos – profesara por él, así intimando
eróticamente con su prima-hermana, con “la sangre de su sangre”. Por lo tanto,
estas figuras le provocan ingente
desasosiego y turbación.
Sin embargo, Claude
desconoce todo lo que nosotros no ignoramos; y así desestima esa ‘valoración
calificante’ que el deseo representó como <dispositivo actancial>, al
acrecer a grado tal que, aparentemente sin así desearlo, su <substancia
votiva> fue proclive a “tomar” un curso inverso, diríase, “amoral”, el cual
escindía la incapacidad y, concomitantemente, <la substancia
restrictiva>. Y, pese a ello, para <el fuero endopático> del rapsoda
nunca hubo fruición tan exquisita, tanto en todos sus itinerarios somáticos e inclusive, evocativo-fugurativos.
♀
Ejes endomórficos de reflexión significante.
Visibilidad introspectual.
De conformidad con lo
circunstanciado, ‘las trayectorias descriptivas de significación’ o semantemas, se substancializan en el
fuero interno de la individuación, conformando así una suerte de <visor
protagónico>.
Consecuentemente,
este visor se constituye solamente a
través de <la substancia semantémica>, cuya penetrabilidad comprende una
<plataforma actancial> donde, la
eseidad egóicamente atributiva, consolida para sí misma un
<escenario>.
Así, este <montaje
espectacular> se sabe continente del contenido
verbal-optativo, en virtud del cual, el
actor (interior) se ve a sí mismo desarrollando un papel, condicionado y no menos condicionante, en el cual, coexisten
<objetos calificantes> a manera de <potencias persuasivas>, las
cuales atraviesan un tamiz de aparentes “juicios de valor”.
En atención a esto,
“la moralidad” se construye merced a estos <semantemas ponderativos>,
cuyo veredicto condiciona al <objeto calificante> o <motivo
persuasivo>, aun cuando de una manera actancial, sin que por ello <la
substancia imágica>( derivada de las imágenes) inherente a la pre-acción, se
vea así desvirtuada.
Más aún, dicha
<substancia imágica> se sabe consecuencia, vinculada a una ‘isotopía
semiológica’, que se relaciona al espectáculo
del actuar, contextuada mediante combinaciones
sémicas, cuyos tránsitos concilian semantemas
afectivos, diríase, tropológicamente religados – más que a carices de
significación – a <espectros de
significación–significante>.
Consiguientemente,
<el espectro significante> representa la isotopía semiológica consubstancial al <espectáculo
actancial>, en virtud de su organización, tanto aproximativa como
desvinculativa respecto de <los objetos calificantes> pre-condicionados.
Así, este
<espectro significante> deconstruye la
imposición sémico-nuclear y clasemática
relativa a un específico conjunto
figurativo de <substancias persuasivas>, con la sola modelización traslaticia, misma que, al
interponer los haces mínimos distintuales
– propios de específicos semas nucleares –, reconfigura la ‘gravidez
clasemática’, así consiguiendo desvalorizar, tanto la imposición, relativa a
<la substancia persuasiva> (intrasemantémica), así como a su significado.
Por tanto, en el
singular caso de Claude, elencaremos la constelatividad inherente a su
<plataforma actancial> o <espectáculo actancial>, según lo tipifica
el decurso de sus <cartografías intrasemantémicas>, en la modalidad de
<substancias persuasivas>, concernientes a “lo prohibitivo”, así como a “lo
aprobativo”.
De conformidad con
estos <espectáculos actanciales>, los <objetos calificantes>
representan la potencia proyectiva, a
cuyo través, la organización perceptiva del poeta, supo ‘ver’ entre los trayectos semantémicos infusos a
<las substancias restrictivas>, un contrasentido, del cual entrevió – en
<los objetos calificantes> -- una inversión trascendente, a saber, en
<el no deber hacer>, un <dispositivo estético>, dentro del cual se
traslucía un <saber-hacer>, como opción de posibilidad.
Entonces, este
<saber-hacer> atraviesa el espectro de <las substancias
restrictivas>, no sin apercibir – en su complexión semántica -- una trayectoria descriptiva cuyos ejes de
significación se saben inhibidores para con una potencia actantiva.
De esa cuenta, <el
trazo siderográfico>, exento de estos semantemas,
traspone <el presupuesto consecuencial>, advirtiendo que, <la
substancia restrictiva> pretende amedrentar, con dispositivos de punición, los cuales representan solamente
‘secuencias significativas’ constituidas desde el lenguaje y su encausamiento normativo-imposicional.
♀
Escolio
exponencial.
No deja de ser
pertinente recapitular entorno a toda esta “genealogía”, referente a lo que
suele denominarse “moral”.
En este ordenamiento
de ideas, hemos pasado revista al aspecto, diríase, proto-moral, realtivo a <la cartografía sideratorial>, en
virtud de la cual, se construye un aspecto
caracterológico, el cual, al ser un trasunto de ‘lineamientos estelares’,
representa un contenido inherencial o inmanentación.
Subsiguientemente,
esta inmanentación, como ‘una forma
de ser’, no deja de signaturizar específicos cursos de actancialidad, mitencia, perceptibilidad y, claro está, se sensoperpcepción, esto todo representado
como si se tratase (el individuo) de un sema
nuclear respecto de Claude, y sus concernientes haces de distinción, prelexemáticos, consecuentemente.
Así, denominaremos
<esencia sidérica> a esta ‘estampa’, tras la cual, se configura una
singular condición asimilativo-proyectiva, en cuanto a este vértice de
conciencia se refiere.
Por tal, la aludida
<esencia> se tamiza por entre el “crisol genético”; y, es a través de
este decurso, como la <esencia
sidérica> es lastrada y no menos revestida por una <figuración
aspectativa y actante>, merced al abrasivo
del ego progenitural, en aras de pretender “diseñar” una suerte de ‘centro
conmemorativo’ que sintetice el deseo de ambos (progenitores), plasmando no sin
impositividad, imágenes concernientes
a una idoneidad morfológica respecto
del descendiente.
En este elenco de
sucesiones, ‘la individuación’ de Claude, desde el fuero familiar y
educacional, comienza a mermarse, en tanto, su <esencia sidérica>, tal
como acaece con el caracol, se ve presa en capas de revestimientos semánticos, a grado tal que, sobre su ‘forma de ser’,
se cartografía una <manera de deber ser>, especie de adecuación, gracias
a la cual, <los objetos calificantes> inherenciales a los trayectos semantémicos, son
coproductores de conductismos “convenientes”, sucedidos por procesos
actanciales de convención, es decir, de normatividad.
♀
Codificación-decodificativa.
El entorno como ilusión alusiva.
No deja de ser
pertinente reinsuflar nuestra óptica indagativa, en relación a la conmemoración
vivencial del joven rapsoda.
Así, traspuesto ya el
sentido inherencial de ‘la eticidad’ o “la manera adecuada de representarse
ante el mundo”, nuestro protagonista pasa revisión – en su estela recordativa –
entorno a lo que la sensopercepción consideraba “real”; empero, en tal instante
(apreciativo), comienza a desarticularse ese panorama, antojándose menos real y
más ilusorio.
Subsiguientemente,
interrogamos, ¿cuál es el motivo por el cual Valerie o la amante, parecía ‘disolverse’
en un arramblante efimerismo, vinculado
a su ‘presencialidad manifestativa’? Al posar sus retinas, no sin asiduidad ni
deseo sobre su figura; al perfilar su
piel, ¿por qué ese impacto impresivo
semejaba una soñación?
♀
De acuerdo a lo exprimido,
la circunvalación inherente al <parámetro experiencial> de Claude, o
bien, ese singular “entorno”, donde se suscitó su vivencia, es sujeto a verse reducido
a <haces mínimos diferenciales>.
En este decurso de
esclarecimientos, denominaremos <expresión entitativa> a la manifestatividad o capacidad de
manifestarse de una o varias entidades, de las cuales se aduce su ‘esencia prístina’
u originaria, carente aun de semas
nucleares, claemas, ejes semánticos
y menos todavía. de trayectos
sémico-descriptivos y consecuentemente, de figuras lexemáticas.
Consiguientemente,
sabremos inquirir, ¿cómo le sería asequible a la sensopercepción percibir las
<expresiones entitativas>, careciendo éstas de <dispositivos descriptivo-diferenciales>
o semantemas?
Y, tal como líneas
arriba se demostrara, en relación a la
conciencia (hominal), como producto o consecuencialidad
de <trayectorias cartográficas>, religadas a procesos intra-semantémicos, entonces, si la percepción, en sí, obedece a una forma de <isotopía
semiológica> endógenamente proyectiva y receptiva, cabe cuestionar, ¿dónde
ubicar el punto liminal concerniente
a lo que “es”, metaforizado dentro del revestimiento de “lo que no es”?
♀
Dispositivos
de perspicuidad. Haces mínimos de distinción.
En manera alguna se
sabría intrascendente encausarnos en una suerte de analépsis identitaria (retrotracción hacia la formación de la
identidad), correlativa al fuero parvulario de Claude.
De ello se sigue que,
el infante en cuestión es ‘sometido’ a un modo de revestimiento paulatino, de
cuyas esferas, su perceptibilidad se “ve” en un proceso de confinamiento,
relacionado a <asunciones perceptivo-atributivas>.
Así, dichas
<asunciones> conforman el efecto de una <construcción sémico-descriptiva
y no menos distributiva>, tras la cual, cada rasgo diferenciador mínimo o sema,
sería representamen de una ‘suficiencia visual’, merced a la cual, las
‘esencias prístinas’ o <expresiones entitativas>, son objeto de
‘emplastos animativos’. Entonces, tras dichos ‘emplastos’ las <esencias
manifestativas> serían “coloreadas” y dotadas de un sentido diferencial-aspectativo.
Por tanto, el
referido sentido diferencial,
constituye ese <dispositivo de visibilidad o perspicuidad>, en virtud del
cual, es coproducida la percepción,
tal como ‘proceso de retribución asimilativa’.
En la ordenanza de
estas aproximaciones, la rememoración de Claude pareciera suspender un
<dispositivo espectacular>, específicamente religado a determinado
<escenario>.
Como tal, el
<visor perceptivo> opta por focalizar la
figura de cierto árbol, particularmente designado como ‘sauce’. Por tanto,
escudriña meticulosamente el espécimen, pasando revisión, tanto visual como
táctilmente, sobre su complexión. Empero, que sea nuestro ‘sintetizador
reductivo’ el que compenetre este fenomenismo.
Consiguientemente,
nos es menester considerar lo competente a lo que suele tipificarse como
<figura> o bien <imagen>. Así, esclarecemos que, toda modalidad de desempeños sémico-descriptivos, tal como
si de una substancia se tratara, requiere de una <forma expresiva>, que
en este peculiar caso se vincula a un trayecto
semantémico.
Por tal, toda
<forma> en su intensionalidad
expresiva, consolida una serie de <dispositivos de plasticidad
evocativa>; y, es justo en esta con-formatividad,
como la <forma> se asimila a la
perceptibilidad o bien, se endopatiza
al través de trayectorias sémicas,
mismas que “colorean”, mediándose por haces
de rasgos mínimos de distinción significante.
De este jaez, es
<la forma expresiva> la que ‘corporifica’ los desempeños sémico-descriptivos; y éstos, tal como si se
enredasen en aquella, constituyen <los dispositivos de visibilidad>,
merced a los cuales, se conforma <la figura> con sus aparentes
atribuciones.
Sin embargo, preciso
es resaltar la ordenación jerárquica constitutiva, pues, queda esclarificado
que, <la expresividad entitativa> posee, en su ‘intensión manifestativa’
una <forma>, que luego es revestida mediante haces mínimos de rasgos distintuales o mediándose por un sema nuclear.
En atención a esto,
escudriñemos <la expresión entitativa> relativa al espécimen arbóreo,
propiamente, según la concepción frástica
de su trayecto semantémico:
a)
Espécimen.
b)
Vegetal.
c)
Arbóreo.
d)
Ingente.
e)
De ramificaciones
f)
Parrantes.
De tal forma, si
atendemos a este sema nuclear, no
dejamos de apreciar haces mínimos de
significación distintiva, cada uno de los cuales, se subsume a sendos semas nucleares, por su parte.
Empero, en esta
‘ahormación’, o <animación figuracional>, coexiste un trayecto
eminentemente descriptivo, mismo que le sucede a <la expresión
entitativa>, tal cual si ésta “imantase” cada ‘rasgo’, hasta verse configurada merced a los ‘grados
distributivos de visibilidad’ o <animismo atributivo>.
Entonces,
evidenciamos la manera, el modo
mediante el cual, <la expresión entitativa>, en su intensionalidad, se substancializa en la virtud de una
<forma atributiva>. Luego, la aludida <forma> se induce por una
<necesidad configurativa>, que asume los
rasgos mínimos distintivos, en virtud de los cuales, se establece una ‘construcción
bivalente’, a saber, <la figura lexemática> o palabra, y <el
semantema> o el significado, infuso al sema
nucelar.
Consiguientemente,
inquirimos, ¿de qué manera se haría concebible (perceptivamente) la existencia
de “eso” que Claude nombra como “árbol”, específicamente atribuido en su
espécimen (“sauce”), careciendo de sus haces
mínimos de distinción?
Así, si optásemos por
desarticular la nuclearidad sémica,
así como su semantema, respecto de su
<expresión entitativa>, la disposición de ‘visibilidad’ se obnubilaría a
grado tal que, se develaría su <esencia prístina>, manifestando ‘algo’
ajeno al <cuerpo lexical> que le atribuye la animación específica de
“árbol”, y reduciéndose entonces, no ya a un fenomenismo, cuanto que a un <imagismo>, carente de
atributos, así como de ejes relacionales de <explicitud identificativa>.
En el curso de estas
ponderaciones, se sabe oportuno ensayar una suerte de ejercicio
ejemplificativo, correspondiente al sema
nuclear que nos ocupa. De esta suerte, deconstruyamos en haces mínimos de indistinción o designificación, el lexema reseñado
(“árborl”).
a)
No-espécimen.
b)
Invegetal.
c)
Inarbóreo.
d)
No ingente.
e)
De inramificaciones.
f)
No parrantes.
De acuerdo a lo
expuesto, este trayecto inverso es
válido, ya que, se matricula en un <recorrido retráctil>, merced al cual,
“eso” que aparentemente yace descripto atributivamente por los haces mínimos distintivos, es consecuentemente desconfigurado, sencillamente en ‘el
punto optativo’ de su <inversión significante>. Por tanto, este decurso
describe una < inarboreidad>,
un no-árbol.
Entonces,
incongruente no es cuestionarnos, ¿quién de los supuestos antagonistas de los diccionarios frásticos osaría ‘crear’
uno designificativo, cuyo valor
crucial estribase en designificar
todo “aquello” que está impositivamente significado?
Por tanto, la perceptibilidad en Claude obtiene
<el objeto calificante> o posibilitador, para visibilizar esa
<isotopía semántica> concerniente a la
figura del “árbol”; ello todo edificado en correlación a la nuclearidad sémica y su semantema.
Entonces, el “árbol” existe y es ‘real’ a partir de estos <dispositivos anímico-figurativos> de
recorrido semantémico. Y por tal, la
constitutividad connatural al “entorno real” donde el poeta se encontraba, al designificarla o recórrela de manera
invertida, simple y sencillamente des-aparece, desdibujándose hasta extremarse
en unan neta irrealidad o bien, una mera ilusión.
En correlación a lo
expuesto, la “vida” en Claude, así
como Claude “en la vida”, no han
representado otro aspecto que el de una prolongada y profusa ilusoriedad, misma que se constela
merced a trazos y decursos semantémicos,
de cuyos ejes relacionales, <las expresiones entitativas> se ven
ahormadas, dando a trasluz una ensarta de conjuntos
figurativos, de los cuales, y no menos concomitantemente, se producen las variedades fenomenales que, en su
quididad, representan <metáforas>, cuya valencia estriba en ‘ocultar’ lo
manifiesto, tras los velos de <las distinciones atributivas> de descripción significativa.
♀
Una
ilusión alusiva.
Así pues,
desconcertado y no menos estólido, Claude despéñase en una suerte de
frustración melancólica. Se mortifica al evidenciar que, todo en su “existencia”,
a saber, “lo vivido”, “lo sentido”, así como “lo concebido”, pareciera
deslucirse y devenir ilusionismo,
especie de “mentira”; quizá programada; quizá fraguada, con la expresa
finalidad de ‘hacerle creer algo’ que carece de substancia veritativa.
Consiguientemente,
bajo el umbráculo de tamaño desasosiego, el joven poeta se aturde y, anonadado,
echa a andar sin rumbo alguno; inquieto, aturdido, inquiriendo entorno a todo
este motivo. Y, camina, perdiéndose en sinuosos derroteros.
♀
Escolio
exponencial.
En relación a lo
anteriormente exprimido, nos es asequible cuestionarnos, ¿ha sido Claude
víctima de una especie de confabulación delusiva, de ingente artimaña
mistificativa? A este tenor, clarificamos lo siguiente: nuestro protagonista,
ni ha sido víctima de una connivencia cultural, ni así de ningún tipo de engaño
conspirativo (mesocósmico).
En esta ordenanza de
elucidaciones, nos es inminente pasar revista al plano genesíaco de las
<configuraciones prelexemáticas>, así evidenciando que, en manera alguna
se puede figurar a la eseidad humana
como generatriz de <la lengua>, y en ésta, de sus presupuestos semánticos, cuanto que, es <el lenguaje> el principio siderativo cuyos <agentes
calificantes> coproducen – en el ser humano – la expresividad semantémica, de la cual es consecuencia toda complexión figurativa, que en su esencia
obedece a los trayectos
sémico-descriptivos.
Por consiguiente, el ser hominal, diríase, es ‘construido’
merced a los <agentes semantémicos>. Mas, preciso y no menos precisos es
dilucidar que, por “humanidad”, en este rango connotativo, aludimos, en sí, a
su percepción, la cual objetiviza,
desde sus presunciones subjetivales, jerarquizando – sobre estas escalas – al
<substrato cualitativo-siderativo>.
De esa suerte, esclarécese
lo siguiente: no es que lo percibido sea inexistente, cuanto que, se representa gracias a sus
<revestimientos animativos>, en los cuales, son <los trayectos
semantémicos> los principios
figurativos: organizaciones
sémico-atributivas y distintuales que,
posibilitan ‘la visibilidad’ como función sensorial.
De acuerdo a ello,
“el árbol” cuya <tipificación lexemática>, así como semántica se denomina
“sauce” es inexistente, en su modelización sémico-distintiva
y figuracional, es decir, es un
<producto lexical-significativo>. Sin embargo, existe en su <esencia
sideratorial>, a saber, en su <expresividad entitativa>,
paradigmatizándose al velarse tras las
vertebraciones sémico-distintivas, sin las cuales, <la entatividad>
en su expresión manifestativa sería,
ajena a ordenanzas definitorias, así como a <las prisiones semánticas>.
En relación a lo
anteriormente reseñado, <la lengua>, al predisponerse en la perceptibilidad, a manera de un <código
alotrópico> de animación configurativa
sémico-descriptiva, posibilita lo que de ordinario suele denominarse
“realidad”: aspectatividad que, en su
fondo originario, se ve contraída en virtud de las contexturas sémico-distributivas y sus calificaciones de
significación.
Por tal, <el
imperativo semantémico> figurativamente ejerce una ‘contracción’ respecto de
las <expresiones entitativas>, de las cuales, una vez ahormadas en ellas, las oculata.
Empero, dicho ocultamiento posee como <matrícula
identitaria> una reconfiguración de factura eminentemente alusiva, tras la
cual, la metaforización (semántica)
alberga como <dispositivo develativo>, una especie de rebobinación tropológica, misma que,
sirviéndose de ‘indicadores paralelos’, consigue desandar su trayecto semántico.
De suyo, la referida rebobinación tropológica, reconfigura su
trazo sematémico, merced a una
deconstrucción o apertura semántica: acceso que se suscita gracias a un <impacto endopático>, el cual
asimila <la expresión entitativa> en una absorción subjetiva de conmoción
sentimental. Por tanto, <el impacto endopático> se inscribe, no en el
espectro de las significaciones (como significados conceptuales), sino en la
modalidad del significante.
De esa cuenta, el significante, constituyendo un
<dispositivo endopático>, meramente religado al plano emotivo, trasciende
o supera los trayectos semantémicos,
des-atribuyendo sus valencias figurativas, para adecuar, desde la endopatía emotiva, funciones
atributivas de figuración imágica.
Por tanto, esta
readecuación es proclive a develar esos ‘sutiles indicios’ vinculados con
<la expresión entitativa>, puesto que, más allá de concebirlos
frásticamente, la subjetividad les intuiciona endopáticamente, logrando así
develar visos de aproximación entiativa. Así, al acercarse, la percepción
comienza a desvelar lo velado, descubriendo que, “eso” que se tipifica como “la
realidad”, es reducido a una suerte de <complexión alegórica>, de la
cual, el perceptor pudiese encausarse al grado cognitivo de intuir que, nada es lo que aparenta ser.
♀
Irrealidad
como punto de encaje.
Respecto al tópico de
Claude y sus desazones, asociadas a lo
efimeral e insubstancial de ‘las vivencias’, la grey humana ha “vivido” en
una absoluta delusión, en una espectacularizada
ilusión.
Así, lo que
usitadamente suele denominarse “vida”, connotativamente vinculada a una esfera
múltiple de realizaciones inherentes, a “la realidad”, es representamen de una
nada fútil ocultación, de una profusa
subrepción, coproductora – en la
mesocosmitud humana – de< sobretrayectorias> infusas a la <figuratividad
endopática>, en virtud de las cuales, se ha erigido, sobre los complejos figurativos que ocultan
<las expresiones entitativas>, una <etocosmitud>, a saber, una
cosmovisión vinculada a espectraciones
de factura “ética”: regulación cognitivo-heurística, somática y no menos
emocional.
Consiguientemente,
justo en este espectrograma semantémico,
los frasticismos conceptuales,
desbordan su significación, construyendo un ‘sentido perceptual’, regulado
merced a <patrones perceptivo-actantivos>, léase, a una percepción de “lo real”. Así, estos
patrones promueven la aparente cognición del “entorno”, en relación a
<dispositivos actanciales>, de los cuales, la percepción se suscita según las valencias inherentes a
determinada morfología, relativa a ‘cómo percibir’, ‘cómo sentir’, en lo percibido, lo somático (lo sentido).
Por consecuencia, “el
sauce” lo ‘es’, más que por sus valores semánticos, por <dispositivos
semiológico-normativos> en cuya perceptibilidad,
la significación arbórea se sabe inoptativa, léase, carente de otras opciones
manifestativas; y, subsiguientemente, “es”, solamente dentro del esquema impositivo-regulatorio de su
ordenanza semntémica.
♀
Convencionalismo
normativo-regulatorio. Etocosmitud.
En la consecución de
este hito ejemplificativo, Claude, imbuido por la estupefacción intuye un ‘presido’
en su mismidad y no menos en las esferas
circundantes. Así, se sabe preso de las <celdas semánticas>,
subyugado por ese lastre, atinente a una sistemática
persuasión, conformada según ‘específicas significaciones’.
Consecuentemente, el
poeta ha sido presa de arredros carentes de substancia;
ha dejado de ‘hacer’, en relación a valores
medicionales de mera restricción. Entonces, abomina de su decurso
vivencial.
Dispositivo
exponencial.
Tal como líneas
arriba quedara expuesto en relación a <los dispositivos de visibilidad
sémico-descriptivos>, coexiste todo un complejo de <substancias restrictivo-persuasivas
y disuasivas>, mismas que consolidan un <aparato regulativo de
compensatividad perceptual> y no menos conductivo.
En relación a estos parámetros semántico-medicionales,
<los trayectos de significación> son ‘atravesados’ merced a sendos
decursos de <significatividad alusiva>, isotópicamente orientadas a
predeterminar los procesos de perceptibilidad,
todo ello consumado en virtud de efectos relacionales consubstanciales a
valencias itinerantes de semantismo.
♀
De acuerdo con esto,
el lexema: amarillo, más que
representar una suerte de numismática
semantémica – diferenciadora respecto de los distintos valores cromáticos –,
se ve sobrepujado por <substancias restrictivas>, adscritas a contextos
mesocósmicos, de las cuales, este significado adquiere otra contextura vinculativa, en lo que atañe
a convenciones normativas, mismas que variarían dentro de diversas ‘complexiones
culturales’.
Sin embargo, es
preciso abismarnos dentro de estos <organismos semiológicos> a fin de
eviscerar sus sinuosidades. Así, optamos por esclarecer lo competente al conyugalismo o bien, “noviazgo”, a
partir de la mesocosmitud occidental,
específicamente adoptada por Latinoamérica.
A este respecto, nos
es inminente escrutar inquisitorialmente, ¿en virtud de qué basamento clasemático descansa este
concepto? Así, evidenciamos, según los
parámetros semantémicos que, dicho
clasema es significado desde otro sema
nuclear, a saber, “amor”, en su cariz supuestamente idílico.
Consecuencialmente,
significar al “amor” implica no desatender desde qué modalidad cultural se
contextura su <conjunto figurativo>, así como su <tema
descriptivo>.
De suyo, es
consistente abordar el tópico en cuestión a partir de su <tema
descriptivo>, el cual es continente de los
presupuestos actanciales, así como de sus valoraciones interpretativo-medicionales, en el ámbito de <las
substancias restrictivo-aprobativas>, sin desestimar lo concerniente a la disposición
de sus <objetos calificantes>.
Así, a manera de eje
persuasivo, relativo al ‘aspecto idílico’ (propiamente), no obviamos lo
competente al <dispositivo espectacular> inherente al fuero endopático, infuso a cada
individuo. De esa cuenta, <el visor semantémico> (interior), posibilita
la reflexión de la personificatividad
(personalidad como mascarada) en tanto espectáculo
auto-reflectivo, en el cual, “la persona” se ve a sí misma desempeñando
interacciones significacionales, en la modalidad de un actuar ante determinado escenario, en cuyo entresijo coexiste la misma perceptibilidad endopática.
Consiguientemente,
este <espectáculo internalizado>, producto de los trayectos semantémicos, no cesa, y se alimenta de <virtualismos
actanciales> diríase, de <las
substancias prospectivo-retrospectuales> en cuyas medianías se constituyen
nuevos mitentes, variopintas aspectatividades.
De conformidad con lo
expuesto, la personificatividad
sobrevive a un pletórico estadio de <fragmentación proyectiva>, a cuyo
través, la “persona” significada, como una específica identidad mesocósmica,
proyecta protagonismos convenientes al escenario
y sus espectadores.
De este tenor,
reabordemos el caso de Claude y, veámosle en el café, donde usualmente
versifica y tiende a leer. Así, la vez primera que sus pupilas registraran la
fisiografía y gesticulaciones de Laure (su prometida), el aludido
<dispositivo espectacular> despliega un aparato de apreciación, diríase, de contemplación, empero, asociado
a <virtualismos experenciales> donde, el
fuero identitario desenvuelve <protagonismos decorativos> en la
modalidad de <substancias persuasivas>.
Y, si prestamos
acuciosidad a todo este despliegue
escenográfico, el vértice menos concursante es precisamente ese ‘plano de
visibilidad’ que, en el supuesto, debiese gozarse de la mera contemplación de
lo que considerase – significacionalmente – como “algo” bello.
Por tanto, de análoga
manera, en el <tratamiento endopático> de Laure, se suscita un
desenvolvimiento similar. De esa cuenta, el significado, correlativo a la
mutual “atracción”, se significa a partir del <tema descriptivo> atinente
a la susodicha “atracción”, de cuyo clasema
se esclarifica otro semantema, a
saber, <la desideratividad> o esencia del deseo, para significar esa
específica <expresión entitativa>, inherencial al <sedcto imágico>
o figuración secudtiva, subyacente
bajo las esferas semánticas de ‘lo
atraccional’, subsumidas a partir de la
ordenanza mesocósmica que nos compete.
Subsiguientemente,
ambos <dispositivos espectaculares>, dan inicio a lo que optaremos por
denominar <flujos lexemáticos> o espacios interlocutivos
merced a los cuales,
acaece una demostración competente a <vectores personificativos>
(identitarios), internuncios de los <espectros diegéticos> o temas
abordados, relativos a la mera cosmovisión individuada.
♀
Anfitrionato de seductividad. Auto-persuasión
expositiva.
Seamos, entonces,
espectadores de ese singularísimo espectáculo de <auto-reivindicación
persuasiva>, consubstancial al aludido <flujo lexemático>. Así, en
tanto ambos individuos representan
los trayectos de los <temas descriptivos>, se suscita una exposición de
<substancias persuasivas> infusas a <los conjuntos figurativos>
vinculados a la expresión endopática
instrumentalizada en la forma de
<objeto calificante>, es decir, de códigos
dominativos, promanados a partir de las cosmovisiones de cada parte.
Consiguientemente, la <etocosmitud> de
cada “polo”, tiende a prohijarse dentro del estrato ‘etocósmico’, corresponsal
de la <mesocosmitud> o contexto cultural específico, respecto de una
<morfología normativa> de valores
medicionales, a saber, de “códigos conductuales”, regulados por este organismo semantémico.
De este tenor, y aun
cuando resemble inverosimilitud, no se conlleva una interacción entre
subjetividad y objetividad (sujeto y objeto), sino una suerte de retozo
monológico: especie de soliloquio entramado entre sujeto y reflexión subjetiva.
De esa cuenta, esta
<morfología normativa> se aspecta tal y como <agente convencional>,
en virtud de un trazo semántico cuyo
fondo no es otro que el de aceptabilidad
identitaria; y, no tanto en el sentido del <espectador exógeno>,
cuanto que en el plano del <espectador endógeno>, de lo cual se aduce
<la medición de convención>, ya en su espectografía
emotivizada.
Subsecuentemente,
consumado el significado “interactual” del conyugalismo,
<los agentes personificativos>, al externar los fueros endopáticos,
degeneran en relaciones fiduciarias,
asociadas con ‘el sentido tenencial’,
a cuyo través, ambas partes decodifican significaciones apropiativas, mismas
que fungen cual censores que legislan el desempeño de cada cual.
Y, es justo en este cautrivio semantémico donde se justifica
esa <morfología etocósmica>, consignativa de restricciones, así como
depositaria de retribuciones analógico-reproductivas, tras las cuales, se
escenifican <demostraciones compensativas>, ‘lugar’ en el cual, la
aparente relación se degrada en la manera de mancomunidad, consumada de manera
punitivo-compensativa, enmarcada dentro de sus complexiones mesurativas.
Por tanto, la otredad justifica la egoícidad; y, ésta última se refleja
a sí misma en la contraparte que, funge como <ícono espectacularizante>,
tras el cual, los <desempeños compensativos> van produciendo infinidad de
itinerarios semánticos, concernientes
a <la espectacularización>, de suyo convencionalizada por una mera
carencia identitaria.
En atención a esto,
‘los momentos’ donde, <la expresión entitativa> de lo desiderativo irrumpe de entre todo esa faramalla, son los que
están constituidos por las orgasmaciones;
empero, antes y después de esta emergencia, todo es o representa un anfitrionato de tiranías sutiles, guarecidas tras el velo etocósmico del temor.
Consiguientemente, el conyuganato es representamen de un
<dispositivo espectacularizante>, de cuyos planos de personificatividad comprende un complejo
de ocultación, léase, amparado por la
necesidad protagónica del “hacerse ver”, desde el concurso de <los
flujos lexemáticos>, <gestos protagónicos>, que en sí consolidan
mistificaciones representativas o, mejor aún,
tránsitos de lo que no es.
Así, ‘la necesidad
identitaria’ de convención, desde sus <dispositivos espectaculares>, intenta
replicar lo irreplicable: va en pos de reconstruir <las substancias
efimerales>, relativas al semantema
de persuasión placentera, cariz que no es más que una <auto-reflectividad>,
proveniente del ego, construido (mesocósmicamente).
De este jaez, el
atributo correlativo al semantema que
concibe al ‘amor’ (idílico) como una confinación monogámica, fundamenta su
tratamiento en relación a la <figura apropiativa>, eminentemente
vinculada al ideario transaccional,
propio de la procreación genética.
Sin embargo, más allá
de este ideario transvalorativo, lo
que se sabe resaltable, merced a su paradigmatización, lo constituye la
insostenibilidad respectiva al significado monogámico, puesto que, el rasgo aspectativo inherente a la
exposición fisiológica, así como personificativa
del individuo – aun cundo aprisionado en las <celdas semánticas> (de
pertenencia) – más que circunscribirse al <patrón modélico>, tiende, por
autor-reflexión, a buscar <distinciones atributivas>, no contenidas en la personalidad corresponsal.
Como tal, y merced a
ello, <los dispositivos espectaculares> son proclives a desenvolverse en
alternancias de distinción compensativa,
léase, a ir en pos de otras personificaciones (individuos), fuese ya en una
esfera meramente ideológica o así, substancialmente
concretiva.
En este ordenamiento
de esclarecimientos, <el visor de perceptibilidad>, prospecta –
figurativamente – valores compensativos, cuyos semantemas, religados al sentido
felicitario, despliegan <virtualismos protagónicos>,
paradigmáticamente coproducidos gracias a la empedernida procura de replicación
respecto del “objeto amado”, en tanto <gesto de vinculación identitaria>.
♀
La
metáfora en la figura lexemática de “soledad”.
En la inflexión
ensayística del argumento en cuestión, no es prolijo advertir, entorno a la perceptibilidad, procesada en su semantema de individuación, al
<contrato fiduciario> relativo a <los valores actanciales>,
inherentes al sentido de convención
interactual, concebida como <pertenencia gregaria>.
De este tenor, <el
mesocósmos> adscrito a la
constitutividad personificativa – a instancias de <substancias
persuasivas> de significación –, ‘configura’ (en el fuero endopático) una
calificación de insuficiencia auto-compensativa. Así, esta incapacidad, es
interpretada como una <decodificación espectacularizada>, vinculada al conjunto figurativo competente a la
figuración de “soledad”.
Consecuentemente,
esta <imagen disuasiva>, implicita, en la percepción – ante todo, al temor – en tanto <actante
figurativo>, en cuyos virtualismos, la
perceptibilidad significa como nocivo y a un tiempo inconveniente al estrato semantémico de ‘verse’
careciendo de la interacción de la
otredad.
Así, una vez estos
<dispositivos actantivos> consiguen significar sus escenarios actanciales, la percepción visibiliza esta figura como perniciosa e invisibiliza
todo un potencial de <escenografías endopáticas>, plenipotenciarias del
valor expresivo entorno a <lo entitativo>.
De conformidad a lo
anteriormente expuesto, en <la expresión entitativa> inherencial al fuero
indicativo del <ego siderativo>, existe un valor interacual
consubstancial a la <expresión entitativa> en su remanación absoluta, es decir, en <lo entitativo> respecto de
los seres en su totalidad, tal como
si de una ecuación asimilativa se
tratara.
Por tanto, en dicha ecuación, se constituye la integralidad
de todas las entidades, empero,
carentes de semantemas y,
consecuentemente, carentes de <substancias restrictivas>, así como de
<substancias persuasivas>, de lo cual se aduce una suerte de <sincronía
entitativa>, cuyo sincretismo representa la
unicidad indisoluble con los <valores prelexemáticos>, a saber,
indistintos y macrocósmicos.
En esta ordenación de
esclarecimientos, <la imagen lexemática> competente a “soledad”, allende
simbolizar un itinerario semántico
profuso, constituye una instrumentalización
descompensativa, correlativa a vectores meramente mesocósmicos, merced a
los cuales, se fundamenta el espectro de <la insuficiencia inmanental>.
Esta invalidación, persuade a desvirtuar su contexto unicitario, para así,
aparentemente, <espectacularizar> un sentido de integración que, en
quididad, carece de substancia.
Subsiguientemente,
esta <insuficiencia inmanental>, se aspecta, no como concurso causal, cuanto que a la manera de confección consecuencial, conformada al través de isotopías semiológicas, cuyos semantemas despliegan el valor
significacional que visibiliza una especie de <oquedad existencial>, toda
vez, la percepción no se encuentre o ‘se vea’ en la concomitancia de sendos
individuos.
De esa cuenta, los
<valores actantivos>, vinculados con la
instrumentalización descompensativa, representan <la iconografía
semántica> propia del “consorcio productivo” de las culturalidades, a través
de lo cual, se masifica la individualidad, coproduciendo, en esta
<insuficiencia endopática>, la significación de ‘persuasión acoplativa’,
la cual hace del “sujeto” un objeto de
disuasiones, o bien, un sujecionado a normatividades convencionalistas.
Consecuentemente,
este ‘sentido’, cuyas isotopías
semiológicas posibilitan la ‘cognición figurativa’, consubstancial a toda
modalidad de <insuficiencia inmanental>, justifica toda figuratividad acoplativa, respecto de
<escenarios virtuales> de <auto-compensación identitaria>, en relación
a aspectos traslaticios de interrelación.
En lo tocante a este
desarrollo exponencial, es pues, justo en este vértice donde es asequible
evidenciar ese patético espectáculo anego a <la amistad fiduciaria por
convención existencial>, así como al conyugalismo,
los morganáticos, y no menos degradante, las generaciones etocósmicas asociadas con ‘la descendencia’ y sus aparatos gregarios, así como la ideación
de congregaciones espectacularizadas.
Consiguientemente,
tanto la figura como la conceptuación
atinentes al lexema y su respectivo semantema
infusos al lugar común tipificado
como “soledad”, comprenden – cuando la cognición le empatiza atributivamente –
el instrumento más nocivo para <la estructuralidad identitaria>.
Así, esta instrumentalización, haciendo gala y uso
de todo un aparato de <substancias persuasivo-disuasivas>, alienan al
sujeto, tornando su percepción en una veritativa mácula lútea, capacitada tan
solo para “ver” lo que no acaece, es decir, impeliéndole a concebir un sentido
complementario y reconfigurativo, en y con la intervención compañerista.
Empero, en esencia, este <dispositivo visual> lo único que granjea es,
precisamente, la fragmentación de la
identidad originaria, puesto que, todo
está en todo; y, siguiendo este marco ontológico, cabe atildar lo
siguiente: la susodicha “soledad” es inexistente.
♀
Rúbricas de conclusión.
La totalidad
estructuralizada de este recorrido metafísico, nos da mostranza de carices cuya
valía representan toda una arqueología
a la interioridad de la esseidad hominal,
sus ‘precedentes formativos’, su contextura ontológica, así como el supuesto
referente a una ulterioridad.
De manera sintáctica,
todo este decurso nos endilga hacia la ponderación valorativa referente a una
cabalgante relatividad respecto de lo que se conceptualiza como “realidad”; y
dentro de esta complexión, aparentemente compensativa, lo competente a la perceptibilidad.
De esa cuenta, a
manera de ‘disección ontológica’, se van elucidando, no sin matización ni
tamización indagativa, todos estos aparatos
culturales, inherentes a una nada fútil ocultación,
preconstituida y conformada a partir del significado descriptivo que, en los
conceptos, y dentro de estos, las palabras y sus imposiciones dominativas y
confinativas, se intenta formar al individuo.
Consecuentemente,
develamos lo indevelado, a saber, que “la realidad” y sus complejos morfológicos representan un encubrimiento, en cuyo trasfondo yace un inframundo que, si
apenas se entreluce por mediación de sutiles indicadores intuitivos y no
racionales, atraviesa todo el fárrago de apariencias, tal como si de un
afluente subterráneo se tratara.
Mas, como queda
exprimido en este ensayo, la contrariedad no la representa el plano objetivo
del cual la percepción obtiene sus datos, cuanto que, de la perceptibilidad que, descompensada desde su nuclearidad, percibe
lo aparente y no lo inmanente, configurándose para sí una especie de miopía in crescendo, a través de la
cual, todo lo dicotomiza en rasgos contradictorios.
♀
En lo tocante a
nuestro protagonista, no desmerece cuestionarnos, ¿qué ha sido del joven
Claude? Luego de no pocas desazones reflexivas, el poeta, entrañándose en
sutiles contemplaciones introspectivas, regocíjase en su fuero interno y,
colmado de prurito, da inicio a una obra más de trazas satíricas.
Así, de manera casi
inverosímil y, sirviéndose de sus develaciones y suficiencias oratorias,
persuade a su prometida a desistir del matrimonio, la cual accede, sin terminar
de asimilar, el hecho de poder conllevar con la amante de Claude, diríase, una
relación tripartita de amatoriedad.
Sin embargo, a
petición del rapsoda, esta relación debía templarse por luengos interludios, en
los cuales, el poeta habría de entregarse, a ultranza, al deleite de vagar y
viajar, de conocer otras culturas y de aislarse con exquisita misantropía.
Y, se le vio partir a
Oriente, escorzando en su rostro una sonrisa por demás soberbial, y no menos
henchida de exuberancias.
Para construirnos
preciso es
destruirnos; y de
esta ingente
empresa, será la
percepción
la bien amada dama
que
hemos de yugular para
así comenzar a
iniciar.
J.M.G.
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