El Welteislehere
(El mundo tan solo es excreción del Arquetipo)
<<En ningún momento, ni en el seno de ningún pueblo,
se ha visto utilizar figuras más hermosas y nobles
que las figuradas. ¿No será preciso darle la vuelta a
todas las nociones poseídas de la marcha del espíritu
humano, que pretender que ha utilizado lo superior
como emblema de lo inferior y que ha imaginado
símbolos y jeroglíficos más elevados y espirituales
que el objeto que deseaba señalar?
no será más bien cierto, por el contrario, que el
verdadero objetivo del emblema o el símbolo es
velar a los ojos profanos y a los seres vulgares
alguna verdad cuya profanación o abuso serían
de temer si fuera revelada>>.
(Louis-Claude De Saint-Martin)
A la memoria de Giordano Bruno
Perfilemos, en un esbozo asaz interesante, al universo, en su totalidad, contenido en el vértice de una sola proto-mónada. Figuremos a toda esa materia prima, por demás colosal y ‘cosmificante’, en un estadio de latencia (germen inmanente), y veámosle fluctuar en su propia quididad, apenas comprimida en su más ínfimo cariz.
Este agente pre-entitativo o bien “punto cero” de pre-elementos o <<cuerpos simples primevos>> (quintaesencia de los elementos), o así, substancia caótica, contendría en sí todo un mapeo de fuerza directriz, de ‘inteligencia primigenia e inorgánica’, de organización, resistencia, expansión, repulsión y atracción. Como tal, alberga una síntesis apremiante.
Constituye, pues, una suerte de simiente, cuyo entresijo atesora todos los principios inherentes a las transubstanciaciones y mutaciones, ya de índole monádica, atómica, molecular, elemental, mineral, celular, vegetal, animal, hominal, supra-hominal, etc.
En la profundidad de su latencia lleva el principio de todos los elementos y su pre-disposición de separatividad, unificación, integración y disposición.
Dicha estructura monádica, estaría contenida en esta esfera cosmogenética. Ulteriormente, en sus alternancias espaciales, esta semilla colisiona con un entramado de elemento acuífero condensado y fijado, a saber, un ingente bloque de líquido congelado.
La explosión acaece! Más que una deflagración, será más prudencial denominarle “expansión secrecional”: la secreción dinámica constitutiva a las esencias, mismas que hoy conforman la representación físico-fenoménica del orbe terráqueo.
La aludida secreción lanza sus fragmentos, en simetrías equidistadas y escientes, hacia proporciones supra-gravitacionales y a distancias gravitadas, esto es, atinentes al núcleo o fóculo ígneo (Sol).
Arrojados los “detritus” a distanciamientos no menos aritméticos, no menos geometrizados y ecuables, su peso da lugar a una gravitación consumada con marcada parsimonia, con lentitud gravitacional, en tanto que otros fragmentos quedarían emplazados a mediana distancia, a saber, con mayor celeridad y menos peso, a un tiempo que el resto, a menor distanciamiento y, consecuentemente, mucho más veloces en su nutación y más livianos, endilgarían su moción fluctuativa.
Henos aquí ante una de las primigenias disposiciones organizacionales correlativas al Sistema solar!
Permitamos, oh astrólatras, cosmólogos y visionarios que, más que la imaginación y sus ejes combinativos, sea una especie de anamnesis, de <recordanza cósmica> y no menos nostálgica, la que nos traslade a ese “primer periodo geodésico”.
Se suscita entonces una diáspora atómica, alcanzando con presura y direccionalidad aquellas imantaciones, a éstas infusas o inmanentes, en torno a sus receptáculos elementales (los elementos físicos). Los fenómenos de la cohesión, esa <inteligencia atómica>, aspectándose en atracciones y repulsiones, esa empatía molecular, esa consonancia ontológico-cosmológica, realizándose con deslumbrante precisión, con matemática y ritmos, con euritmia.
Las impulsiones direccionales atómico-inmanentes, acaudilladas por la Necesidad, esa ‘razón suficiente’ que pugna por representarse: las combinaciones moleculares y sus graduaciones cualitativas, que le llevan a circunstanciarse al grado de ‘citoplasmificar’ sus sublimaciones y subdivisiones, hasta corporeizar la entidad de una célula, para luego, dar continuidad a sus diversificaciones.
Bulle entonces el espectro gaseiforme del reino mineral y sus alternancias, ya lidificándose, ya petrificándose, ya eterizándose, efloreciendo, subsumiéndose en variopintos patrones de mixturaje y aleación: La Alquimia de Natura por antonomasia, su magia naturada, su numen naturante, su expresión que, en no menos valorización, deja de figurarse cual sentimiento. Todo ese proceso de subdivisiones y sublimaciones, estaría dirigido por la intervención de radiaciones cósmicas, a saber, <<rayos cósmicos>>, ‘energía esciente’, o bien, como la arguyese Paracelso, Archeus (inteligencia energética de proyección y organización).
A partir de las subsecuentes combinaciones de traza mineral, la <conciencia mineral> alcanzaría, a través de una “escalinata molecular”, la senscencia adscrita a la célula vegetal.
En este nivel, dicha conciencia, se lanzaría hacia absorciones atmosféricas, galvanizadas por el influjo fotosintético, eclosionando a la manera de tegumentos vegetales, desde sus aferencias glandulares y substanciales, diseminándose en la especificidad de plantum, ya en la honduras acuíferas, hirmándose en arbustos, izándose en eminentes arborescencias, matizándose en innúmera gama de floraciones y, en éstas, sus efectos polinizantes, circunyaciendo, oneciendo, difuminándose.
Dicha conciencia, al haber alcanzado la citogénesis vegetal, propende, merced a la <voluntad> y a las gestaciones entreveradas de los <<rayos cósmicos>>, a desarrollar el genoma animal.
De esta cuenta, desde el fondo de los mares surgen las más peculiares especies acuíferas; en la atmósfera, henchida de elementos químicos, pulularían los insectos, reinos larvarios que, entre sí, propiciaron adecuaciones de traza miscible o maleable. Se asimilarían segmentos cromosomáticos a nivel de estas especies en mención, ello todo encauzado por la Conciencia cósmica, que diera exordio a su gestación desde lo monádico, atravesando lo atómico-molecular, lo elemental y subsumiéndose ante la esfera del ‘espectro animal’.
Las mutaciones, en el crescendo evolutivo de sus mixturas, se agudizarían, al punto que, lo esciente-animal, disponiéndose ante las imposiciones circundantes y, atendiendo a su inmanencia en potencia, insuflándose a un tiempo por la radiación de los <<rayos cósmicos>>, conseguiría atesorar determinada amalgama mineral, vegetal y animal, entiéndase, patrones inmanentes de los mismos en difracción cualitativa.
Se asimilaría la esencialidad o principio de estos agentes naturados, llegando a estructurar un híbrido de estos <substratos entitativos>, desenvolviendo, dentro de la volición de su senscencia, distinciones más complejas, cuyas cúspides ontogenésicas darían evolución a la entidad hominal del ser humano.
Es este un ser por integración, un ente por combinación de principios y organización de los mismos, un ser de asimilación citológica, luego de haber sufrido accidentes, alternancias, alteraciones, subdivisiones y combinaciones. Su entidad, entonces, alberga esa misma e unívoca conciencia, misma que se aspectara en la modalidad monádica, atómica, molecular, elemental, mineral, vegetal y animal, a saber, animal hominalizado.
Esto se coteja tal como si, su mismidad ontogénica y consciente, le hubiese compelido a desarrollarse de peculiar manera, ya que, siendo mineral, se percibiría como tal y, subsecuentemente, la Necesidad de su fuero inmanente le instara a representarse en una forma vital de mera vegetalización.
Las demandas exógenas, conjuntamente con sus categorías endógenas, a saber, su Conciencia arquetípica, le conducirían a determinarse, no ya entre estos reinos aludidos, cuanto que, enseñoreándose sobre ellos, retroalimentando su organismo, ya trascendido, a través del alimento, la distinción: una senscencia más especificada, hasta saberse en ese singularísimo estadio de noesis: espécimen animal advirtiendo la suficiencia de onomatopeyizar, mimetizar, “ordenar sensaciones”, ponderar los efectos de las mismas, al fin, pensarse: noeticum vitae.
Situémonos entonces en ese lapso de conciencia noético-noemático, ya fraguado en sí mismo, ya asombrado, ya inquisitivo y, junto a éste, echemos un vistazo al firmamento.
¿Era aquella luna la misma que aluna nuestras noches? Siento refrendarlo, románticos nefelibatas pero, no; de manera alguna, no lo era! No, no era aquella Selene (Diosa lunar) que inspirara a Homero, que instigara a Virgilio; incluso ni siquiera era la Sin caldea, ni aún así, la Chandra indostánica!
Aquel satélite de mística valencia, era la segunda luna, primando sobre la bóveda celeste del globo terrenal.
En el <primer periodo geológico>, la luna, aún más próxima a la tierra, a tan escasos seis radios terrestres, otorgó consistencia y evolución inmanente, a una gama de minerales, vegetales y animales de magnitudes ciclópeas, colosales. Su cercanía y su reflujo giratorio, más veloz, más célere y menos gotoso, aligeró la gravedad, propiciando en los contextos celulares – mismos que eran impulsados en dirección vertical –, que sus dimensiones cobrasen un tamaño híper-desarrollado.
Consecuentemente, reino vegetal (sub-acuático), arbóreo; reino animal, se alzarían evolutivamente con esplendidez.
Luego, hacia las postrimerías del <segundo periodo>, cuando el ser humano, de nuevo, emanara de entre la síntesis de su progresión evolutiva; y los <<rayos cósmicos>> intervenían, la luna, ejerciendo sus efectos dilatadores, hizo de estos seres, en consecuencia, mozuelos gigantescos.
Esta raza, se diseminaría al través del orbe, habitando lo que hoy es consabido como los contrafuertes del Himalaya y los Andes, escatimando mención de vastos territorios con similares proporciones geológicas. Allí, en tales prominencias, el mar, circunscrito a una sola marea, alcanzaba las proporciones de aquellas topografías alpestres, siendo así, habitables.
Esta prosapia de hombres, habiendo desarrollado capacidades escientes inimaginables, dado a la magnitud y suficiencia de sus funciones neuro-transmisoras, más que por el tamaño de sus cerebraciones, desarrollarían habilidades artificiosas, congruentes a la dimensión de sus relaciones noéticas, así como intuitivas.
Se pondera – y aquí lo sujetan los Vedas, el Códice de Manu, las Estancias de Dzian y el Timeo – que su desarrollo socio-cultural, intelectivo, así como artístico, sentaría los fundamentos de todo el acervo cultural e intelectual, sin prescindir del mistagógico, del cual hoy día apenas es bosquejado por siglos de pujanza intelectiva. Se les estima como fundadores de inmensos imperios, de sistemas de folklore místico que, asumiendo el sentido generador de la <Conciencia cósmica>, erigieran el más elevado culto a Natura y sus visos esotéricos.
Se les describe como <<inmejorables navegantes, infatigables nómades, precelentes agricultores, astrólogos y no menos grandes memorialistas escriturísticos, así como magicultores, botánicos>>, sin dejar en mención su capacidad telequinética y telepática.
Después de varios evos, tenemos al luminar nocturno, en su nutación cercana a la tierra, cobrando nuevas alteridades, del todo desconsoladoras.
La luna, insuflada de celeridad, se acerca a la tierra en un sentido geométrico helicoidal, mismo que ciñe al globo terráqueo hasta producir su eversión, su hecatombe.
Lunus, ese inspirador luminar de las noches, que habría inspirado la eminencia de aquellos gigantescos rapsodas, se torna, para entonces en un licuado fragmentario, ovillándose en forma anulosa, terminando así encorsetándose en la esfera de la tierra.
La destrucción es inminente. Merman de dramática manera los océanos, estragándose la gran mayoría de entidades animadas (todos los reinos).
Empero, los moradores de las cimeras más encumbradas, a saber, el grupo sacerdotal, los grandes teúrgos, sobreviven al diluvio, mas, ya el mar en descenso, haría de aquella región, un entorno irrespirable.
Tras la Necesidad, se ven impelidos, ellos y sus documentos a descender y condescender con los designios de la Madre naturaleza (la Diosa), radicándose en zonas lacustres y pantanosas, grutas, gollizos y cárcavas montanas.
El firmamento, carente de una lunación cercana, propiciaría que estos genomas humanos, se regenerasen de nuevo. Sin embargo, la gravedad, más densa que antes, y sin la intervención lunaticia otrora familiar, formará una raza de hombres particularmente coduja, a saber, de proporciones endebles, escuálidas y pequeñas, sin una longevidad considerable longevidad, así como portadores de feble intelección.
Los sobrevivientes, contemplando el fatal acontecimiento y su respectiva involución, denominarían a esta raza, “la raza de los mortales”.
Esta especie humana, se propagaría con mayor rapidez que la precedente, siendo seres más hormonales, más proclives a la lascivia, a la reproducción de la especie. En su inmanencia, predominaba más la animalidad que la espiritualidad; su razonamiento y su intuición desmedraron a tal extremo de homologarles con el resto de animales.
Se culturizaron, los pocos de la cáfila humana, a través de la instrucción de los supervivientes, sin que ésta dejase de ser furtiva y mistérica. Cohabitaron y, esta minoría de mortales adquirió instrucción e iniciación en los misterios de la raza anterior, haciéndose de ciertas enseñanzas.
A los sacerdotes gigantes se les deificó, haciéndoles parte de cierta tradición religiosa, mientras que, otros, los persiguieron.
Estos <grandes hombres>, irían deteriorándose, debido a la densidad gravitacional, produciendo en sus complejos noéticos considerables debilitamientos, merced al peso, hasta verse extintos por completo.
El “acervo cultural” de la raza mortal, les denominaría Atlantes, Inmortales, Dioses. Las diversas manifestaciones culturales subsiguientes, les asume como metaforizaciones, alegorías, tradiciones mitológicas y, dentro de éstas, derivaciones literarias, concepciones religiosas. Sus idearios religiosos, apenas se matizarían como meras fosilizaciones dimanadas de razas-raíz, antediluvianas, plagiando con sosería memorialista, esbozos a sombras de lo que, en sí, constituyera la raza por antonomasia.
A través de las Eras,
a través de los Evos,
de Eones y Pralayas,
la Conciencia, en su
Recuerdo, recupera
El Arcano de un
Ingente saber oculto,
que, a través de los
siglos se ha visto
aparentemente
desvirtuado, pero
que, en el alma,
florece inmarcesible!
J.M.G