Le roman de la momie



Le roman de la momie

Théophile Gautier
Numismática de un esmaltador.                        

Así como el melificio, de la prímula o de las veras del solsticio es abejuno prurito, no en disímil manera el arte pictográfico le es ingénito al plectro pictocromista: aquel que, no sin solercia el cerdamen del pincel bebe y conculca.

 Así, en este magisterio de ordenanzas, la musa al prurito se asemeja; el lienzo a la naturaleza; el color a la fantasía del poeta: ávido cada cual por subsumirse como la substancia que dispersa vuelve y se apareja.
  
El pintor, tal como la abeja, obra merced a profusos mitentes, a opimas potencias: color es el pintor…, su tenor, la escala de tonalidades…, su vilipendio: la ausencia de solaz para transvasar – como los flogísticos – el espíritu de cromáticas substancias al crisol de las efigies; y con ello retemplar los helios con la pátina de sus ensueños.

Escozores de la academia.

Lectores..., vosotros que en vuestra imaginería – por demás ática y esteticista  –, de Melusina el llamado no has eludido…, y os habéis dejado raptar por sus sutilezas donde, lo veritativo es lo utópico y lo utópico veraz, se os heredó por virtud de los dioses, la suficiencia de colorear vuestros avíos con tonos, por demás irrevocables. Cuidad de ese haber, de suyo sublimante, y vuestro como lo es la caspia del peral a la pera!

Sin embargo, vuestra loable fantasmagoría, vuestra heurística, aun cuando no dieras crédito, está siendo oteada desde el minarete de esos supuestos: sentinas de la crítica literaria y todo el aparato de sus marrullerías. ¿Su procura? Legislar, instituir, satrapizar, tiranizar los vuelos del Estro. ¿Su premisa? “Hacerse entender”; “entretener”; “subyugar al lector”.

Empero, ¿de qué manera? Ah…, pusilánimes economistas de la Musa literaria; vuestra procura no es otra: “Laconismo temático”; “Diégesis”; “Claridez”; “Escatimar lo innecesario”…, “lo inútil”; y tras esta brevedad, cautivar no sin proclamar la positura – por demás egena –, misma que inmola toda belleza en aras de proferir un mensaje.

Deshonroso no se sabrá de esta suerte inquirir, ¿a partir de quiénes y de qué periodo se avino la idea, en sí misma laceriosa, de fosilizar la beldad inherente a la catálisis o arte descriptivo, hasta reducirla a una mera oquedad imaginista?

A los señores inquisidores preguntemos, ¿qué es un semantema? Y, no osarán negar que, constituye un trayecto descriptivo, vertebrado por haces mínimos de distinción, el cual anima una figura no sin conformar un lexema. Así, dentro de la matriz lexemática, ¿qué develamos? Una o varias figuras. Sin embargo…, oh ubérrima miopía de los magistrados literarios: sólo ven desde la lente unimembre de sus laxos estimados.


Señorío de la perspicuidad y plasticometría. Catálisis: el fastigio colorista del fibroma narrativo.

Previo a que, el narrador confiera la calificación al plectro que le embiste, existe esa escollera (dóxica), de la cual “la gran minoría” ha optado, no sin estética, por negligir. Y, apostillo: “gran minoría”, ya que, tal dique es representamen de un <punto de vista retráctil>, a saber, ‘eso’ que ve dentro del narrador al escritor, así como, al narrador desde una suerte de previsión.

¿De qué podría tratarse? Havoé!…, contertulios y potistas, que de las bellas letras abreváis, pues, no menos y no más que del <lector>: auténtico antagonista del narrateur.

Consecuentemente, bajo el umbráculo de estas consideraciones, conferidme la venia para cuestionar, ¿es al caso tan sólo vuestro rapto inspirativo ante la “cuartilla en blanco”, el erial epifánico de Melpómene, o quizá, ante esa página, os abacora la punción de los legisladores, quienes propugnan el adefesio adscrito al supuesto del <lector ideal>?

Marimonta de Terpsícore, vestiglo de Clío, pavura de Talía. ¿Le barruntáis? Ese lector ideológico no es más que el espectro de la “academia”, cuya avaricia enciclopedista regurgita sus dogmas ante vuestra probable osadía, ante vuestros preciosos alardes.

Así, su báscula – que de justiciera no posee el más mínimo nitro –, pretende sopesar el empleo de vuestras figuras, la orquestación de vuestros sintagmas…; y, si emplazáis color en demasía a cierta efigie…, si, vuestro daemon gusta de insculpir los visos con el cincel del anástrofe, sin que así lo advirtáis, su avidez os desmedra la tinta, os hace tripudiar el stylo, no sin incubarle cuartanas al estro que os embebe.
  
Y, esta suerte de abadesa, apestosa a un <clericarismo literario>, despliega sendas visiones: estólidos lectores pugnando por esclarecer vuestras gemas tropológicas…, y, si al caso os complaciera, un cónclave de valetudinarios
en morbo fino y enjutas faces, no sin la veleidad de roedores de biblioteca,
a los cuales, vuestras líneas se antojan ofensión contra la ética literaria y, sobre todo, contra ese patético supuesto de la economía sintáctica, pues, los brotes de primavera, las exquisitas plétoras de los arcabuzales, les acometen como el escorbuto a los asmáticos. Y…, les veo apergaminando el rictus no sin arengar el edicto: “ininteligible”.

Por tanto, que la pleamar de los cuestionamientos, sea piélago nutricio y no menos frumenticio. Así, el puntillo de la litomanía nos impele a inquirir, ¿en qué esfera podríamos encontrar al “lector ideal” en la novelación que nos concierne?
Propiamente, lo hallaríamos en una suerte de laboratorio donde se apilan las herramientas del aguafuertista, del esmaltador, del acuarelista, del miniaturista, del escultor. Empero, es éste un laboratorio delicadamente inmerso en su mismidad, cuyo compromiso es consubstancial al sentido de lo bello, no sin implicitar un hermoso, heroico y honroso desdén respecto a las faramallas del mundo convencional.

Diégesis o contenido como orla del ornato.

Platón…, cuán opimo fue tu desacierto, al expatriar a los sofistas del Liceo! Pues, decid: ¿qué son las palabras sino formas, diagramas de plasticidad donde, otras imágenes emergen y, de éstas, otras siluetas?
¿Qué podría ser o representar el supuesto de la realidad sino lexemas, cuyo colorismo anima al ánima no sin permearle de colores, no sin anastomizar una tonalidad dentro de tantos otros matices?

Retomémoslo Proust: <El estilo no es el hombre>, cuanto que, tras la forma del estilo, se trasluce el estilo en su forma…; ni hombre que valga la forma…, ni criticismo que pudiese así aprehender su substancia proteica, su substrato musical que, al resonar colorea, así como al colorear musicaliza.  

Así, respecto a la descriptiva, refrendo: es éste  el arte de orden mayor cuya penetrabilidad interdimensionaliza las partículas constitutivas del todo, develando, en estructuras moleculares, las esferas que, de ordinario permanecen en una nata atinada subrepción, la cual presupone un rango de ingenio y de riqueza figurativa.

Así con todo, la física deconstructiva del arte descriptivo o catálisis, al no tener como fóculo la palurdez de un lector limítrofe, no da lugar a los intersticios de una feble imaginación, sino que, nutre el imaginario, tal como la sílice constituye a los cuarzos.

Oh…, decimonónica Francia: los plácitos de tus “críticos”, desconocen o pretenden ignorar la belleza de la catálisis.

Sainte-Beuve, ese fatuo magistrado de las letras, cuyas estimaciones propugnaron la brevedad como signo inequívoco de talento literario.

Nunca supo apreciar que, dentro de la arquitecturización de una frase, la métrica sintagmática comprende, en sus proporciones – debidamente animadas –, unidades cataléticas, mismas que pueden separarse unas de otras, no sin evidenciar en ello una metricidad hipo-isotópica, cuya relevancia semiológica vale lo que vale un compositum poético, puesto que, careciendo de otra unidad fonemática, la urdimbre estructural se antoja incongruente.
Así, la parte hace al todo, y no el todo a la parte!





Egipto: hierocromometría. La espagírica de la Plasticidad.  

A guisa de evocación:…, oh Castelforte, Tiépolo y…, sobre todo, tú, Tizianno, es a vuestro cristalino a quien – sin albures de erranza –, estas páginas están auspiciadas…, mas no dedicadas.

Hesitación no me conturba! En virtud de los grados de complejidad, anegos al topos del tópico, fue por lo cual, el narrador osó evocar animaciones donde, de ordinario, otra pluma hallaría ingente yermo. Mas el caso no lo es en Gautier. Sue, lo intentó en su “desierto polar”; empero, no hubo más que níveos sobre albos y alguna que otra orla.

Sin embargo, para este narrateur no representó óbice alguno el hecho de encontrarse en medio de tan opima aridez, pues, su virtuosismo le sugirió iniciar desde los misterios hierofánticos, desde el reino de las divinidades: nidal de las gemas, relicario de las substancias alquímicas, neceser donde se añeja la suntuosidad de esas virtudes ocultas, anticuario de fórmulas, talismanes y glifos, donde la magia se sabe la embalsamadora de los píticos caletres, de las acataratadas pupilas.

Así como la puericia en dulcedumbres se arregosta, son las gemas confituras que a los dioses embebecen…, y, que no se oculte: ni les incumbe ni les interesa lo que a los semitas. En la ofrenda descansa lo invaluable, en el gesto, en ese decoro de suntuosos regodeo, en la proporción infusa a sus ascendentes zodiacales, mas no así a lo que los mercantilistas estiman como <ponderación en peculio>.

La musa de este plectro no desatendió tal aspecto; y supo adonizar con la versucia de un orfebrerista, cada emplazamiento, cada hornacina, tal como si no ignorase que, en la disposición ornamental de cada gema, de cada engarzamiento, se concilia esa otra arquitectura, como una sobrenatura o un sobreartificio a cuyo través discurre sin obturaciones el Kha, galvanizando nefelismos, humores, talantes, onirismos.   

El artífice que aprecia el artificio, no desconoce cómo opera la musa en el estro que al artista así embebiera en el rapto de su oficio. No ignora la solercia que en su mente traspone dimensiones y que le comunica, ya fuese al maderamen, ya al mármol, ya al basalto, ya estaño o así al vaciado en argento, más que una orden, aquellos sortilegios que nimban su substancia develando sus metros, sus sentidos, sus arpegios al saber-hacer infusos, al hacer-hacer adscritos.

A este respecto, cuán faraónico se sabe el fóculo gauteriano.., cuánta maestría descriptiva, cuánta perspicacia sublimativa, pues, el lector se ve instruido por la misteriosofía descriptiva, misma que consigue detectar los modos de las sutilies obranzas: esos giros inherentes a la téncnica, la cual, no sin pericia, debió haber empleado determinado esmaltador al momento de conferir a la obra, un blasón exquisitamente distintivo.

Así preguntamos, ¿qué “historia del arte” podría circunstanciar el obrar de esos artífices, plenamente inspirados por visiones escatológicas, por anhelos de ultratumba? Sin embargo, el esmaltador-narrador no ignora las fórmulas  artificiosas que, verbigracia, supieron entreverar, más que los tonos, sus artefactos sinestésicos, sus abismamientos evocativos, la aritmética inherente a valores espirituales, que lanzan al ánima hacia denodados quimerismos, hacia nutridos periplos que, la pericia de su perspectiva comporta ese precioso instante, tras el cual, el artífice confiere al pincel o cincel, ese ardor cuya nostalgia le impeliera a bocelar el color o al ébano tornátiles giros, aquistando así el objeto del deseo, el sesgo, ese mero devaneo, la vírgula de su preciosismo.  

<Nefelismo manierista>…, que sea éste el género develado por nuestra avidez visionalista, pues, el Manierismo tuvo que haber encontrado su inspiración en el arte egipcio.

Y es que, no se trata solamente de la cromaticidad que de la paleta dimana; en manera alguna. Se trata de colores gemáticos o así, de gemas emulsionadas cuyo potaje posee virtudes embebecedoras, ello verificable en su decoro mixturativo, el cual alifa las estancias tal como lo perpetraría una marisabidilla, por demás hermosa y no menos veleidosa en su esteticismo cosmetológico.

Así, el artificio que rasga los ojos con antimonio y hace de la mirada un encantorio de profusión persuasiva, no es disímil a esos lanceoleos esmaltados sobre azores y cornisas, cuyo efecto transmuta los espacios en relaciones geométricas que prolongan el sentido de intimismo, tal como si de un artefacto lírico se tratara: segunda naturación que deifica, que mirifica, que fascina, que subyuga: arquitectura del color.  

Actante de las sublimaciones. Crisopeya de lo divino.

El tratamiento inherente a esta novelación, al no matricularse en la dimensión diegética, instituye todo un marco de abstractismo protagónico en la figura potencial del actante, léase, son potencias intangibles aunque visibles las que endilgan el dominio accional.

Así, todo cariz etopéyico o emotivo, posee una profusa correlación con la proporción de los ornamentos, con esa diagramatología infusa a la parafernalia de los colores, con la goetia de la tonalidades, tal como si, una cromotelepatía hirmara sus aferes dentro del ánima de los personajes, transfiriéndoles una itinerancia humoral, de la cual, los sentimientos representasen el resultado de las combinaciones aludidas, del influjo hiperrealista de esa supranaturatividad, de la cual se sabe imposible escapar.

Oh…, José María, conculcador sublime de las suntuosidades, a ti para quien la orfebrería literaria representó inexpugnablemente, más que prurito, pignoración y regodeo..., ni todas las gemas que tus ancestros substrajeron del imperio Inca, hubiesen tan siquiera colmado el más mínimo relicario del dios Thoth.

Así, no es displicente apreciar ese influjo propiciado desde la ornamentalia hasta los caracterismos: el humor femíneo, casi lunaticio en felinos lenocinios, sobrenaturado, no sin exaltarse, hendíase en esos onirismos de la ensoñación, tal como Odiseo sin advertirlo, yacía bajo el sortilegio de dios que le mantenía en vilo. Aquí, la belleza se ve expatriada del subjetivismo: objetiva y sin objeción, la hermosura descansa en los objetos: monumentos erigidos a la madre Fantasía.

Ah…, cosmetólogos de Bástet, maquillistas de Háthor, vuestro artificio fue crisopéyico nepente, precursor de toda cosmetología. De este tenor, cabe inquirir, ¿qué visaje derrengado por insomnes cuartanas, resistirse así podría a ese pictorialismo, el cual, más que velar, confería a las facciones, aguzamientos sin cotejo, tras los cuales, lo cansino devendría galvanismo, lo anudrido, aspaviento asaz divino, que imponía a las miradas venerandas veleidades que prosternaban y celaban?

En manera alguna, monsieur de La Bruyere! En los ágapes preciosos, los afeites alifaban la expresión de algunas líneas, el spleen, las fatigas…, y, al ánima mermada adonizaban no sin ministrar rubores, haciendo de un triptongo oxítonos singlares, bordeando los sintagmas y deludiendo no solo a los oídos, sino a esas máculas que escanciaban las miradas.

Sublimaciones heterodiegéticas.

Permitid a este ufano caletre, oh baluartes de la crítica literaria, demeritar toda esa bazofia de la cual habéis hecho la comidilla de tertulias, no sin enguirnaldar una ensarta de laureles sobre testas acometidas por la doxa de salón.

Habéis laureado y galardoneado a los arlequines, a los opimos entretenedores, aquellos misérrimos surtidores de opio, que gustan de conferir sus píldoras al imaginario apestado con la insuficiencia del auténtico nefelibata, del lector-artífice que, de ordinario gusta de leer poco y crear mucho.

De esta guisa si…, ayunos a todo ese dogma academicista, esclarecer lograses  que, leer, allende decodificar trayectorias sintagmáticas, comprende – es esencia – sentir, soñar, ver, oír, paladear y palpar, pues, en la sola percepción preexiste un lenguaje subrepticio, carente de lexemas mas no de hierosemas, elucidarias que, el ánima nunca se divorcia de este desempeño intraelocutivo y protolexmático.

Así, lo que vuestros santiscarios  denominan “realidad”, no es menos y no es más que un aguafuerte, un esmalte, una pintura, en cuyas contexturas, son  precisamente vuestras <celdas conceptuales>, las que os impiden gozar del frútice cromático, de esas proporciones coloridas, de los deleitosos pringores coloristas que vuestra ofuscación mistifica.

De manera tal…, oh, señores roedores del supuesto frástico, leer es escribir, así como escribir es leer, leer las partituras del ánima naturada; y en manera alguna este arte escritural podría reducirse al vaniloquio de “decir”, empero sí cantar     mas no contar, cuanto que, resonar, musicalizar todo eso que ya está estilografiado y expresado en Natura.

A esto todo, acotar quilates de perspicuidad se sabría por demás precelente, pues..., decidnos oh, baluartes de la diégesis, ¿cuál podría ser el tema de la miel sino la dulcedumbre consubstancial a su descriptibilidad?

Por tanto, insensato no es inquirir, ¿sobre qué versa – en esencia – un relato, sino sobre la substancia propia de su narratividad, cuyo fundamento crucial no lo es otro que aquello que yace descripto? Puesto que, si todo aquello que está escrito dimana de la intensión expresiva y ésta de un emporio plástico de aplicabilidad morfosintáctica…, entonces, lo que se expresa en lo escrito, es lo musicográfico evocativo.

En la ordenación de estos argumentos, apostillamos que, la academia, en todo el aparato de sus gazmoñerías, mistifica el sentido atinente al arte de saber leer, el cual tenemos el tino de intitular <logodiagrama-esteticometría>.

Así, este arte no se desempeña en el desacierto de procurar cerrar la integración diegética o, lo que se elucida como “apropiarse del contenido”, como si asequible fuese tal empresa, pues, no ignoramos que, el continente del contenido literario, no estriba en la suficiencia racional del lector, cuanto que, en una sutilísima relación sintáctica, conllevada entre los atributos plásticos (del lexema) y sus coordenadas endosemantémicas.

En otros términos, “el contenido” – tan intrascendentemente ansiado por conculcar – nunca termina de desenvolver su quididad, ya que, ésta se estructura y constituye en un todo suprapersonal y no menos evocativo: vínculo activo y actantivo cuyos vértices asimilativos, subyacen el entramado morfosintáctico.

A este respecto, todo aquel que se autoproclamase “estudioso de las ciencias literarias”, no inadvertiría que, del supuesto diegético, dimanan sendas y no menos insospechadas derivatividades, tales como <el asunto>, <el motivo totalizador>, <el tema>, <el leive motive>, etc.

Por tanto, ello da mostranza de lo anteriormente reseñado, ya que, el contenido, no puede menos que sintetizarse en diversos marcos semánticos, de los cuales, la síntesis de las síntesis, termina arrojando complexiones religadas al plano de la plasticidad, el metro intraestrófico, la armonía y, sobre todo, la musicalidad.


La belleza como contenido absoluto, finalidad y Principio.

A vosotros, cicerones de la mojigatería literaria, os conmino a que deis responso a este inquirir. ¿Podría al caso ser el contenido de un perfume, la substancia donde, no sin mixión se mera la algália, el pachuli, el sándalo y el almizcle…, o así, la susecividad  sinestésico-evocativa que dimana de su nitro?

Emanativa, sutil y evanescente es la belleza odorífera del perfume…; empero, bella para el ánima que no desposee atributos de beldad inmanencial, pues, careciendo de esta suficiencia espiritual, inexiste lo bello y sobresale un adefesio conceptualista que, se reduce a su proclamación respecto a su belleza fragante (delicia), mas…, no le posee.

En la ordenanza de estos motivos, el narrador de esta novelación, no sin prodigio, ha obrado al esmaltar los decursos descriptivos, mismos que logran catalizar la diégesis: y ello se sabe meritorio de una nada nimia mención, ya que, apertura un portal hacia otros sentidos de contención semántica, de síntesis semiológica.

Así, si no ignoramos que, ‘la productibilidad semantémica’ o así, la substancia significacional, corresponde al específico emplazamiento de lexemas, sobre y dentro de una trayectoria iterante y no menos isotópica, sabremos entonces fruir de este arte, merced, precisamente, a la organización de las disposiciones que su tenor poético estructura, así extremando un hemisferio semántico, tras el cual, las correspondencias semiológicas entraman una esfera de significación, cuyo orden escapa del mero y burdo formalismo temático.

De este tenor, un análisis semiótico develaría la existencia, tanto en el plano superficial como en el profundo, una exquisita dimensión en cuyos fueros gramaticales, cada estado se vincula a <fórmulas traslaticias> de un sentido artificioso en proporciones sublimativas, dentro de las cuales, los agentes actanciales, consolidan complejos figurativos. Así, estos complejos, van en pos de lo que denomino <astrología fascinativa lexematroestrófica>.

Por tanto, la aludida fascinación, asume cada lexema tal como un cuerpo celeste, cuyos influjos – en su disposición ornamental –, ejercen, sobre el ánima lectural, una impresión, que no es disímil a la del curioso que, inmerso dentro de los deambulatorios de una joyería, se viese cautivo por la singularidad de cada gema.

Consecuencialmente, no inadvertimos que, bajo la esfera del significado, subyace esta sinastría astrolírica, concebida gracias a una mixión de lexemas, cada uno de los cuales, es continente de contenidos plásticos. Así, en la constelatividad de los reseñados contenidos, es asequible develar otras órbitas figurativas, mismas que confieren a la palabra, sentidos asociativos que rayan en el umbral efusivo de la aparente pasividad lectural, tal como si, un autoproclamado flemático, fuese testigo ocular de una algazara de explosiones pirotécnicas.

De esa cuenta, este individuo (flematicio), tras la simulada estoicidad, cuidaría, no sin diligencia de guarecer todo un holgorio de relaciones emotivas, concomitantes a la percepción recibida de cada color, de cada forma, de cada sonido, de las singularísimas estructuras ígneas, etc.

Liminalidad conclusiva.

Monsieur Kardec, ¿Es que al caso, en vuestras ménsulas elípticas, festoneadas de tenebrarios, trípodes y candelabros, vuestros agentes mediúmicos, no fueron cebados por el contrapunzón de la curiosidad, solicitando así a vuestros espíritas uno o varios indicios respeto de la tierra donde la Magia era una religión? Mas, que ello no os desmedre ni ánimos ni sueño. Prosiga su merced la consulta a emperatrices, a duques o, lo que era ordinario, a madres agonales en pos de extraviadas herencias.

Así, existió un clarividente, cuya mácula lútea supera a la de vuestros psíquicos en una medida veritativamente irrisoria y no menos abisal; y sí, coterráneo de vuestra merced, esoterista y artífice al cual los espirita de Hermópolis no tuvieron el más mínimo empacho en conferirle una visión analéptica respecto a usanzas, privanzas y vida proletaria del antiguo Egipto.

Descuide usted señor Kardec, no se moleste en teletransportar a sus epígonos al terruño de Seth pues, ya todo está debidamente circunstanciado a ultranza pictorialista.

Vosotros, autoproclamados egiptólogos, dedicad vuestras pujanzas a bosquejar roídos murales, dataciones, no sin despolvar sarcófagos. Pues, no existe ni ha existido más lígrima y acuciosa descripción entorno a Heliópolis y sus pormenores vernáculos que los que encontraréis en estas páginas: papiros de la Alta Magia de Thoth.

De esta cuenta, en el novelario de las narraciones habidas y por haber, ningún estilógrafo ha alcanzado estas cimeras descriptivas, en donde, como ya se hizo mención, la catálisis subsume a la diégesis y ésta, como un súbdito del dios Apofis, solo puede prosternarse ante la divinidad que lo rige, que lo endilga y que lo hace singlar sobre aguas poco profundas.

Así, queda debidamente broquelado en la substancia de estas páginas, el mirífico arte de poetizar novelando o, si así os gusta; novelar poetizando, pues, cada campo melódico infuso a la estructura morfosintáctica, se encuentra inscrito en la metricidad sintagmática, tras la cual, cada morfema se engarza a un intersticio modélico de musicalidad y plasticidad: la poesía narrada, fascinada y no menos fascinante.

Las hay plumas, la mayoría que,
cansinas, febles y no menos
comprometidas, solo saben
menstruar un bochorno de tinta:
adefesio que esputa sobre
la página en blanco, máculas
de faramalla, úlceras de pacotilla.
Mas, de mortales no es el arte
de poetizar, cuanto que atañe
a las divinidades que, hacen del
Verso lampos que fulminan,
no para herir sino para
Matar.

J:MG


                                                                                                                                                             

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