Le
roman de la momie
Théophile Gautier
Numismática de un esmaltador.
Así como el
melificio, de la prímula o de las veras del solsticio es abejuno prurito, no en
disímil manera el arte pictográfico le es ingénito al plectro pictocromista: aquel
que, no sin solercia el cerdamen del pincel bebe y conculca.
Así, en este magisterio de ordenanzas, la musa
al prurito se asemeja; el lienzo a la naturaleza; el color a la fantasía del
poeta: ávido cada cual por subsumirse como la substancia que dispersa vuelve y
se apareja.
El pintor, tal como
la abeja, obra merced a profusos mitentes, a opimas potencias: color es el
pintor…, su tenor, la escala de tonalidades…, su vilipendio: la ausencia de
solaz para transvasar – como los flogísticos – el espíritu de cromáticas
substancias al crisol de las efigies; y con ello retemplar los helios con la
pátina de sus ensueños.
Escozores de la academia.
Lectores..., vosotros
que en vuestra imaginería – por demás ática y esteticista –, de Melusina el llamado no has eludido…, y
os habéis dejado raptar por sus sutilezas donde, lo veritativo es lo utópico y
lo utópico veraz, se os heredó por virtud de los dioses, la suficiencia de
colorear vuestros avíos con tonos, por demás irrevocables. Cuidad de ese haber,
de suyo sublimante, y vuestro como lo es la caspia del peral a la pera!
Sin embargo, vuestra
loable fantasmagoría, vuestra heurística, aun cuando no dieras crédito, está
siendo oteada desde el minarete de esos supuestos: sentinas de la crítica literaria
y todo el aparato de sus marrullerías. ¿Su procura? Legislar, instituir,
satrapizar, tiranizar los vuelos del Estro. ¿Su premisa? “Hacerse entender”;
“entretener”; “subyugar al lector”.
Empero, ¿de qué
manera? Ah…, pusilánimes economistas de la Musa literaria; vuestra procura no
es otra: “Laconismo temático”; “Diégesis”; “Claridez”; “Escatimar lo
innecesario”…, “lo inútil”; y tras esta brevedad, cautivar no sin proclamar la
positura – por demás egena –, misma que inmola toda belleza en aras de proferir
un mensaje.
Deshonroso no se
sabrá de esta suerte inquirir, ¿a partir de quiénes y de qué periodo se avino
la idea, en sí misma laceriosa, de fosilizar la beldad inherente a la catálisis o arte descriptivo, hasta
reducirla a una mera oquedad imaginista?
A los señores
inquisidores preguntemos, ¿qué es un semantema? Y, no osarán negar que,
constituye un trayecto descriptivo, vertebrado por haces mínimos de distinción,
el cual anima una figura no sin conformar un lexema. Así, dentro de la matriz
lexemática, ¿qué develamos? Una o varias figuras. Sin embargo…, oh ubérrima
miopía de los magistrados literarios: sólo ven desde la lente unimembre de sus
laxos estimados.
Señorío
de la perspicuidad y plasticometría. Catálisis: el fastigio colorista del
fibroma narrativo.
Previo a que, el
narrador confiera la calificación al plectro que le embiste, existe esa
escollera (dóxica), de la cual “la gran minoría” ha optado, no sin estética,
por negligir. Y, apostillo: “gran minoría”, ya que, tal dique es representamen
de un <punto de vista retráctil>, a saber, ‘eso’ que ve dentro del
narrador al escritor, así como, al narrador desde una suerte de previsión.
¿De qué podría
tratarse? Havoé!…, contertulios y potistas, que de las bellas letras abreváis,
pues, no menos y no más que del <lector>: auténtico antagonista del narrateur.
Consecuentemente,
bajo el umbráculo de estas consideraciones, conferidme la venia para cuestionar,
¿es al caso tan sólo vuestro rapto inspirativo ante la “cuartilla en blanco”,
el erial epifánico de Melpómene, o quizá, ante esa página, os abacora la
punción de los legisladores, quienes propugnan el adefesio adscrito al supuesto
del <lector ideal>?
Marimonta de
Terpsícore, vestiglo de Clío, pavura de Talía. ¿Le barruntáis? Ese lector ideológico no es más que el
espectro de la “academia”, cuya avaricia enciclopedista regurgita sus dogmas
ante vuestra probable osadía, ante vuestros preciosos alardes.
Así, su báscula – que
de justiciera no posee el más mínimo nitro –, pretende sopesar el empleo de
vuestras figuras, la orquestación de vuestros sintagmas…; y, si emplazáis color
en demasía a cierta efigie…, si, vuestro daemon
gusta de insculpir los visos con el cincel del anástrofe, sin que así lo
advirtáis, su avidez os desmedra la tinta, os hace tripudiar el stylo, no sin incubarle cuartanas al estro que os embebe.
Y, esta suerte de
abadesa, apestosa a un <clericarismo literario>, despliega sendas
visiones: estólidos lectores pugnando por esclarecer vuestras gemas
tropológicas…, y, si al caso os complaciera, un cónclave de valetudinarios
en morbo fino y
enjutas faces, no sin la veleidad de roedores
de biblioteca,
a los cuales,
vuestras líneas se antojan ofensión contra la ética literaria y, sobre todo,
contra ese patético supuesto de la economía sintáctica, pues, los brotes de
primavera, las exquisitas plétoras de los arcabuzales, les acometen como el
escorbuto a los asmáticos. Y…, les veo apergaminando el rictus no sin arengar
el edicto: “ininteligible”.
Por tanto, que la
pleamar de los cuestionamientos, sea piélago nutricio y no menos frumenticio.
Así, el puntillo de la litomanía nos impele a inquirir, ¿en qué esfera
podríamos encontrar al “lector ideal” en la novelación que nos concierne?
Propiamente, lo
hallaríamos en una suerte de laboratorio donde se apilan las herramientas del
aguafuertista, del esmaltador, del acuarelista, del miniaturista, del escultor.
Empero, es éste un laboratorio delicadamente inmerso en su mismidad, cuyo
compromiso es consubstancial al sentido de lo bello, no sin implicitar un
hermoso, heroico y honroso desdén respecto a las faramallas del mundo
convencional.
Diégesis
o contenido como orla del ornato.
Platón…, cuán opimo
fue tu desacierto, al expatriar a los sofistas del Liceo! Pues, decid: ¿qué son
las palabras sino formas, diagramas de plasticidad donde, otras imágenes
emergen y, de éstas, otras siluetas?
¿Qué podría ser o
representar el supuesto de la realidad sino lexemas, cuyo colorismo anima al
ánima no sin permearle de colores, no sin anastomizar una tonalidad dentro de
tantos otros matices?
Retomémoslo Proust:
<El estilo no es el hombre>, cuanto que, tras la forma del estilo, se
trasluce el estilo en su forma…; ni hombre que valga la forma…, ni criticismo
que pudiese así aprehender su substancia proteica, su substrato musical que, al
resonar colorea, así como al colorear musicaliza.
Así, respecto a la descriptiva, refrendo: es éste el arte de orden mayor cuya penetrabilidad
interdimensionaliza las partículas constitutivas del todo, develando, en
estructuras moleculares, las esferas que, de ordinario permanecen en una nata
atinada subrepción, la cual presupone un rango de ingenio y de riqueza
figurativa.
Así con todo, la física deconstructiva del arte
descriptivo o catálisis, al no tener como fóculo la palurdez de un lector
limítrofe, no da lugar a los intersticios de una feble imaginación, sino que,
nutre el imaginario, tal como la sílice constituye a los cuarzos.
Oh…, decimonónica
Francia: los plácitos de tus “críticos”, desconocen o pretenden ignorar la belleza
de la catálisis.
Sainte-Beuve, ese
fatuo magistrado de las letras, cuyas estimaciones propugnaron la brevedad como
signo inequívoco de talento literario.
Nunca supo apreciar
que, dentro de la arquitecturización de una frase, la métrica sintagmática
comprende, en sus proporciones – debidamente animadas –, unidades cataléticas, mismas que pueden separarse unas de otras, no
sin evidenciar en ello una metricidad
hipo-isotópica, cuya relevancia semiológica vale lo que vale un compositum
poético, puesto que, careciendo de otra unidad fonemática, la urdimbre estructural
se antoja incongruente.
Así, la parte hace al
todo, y no el todo a la parte!
Egipto:
hierocromometría. La espagírica de la Plasticidad.
A guisa de
evocación:…, oh Castelforte, Tiépolo y…, sobre todo, tú, Tizianno, es a vuestro
cristalino a quien – sin albures de erranza –, estas páginas están
auspiciadas…, mas no dedicadas.
Hesitación no me
conturba! En virtud de los grados de complejidad, anegos al topos del tópico,
fue por lo cual, el narrador osó evocar animaciones donde, de ordinario, otra
pluma hallaría ingente yermo. Mas el caso no lo es en Gautier. Sue, lo intentó
en su “desierto polar”; empero, no hubo más que níveos sobre albos y alguna que
otra orla.
Sin embargo, para
este narrateur no representó óbice alguno el hecho de encontrarse en medio de
tan opima aridez, pues, su virtuosismo le sugirió iniciar desde los misterios
hierofánticos, desde el reino de las divinidades: nidal de las gemas, relicario
de las substancias alquímicas, neceser donde se añeja la suntuosidad de esas
virtudes ocultas, anticuario de fórmulas, talismanes y glifos, donde la magia
se sabe la embalsamadora de los píticos caletres, de las acataratadas pupilas.
Así como la puericia
en dulcedumbres se arregosta, son las gemas confituras que a los dioses
embebecen…, y, que no se oculte: ni les incumbe ni les interesa lo que a los
semitas. En la ofrenda descansa lo invaluable, en el gesto, en ese decoro de
suntuosos regodeo, en la proporción infusa a sus ascendentes zodiacales, mas no
así a lo que los mercantilistas estiman como <ponderación en peculio>.
La musa de este
plectro no desatendió tal aspecto; y supo adonizar con la versucia de un
orfebrerista, cada emplazamiento, cada hornacina, tal como si no ignorase que,
en la disposición ornamental de cada gema, de cada engarzamiento, se concilia
esa otra arquitectura, como una sobrenatura o un sobreartificio a cuyo través
discurre sin obturaciones el Kha,
galvanizando nefelismos, humores, talantes, onirismos.
El artífice que
aprecia el artificio, no desconoce cómo opera la musa en el estro que al
artista así embebiera en el rapto de su oficio. No ignora la solercia que en su
mente traspone dimensiones y que le comunica, ya fuese al maderamen, ya al mármol,
ya al basalto, ya estaño o así al vaciado en argento, más que una orden,
aquellos sortilegios que nimban su substancia develando sus metros, sus
sentidos, sus arpegios al saber-hacer
infusos, al hacer-hacer adscritos.
A este respecto, cuán
faraónico se sabe el fóculo gauteriano.., cuánta maestría descriptiva, cuánta
perspicacia sublimativa, pues, el lector se ve instruido por la misteriosofía
descriptiva, misma que consigue detectar los modos de las sutilies obranzas: esos
giros inherentes a la téncnica, la cual, no sin pericia, debió haber empleado
determinado esmaltador al momento de conferir a la obra, un blasón
exquisitamente distintivo.
Así preguntamos, ¿qué
“historia del arte” podría circunstanciar el obrar de esos artífices,
plenamente inspirados por visiones escatológicas, por anhelos de ultratumba?
Sin embargo, el esmaltador-narrador
no ignora las fórmulas artificiosas que,
verbigracia, supieron entreverar, más que los tonos, sus artefactos
sinestésicos, sus abismamientos evocativos, la aritmética inherente a valores
espirituales, que lanzan al ánima hacia denodados quimerismos, hacia nutridos
periplos que, la pericia de su perspectiva comporta ese precioso instante, tras
el cual, el artífice confiere al pincel o cincel, ese ardor cuya nostalgia le
impeliera a bocelar el color o al ébano tornátiles giros, aquistando así el
objeto del deseo, el sesgo, ese mero devaneo, la vírgula de su preciosismo.
<Nefelismo
manierista>…, que sea éste el género develado por nuestra avidez
visionalista, pues, el Manierismo tuvo que haber encontrado su inspiración en
el arte egipcio.
Y es que, no se trata
solamente de la cromaticidad que de la paleta dimana; en manera alguna. Se
trata de colores gemáticos o así, de gemas emulsionadas cuyo potaje posee
virtudes embebecedoras, ello verificable en su decoro mixturativo, el cual
alifa las estancias tal como lo perpetraría una marisabidilla, por demás
hermosa y no menos veleidosa en su esteticismo cosmetológico.
Así, el artificio que
rasga los ojos con antimonio y hace de la mirada un encantorio de profusión
persuasiva, no es disímil a esos lanceoleos esmaltados sobre azores y cornisas,
cuyo efecto transmuta los espacios en relaciones geométricas que prolongan el
sentido de intimismo, tal como si de un artefacto lírico se tratara: segunda
naturación que deifica, que mirifica, que fascina, que subyuga: arquitectura
del color.
Actante de las sublimaciones. Crisopeya de lo
divino.
El tratamiento
inherente a esta novelación, al no matricularse en la dimensión diegética, instituye todo un marco de abstractismo protagónico en la figura
potencial del actante, léase, son
potencias intangibles aunque visibles las que endilgan el dominio accional.
Así, todo cariz
etopéyico o emotivo, posee una profusa correlación con la proporción de los
ornamentos, con esa diagramatología infusa a la parafernalia de los colores,
con la goetia de la tonalidades, tal como si, una cromotelepatía hirmara sus
aferes dentro del ánima de los personajes, transfiriéndoles una itinerancia humoral,
de la cual, los sentimientos representasen el resultado de las combinaciones
aludidas, del influjo hiperrealista de esa supranaturatividad, de la cual se
sabe imposible escapar.
Oh…, José María,
conculcador sublime de las suntuosidades, a ti para quien la orfebrería
literaria representó inexpugnablemente, más que prurito, pignoración y
regodeo..., ni todas las gemas que tus ancestros substrajeron del imperio Inca,
hubiesen tan siquiera colmado el más mínimo relicario del dios Thoth.
Así, no es
displicente apreciar ese influjo propiciado desde la ornamentalia hasta los
caracterismos: el humor femíneo, casi lunaticio en felinos lenocinios,
sobrenaturado, no sin exaltarse, hendíase en esos onirismos de la ensoñación,
tal como Odiseo sin advertirlo, yacía bajo el sortilegio de dios que le
mantenía en vilo. Aquí, la belleza se ve expatriada del subjetivismo: objetiva
y sin objeción, la hermosura descansa en los objetos: monumentos erigidos a la
madre Fantasía.
Ah…, cosmetólogos de
Bástet, maquillistas de Háthor, vuestro artificio fue crisopéyico nepente,
precursor de toda cosmetología. De este tenor, cabe inquirir, ¿qué visaje
derrengado por insomnes cuartanas, resistirse así podría a ese pictorialismo,
el cual, más que velar, confería a las facciones, aguzamientos sin cotejo, tras
los cuales, lo cansino devendría galvanismo, lo anudrido, aspaviento asaz
divino, que imponía a las miradas venerandas veleidades que prosternaban y
celaban?
En manera alguna,
monsieur de La Bruyere! En los ágapes preciosos,
los afeites alifaban la expresión de algunas líneas, el spleen, las fatigas…,
y, al ánima mermada adonizaban no sin ministrar rubores, haciendo de un
triptongo oxítonos singlares, bordeando los sintagmas y deludiendo no solo a
los oídos, sino a esas máculas que escanciaban las miradas.
Sublimaciones
heterodiegéticas.
Permitid a este ufano
caletre, oh baluartes de la crítica literaria, demeritar toda esa bazofia de la
cual habéis hecho la comidilla de tertulias, no sin enguirnaldar una ensarta de
laureles sobre testas acometidas por la doxa de salón.
Habéis laureado y
galardoneado a los arlequines, a los opimos entretenedores, aquellos misérrimos
surtidores de opio, que gustan de conferir sus píldoras al imaginario apestado
con la insuficiencia del auténtico nefelibata, del lector-artífice que, de
ordinario gusta de leer poco y crear mucho.
De esta guisa si…,
ayunos a todo ese dogma academicista, esclarecer lograses que, leer, allende decodificar trayectorias
sintagmáticas, comprende – es esencia – sentir, soñar, ver, oír, paladear y
palpar, pues, en la sola percepción preexiste un lenguaje subrepticio, carente
de lexemas mas no de hierosemas, elucidarias que, el ánima nunca se divorcia de
este desempeño intraelocutivo y protolexmático.
Así, lo que vuestros
santiscarios denominan “realidad”, no es
menos y no es más que un aguafuerte, un esmalte, una pintura, en cuyas
contexturas, son precisamente vuestras <celdas
conceptuales>, las que os impiden gozar del frútice cromático, de esas
proporciones coloridas, de los deleitosos pringores coloristas que vuestra
ofuscación mistifica.
De manera tal…, oh,
señores roedores del supuesto
frástico, leer es escribir, así como escribir es leer, leer las partituras del
ánima naturada; y en manera alguna este arte escritural podría reducirse al
vaniloquio de “decir”, empero sí cantar mas
no contar, cuanto que, resonar, musicalizar todo eso que ya está estilografiado
y expresado en Natura.
A esto todo, acotar
quilates de perspicuidad se sabría por demás precelente, pues..., decidnos oh,
baluartes de la diégesis, ¿cuál podría
ser el tema de la miel sino la
dulcedumbre consubstancial a su descriptibilidad?
Por tanto, insensato
no es inquirir, ¿sobre qué versa – en esencia – un relato, sino sobre la
substancia propia de su narratividad,
cuyo fundamento crucial no lo es otro que aquello que yace descripto? Puesto
que, si todo aquello que está escrito dimana de la intensión expresiva y ésta
de un emporio plástico de aplicabilidad morfosintáctica…, entonces, lo que se
expresa en lo escrito, es lo musicográfico evocativo.
En la ordenación de
estos argumentos, apostillamos que, la academia, en todo el aparato de sus
gazmoñerías, mistifica el sentido atinente al arte de saber leer, el cual
tenemos el tino de intitular <logodiagrama-esteticometría>.
Así, este arte no se
desempeña en el desacierto de procurar cerrar la integración diegética o, lo
que se elucida como “apropiarse del contenido”, como si asequible fuese tal
empresa, pues, no ignoramos que, el continente del contenido literario, no
estriba en la suficiencia racional del lector, cuanto que, en una sutilísima
relación sintáctica, conllevada entre los atributos plásticos (del lexema) y
sus coordenadas endosemantémicas.
En otros términos, “el
contenido” – tan intrascendentemente ansiado por conculcar – nunca termina de
desenvolver su quididad, ya que, ésta se estructura y constituye en un todo
suprapersonal y no menos evocativo: vínculo activo y actantivo cuyos vértices
asimilativos, subyacen el entramado morfosintáctico.
A este respecto, todo
aquel que se autoproclamase “estudioso de las ciencias literarias”, no
inadvertiría que, del supuesto diegético,
dimanan sendas y no menos insospechadas derivatividades, tales como <el asunto>,
<el motivo totalizador>, <el tema>, <el leive motive>, etc.
Por tanto, ello da
mostranza de lo anteriormente reseñado, ya que, el contenido, no puede menos
que sintetizarse en diversos marcos semánticos, de los cuales, la síntesis de las síntesis, termina
arrojando complexiones religadas al plano de la plasticidad, el metro intraestrófico, la armonía y,
sobre todo, la musicalidad.
La belleza como contenido absoluto, finalidad
y Principio.
A vosotros, cicerones
de la mojigatería literaria, os conmino a que deis responso a este inquirir.
¿Podría al caso ser el contenido de un perfume, la substancia donde, no sin
mixión se mera la algália, el pachuli, el sándalo y el almizcle…, o así, la susecividad sinestésico-evocativa que dimana de su nitro?
Emanativa, sutil y
evanescente es la belleza odorífera del perfume…; empero, bella para el ánima
que no desposee atributos de beldad inmanencial, pues, careciendo de esta
suficiencia espiritual, inexiste lo bello y sobresale un adefesio
conceptualista que, se reduce a su proclamación respecto a su belleza fragante
(delicia), mas…, no le posee.
En la ordenanza de
estos motivos, el narrador de esta novelación, no sin prodigio, ha obrado al
esmaltar los decursos descriptivos, mismos que logran catalizar la diégesis: y
ello se sabe meritorio de una nada nimia mención, ya que, apertura un portal
hacia otros sentidos de contención
semántica, de síntesis semiológica.
Así, si no ignoramos
que, ‘la productibilidad semantémica’ o así, la substancia significacional, corresponde al específico
emplazamiento de lexemas, sobre y dentro de una trayectoria iterante y no menos
isotópica, sabremos entonces fruir de este arte, merced, precisamente, a la
organización de las disposiciones que su tenor poético estructura, así
extremando un hemisferio semántico, tras el cual, las correspondencias
semiológicas entraman una esfera de significación, cuyo orden escapa del mero y
burdo formalismo temático.
De este tenor, un
análisis semiótico develaría la existencia, tanto en el plano superficial como en el
profundo, una exquisita dimensión en cuyos fueros gramaticales, cada estado se vincula a <fórmulas
traslaticias> de un sentido artificioso en proporciones sublimativas, dentro
de las cuales, los agentes actanciales,
consolidan complejos figurativos.
Así, estos complejos, van en pos de lo que denomino <astrología fascinativa
lexematroestrófica>.
Por tanto, la aludida
fascinación, asume cada lexema tal como un cuerpo celeste, cuyos influjos – en
su disposición ornamental –, ejercen, sobre el ánima lectural, una impresión,
que no es disímil a la del curioso que, inmerso dentro de los deambulatorios de
una joyería, se viese cautivo por la singularidad de cada gema.
Consecuencialmente,
no inadvertimos que, bajo la esfera del significado, subyace esta sinastría astrolírica, concebida gracias
a una mixión de lexemas, cada uno de los cuales, es continente de contenidos
plásticos. Así, en la constelatividad de los reseñados contenidos, es asequible
develar otras órbitas figurativas, mismas que confieren a la palabra, sentidos
asociativos que rayan en el umbral efusivo de la aparente pasividad lectural,
tal como si, un autoproclamado flemático, fuese testigo ocular de una algazara
de explosiones pirotécnicas.
De esa cuenta, este
individuo (flematicio), tras la simulada estoicidad, cuidaría, no sin
diligencia de guarecer todo un holgorio de relaciones emotivas, concomitantes a
la percepción recibida de cada color, de cada forma, de cada sonido, de las
singularísimas estructuras ígneas, etc.
Liminalidad
conclusiva.
Monsieur Kardec, ¿Es
que al caso, en vuestras ménsulas elípticas, festoneadas de tenebrarios,
trípodes y candelabros, vuestros agentes mediúmicos, no fueron cebados por el
contrapunzón de la curiosidad, solicitando así a vuestros espíritas uno o varios indicios respeto de la tierra donde la Magia
era una religión? Mas, que ello no os desmedre ni ánimos ni sueño. Prosiga su
merced la consulta a emperatrices, a duques o, lo que era ordinario, a madres
agonales en pos de extraviadas herencias.
Así, existió un
clarividente, cuya mácula lútea supera a la de vuestros psíquicos en una medida
veritativamente irrisoria y no menos abisal; y sí, coterráneo de vuestra
merced, esoterista y artífice al cual los espirita de Hermópolis no tuvieron el
más mínimo empacho en conferirle una visión analéptica respecto a usanzas,
privanzas y vida proletaria del antiguo Egipto.
Descuide usted señor
Kardec, no se moleste en teletransportar a sus epígonos al terruño de Seth
pues, ya todo está debidamente circunstanciado a ultranza pictorialista.
Vosotros,
autoproclamados egiptólogos, dedicad vuestras pujanzas a bosquejar roídos
murales, dataciones, no sin despolvar sarcófagos. Pues, no existe ni ha
existido más lígrima y acuciosa descripción entorno a Heliópolis y sus
pormenores vernáculos que los que encontraréis en estas páginas: papiros de la
Alta Magia de Thoth.
De esta cuenta, en el
novelario de las narraciones habidas y por haber, ningún estilógrafo ha
alcanzado estas cimeras descriptivas, en donde, como ya se hizo mención, la catálisis subsume a la diégesis y ésta, como un súbdito del
dios Apofis, solo puede prosternarse ante la divinidad que lo rige, que lo endilga
y que lo hace singlar sobre aguas poco profundas.
Así, queda
debidamente broquelado en la substancia de estas páginas, el mirífico arte de
poetizar novelando o, si así os gusta; novelar poetizando, pues, cada campo melódico infuso a la estructura morfosintáctica,
se encuentra inscrito en la metricidad
sintagmática, tras la cual, cada morfema se engarza a un intersticio modélico de musicalidad y
plasticidad: la poesía narrada, fascinada y no menos fascinante.
Las hay plumas, la
mayoría que,
cansinas, febles y no
menos
comprometidas, solo
saben
menstruar un bochorno
de tinta:
adefesio que esputa
sobre
la página en blanco,
máculas
de faramalla, úlceras
de pacotilla.
Mas, de mortales no
es el arte
de poetizar, cuanto
que atañe
a las divinidades
que, hacen del
Verso lampos que
fulminan,
no para herir sino
para
Matar.
J:MG
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