La vida como alegoría de la muerte










La vida como alegoría de la muerte[1]
Obra teatral en un acto.
Mario Castañeda








A Albert Camus, por sus reflexiones.


Escena de la muerte en la película El séptimo sello, de Ingmar Bergman. AB Svensk Filmindustri, 1957.

Personajes
El espíritu: (Es invisible. Una voz oculta.)

La muerte: (Un ser alto, robusto con cuerpo de hombre-mujer, vestido de negro profundo  y el rostro negro, irreconocible.)

El hombre: (una persona vestida igual que la muerte. Alto, delgado y con maquillaje blanco pálido en el rostro.)

La mujer: (una persona vestida igual que la muerte. Alta, delgada y con maquillaje blanco pálido en el rostro.)

Decorado
Una sala de teatro obscura, cubierta en sus extremos con tela negra. Dos bancos y dos mesas de madera rústica para el hombre y la mujer. Las dos con un vaso de agua sobre ellas. Al fondo del escenario, un árbol de ramas largas sin hojas ni flores. Detrás de él, una luna llena oculta por nubes negras. Una soga cuelga de una de las ramas.

Acto único

(Al comenzar la obra, el hombre y la mujer aparecen por los extremos de las butacas. Dos luces se encienden y permiten apreciar cuando ingresan por los lados, y, gradualmente, se apagan conforme se encaminan al escenario. Al encenderlas de nuevo, el hombre y la mujer han avanzado tres pasos y están quietos. Se apagan nuevamente. Se vuelven a encender y han caminado tres pasos más. Se quedan de pie. De nuevo se apagan y encienden las luces habiendo caminado cinco pasos y se muestran sobre el escenario. La sala en completa obscuridad. Progresivamente, dos luces alumbran al hombre y a la mujer de manera individual. Son luces tenues que aumentan conforme la intensidad de la conversación lo demanda, una vez estén sentados. Habrá tres personajes vestidos como la muerte que ingresarán a las butacas al estar las luces apagadas, sin ocultar sus rostros. Al final de la obra, cuando las luces se enciendan, su presencia silenciosa será parte del impacto visual del contenido en el público.)

Abre telón
El espíritu

(Muestra su presencia con sonido de viento como fondo. Habla en tono firme y sombrío. Anuncia la invitación a sentir mientras baja la fuerza del viento y queda su presencia en el ambiente durante toda la obra, con bajo volumen.)
¡Sentid! ¡Dejad que la piel se erice! ¡Que los párpados no confabulen para evadir el espectáculo! ¡Permitid que los labios absorban el frío para agrietar su calma silenciosa! ¡Tragad saliva mientras el corazón se agita! ¡Cuestionad los saberes acumulados, asumidos, no reflexionados! ¡No despreciéis ninguno de los enigmas pues en ellos está la razón de existir y de morir! Habéis encontrado en esta sala el camino que va del temor a la certeza, y de esta a la incertidumbre y, probablemente, a descubrir lo que ya he vivido. Vinisteis por decisión propia, (completa la oración en tono suave y más bajo, como una helada caricia) en apariencia. Saldrás de aquí por ella, (completa la oración en tono suave y más bajo, igual que la anterior, con una helada caricia) ciertamente.

(El hombre y la mujer están parados. El hombre se sienta. La mujer lo ve con discreta curiosidad.)

La mujer:
¿Apremiado por algo?

El hombre:
(Gira el rostro despacio hacia la mujer. Ausente.) No entenderías. (Curioso.) Pero… ¿quién eres tú?

La mujer:
Soy. Con eso basta.

El hombre:
(Enfático.) ¡Algún nombre tendrás!

La mujer:
Eso es lo de menos. (Cuestionando.) ¿Importa más un nombre que lo que se es?

El hombre:
(Desconcertado.) No lo sé. Me enseñaron a responder por un nombre, por el mío.

La mujer:
¿Es tuyo o te lo han impuesto?

El hombre:
¿Hace eso alguna diferencia?

La mujer:
Tanto como si tuvieras que cambiarlo. Y aun así, podrías elegirlo siendo consciente de ello, más no escaparías a que es un legado de algún tiempo de la historia, de un país, de alguna vida o de una muerte.

El hombre:
(Confundido.) ¡No entiendo! Y de ser como dices ¿tiene alguna relevancia?

La mujer:
No importa si la tiene. Es, y eso es suficiente. La relevancia no la das tú sino la inventan los demás para hacerte creer en algo, para legitimarte.


El hombre:
¿Quieres decir que existir es solamente ser el espejo de los demás?, ¿nacimos únicamente para morir?, ¿y qué pasa con los sentimientos de alegría, de rabia, de tristeza, de esperanza, de amor, de dolor, de ira?, ¿y los deseos?, ¿no son los que te hacen vivir?

La mujer:
(Con certeza.) ¡Y también morir!

(La mujer se sienta en el banco. Observa a su interlocutor,  erguida e inclinada hacia él,  posando el brazo derecho sobre la mesa. La muerte se asoma por el fondo del escenario. Se queda de pie escuchando atentamente.)

El hombre:
(Medianamente angustiado pero con interés.)  No creo que así sea. Prometí amar ciegamente las cosas y personas que más me importan.

La mujer:
(Exclama en tono de burla.) ¿Prometiste amar ciegamente? ¡Entonces no amaste! Simplemente forzaste, obedientemente, tu vida por la de alguien o algo más. (Bebe todo el vaso de agua. Se escucha un golpe seco al asentar el vaso sobre la mesa.)

El hombre:
(Absorto. Inclina levemente la mirada, llora y solloza. Bebe apresurado medio vaso de agua. Interroga.) ¿En verdad me crees tan miserable como para no vivir por mi propia cuenta?

 (La muerte se asoma lentamente y se ubica en medio del hombre y de la mujer. Se queda de pie. El viento aumenta y vuelve a quedar de fondo.)

La muerte:
(Piensa en voz alta con el rostro hacia el público, serena y sombría.) Egregia soy. Mi canto es una voz que, paulatinamente, sucumbe a la vida. Yo soy la vida en tanto permito que la humanidad actúe en este teatro llamado realidad. (Permanece inmóvil.)

La mujer:
(Sonriendo sin temor alguno y dirigiéndose al hombre.) ¿Escuchaste? El viento ha hablado. Es la voz de la muerte. Es la voz de la memoria de los muertos.

El hombre:
(Atormentado y agitado.) ¿Qué es eso?, ¿por qué tanto frío?

La mujer:
(Sarcástica.) ¿Ves?, ¿te atormentas por algo fuera de tu alcance?, ¿dónde está tu fuerza para vivir por tu propia voluntad?

El hombre:
(Nervioso.) No… no, no te burles de mí. No comprendo esta… esta…. ¡Bah! (Alterado.) ¡Lo que sea!

La mujer:
¡Claro que no comprendes! El miedo con el que te han abrazado es más fuerte que tú. ¡Tu padre y su autoridad! ¡La opulencia de tu madre y su edulcorada apariencia! ¡Los caprichos de tu hermano! ¡La rebeldía de tu hermana que siempre admiraste y nunca lograste imitar! ¡Esa mujer que dominaba tu cuerpo con su miel y tu corazón con su hiel!

El hombre:
(Agitado.) ¡Calla! ¡Calla, mezquina! ¡Te alimentas de mi desdicha! (El llanto aumenta y él cae lentamente al suelo.)

(La muerte se aproxima al hombre. Se para frente a él. Lo observa. Se inclina posando la pierna derecha sobre el suelo y pone su mano izquierda sobre la frente. El viento aumenta en el fondo. Baja de volumen y permanece.)

La mujer:
(Exigente.) ¡Espera! Tienes la ventaja. ¿Provoca mayor placer tomar entre tus brazos a un débil?, ¿a ese infeliz que no tiene más horizonte que las lágrimas? ¿Por qué no te atreves a tomarme?

La muerte:
(Gira su rostro hacia la mujer y con voz grave y lenta se pronuncia.) ¿Te atreves a desafiarme?, ¿quién eres tú para cuestionar o dirigir el destino de este o cualquier otro mortal, y más aun, para usurpar mi fría morada?

La mujer:
Soy la certeza de lo que anhelas, de tu labor. ¿No ves que estoy proclamando mi último suspiro para convertirlo en la niebla que respiras?, ¿no te das cuenta que mi mirada añora perderse en esa ausencia de luz en tu rostro?, ¿acaso no deseas atravesar mi cuello con el frío y opaco filo de tu guadaña? Es más: a veces quisiera tomarte y no dejarte continuar. Morirme matándote. Pero es imposible.
(La muerte aleja su mano del hombre viéndolo con desdén. Se pone de pie y observa atenta a la mujer.)
La mujer:
(Desafiante.) ¿Te asustas?, ¿mi fuego prometeico, cual insurreccional lobuno, hiere tu prestigio?

La muerte:
(Serena y lúgubre.) Osas rebelarte contra ti, y no te das cuenta. No te percatas que te das contra la eterna pared. Eres contra natura. (Franca y sin rodeos.) ¡Y no, no me place tomarte!... por ahora. ¿Sabes? Alguien escribió una vez: “La única rebeldía coherente es entonces el suicidio”[2]. Mis palabras están dichas.

La mujer:
(Ofuscada y retadora se dirige a la muerte.) Pues si tu voluntad es tan frágil, heme aquí frente a este árbol frondoso, pleno de vacío y de cuyas ramas florecen tristezas como tributo a la noche. (Impositiva.) ¡Mira! ¡Mira cómo las nubes negras dan paso a nuestra amada! Esa falsa luna cuya luz no es propia pero la embellece. Está repleta de enunciados que solo el universo entiende, y sin embargo le tributamos palabras, latidos, lágrimas y anhelos solo para no confrontarte. Para huir de ti. 

La muerte:
(Serena y con autoridad.) ¡Te equivocas! Tu lengua desnuda en contradicción los reclamos que haces a este hombre que yace tirado entre su podredumbre. Repito: ”mis palabras están dichas”.

(La mujer, en pleno desafío se acerca a la mesa y toma el banco. Se aproxima al árbol, lo coloca bajo la soga, se sube en él e inserta su cuello para colgarse. Aprieta la soga. Su corazón está agitado. La mirada se dirige al hombre en el suelo. Vuelve la misma hacia la muerte con airada intencionalidad de venganza. Tambalea el banco y su cuerpo patalea mientras sus brazos y manos se agitan sin rumbo alguno. Después de unos cuantos granos de arena caídos de dentro del reloj de la muerte, el silencio habla con su profundidad.)

La muerte:
(Cadenciosa y en silencio camina hacia la mujer. Se detiene y habla con calma, suspirando.) No escuchaste mi sentencia. Creíste sobreponerte a mi ausencia y presencia, a mi oficio. Yo fui en ti: tu rebeldía se llamó suicidio.

(La muerte abraza al cadáver y vuelve a ver al hombre. Este, se encoge como abrigando su alma del frío, del miedo y de lo que observa. Llora. Las luces se desvanecen. Aumenta el volumen del viento. Baja y queda de fondo. Al terminar de hablar el espíritu, desaparece.)

El espíritu:
Habéis visto y sentido cómo a su paso la única certeza en este mundo triunfa. Dejad, pues, las pretensiones que os han incrustado a través de la familia, la palabra, la religión, la educación y el dogma. Aceptad la única verdad que os hará libres. Dependerá de vosotros si al tocaros os emancipa en la eterna obscuridad. Hoy no podréis ir en paz.

(La sala queda en total obscuridad. Se encienden las luces y los tres personajes entre las butacas, vestidos como la muerte, voltean a sus lados para, silenciosamente, inclinar su rostro como salutación a la concurrencia.)

Cierra telón









[1] Este escrito ha sido signado por las siguientes obras literarias: Camus, Albert. Los posesos. Madrid: Alianza Editorial, 2004; Camus, Albert. El hombre rebelde. Madrid: Alianza Editorial, 2005. Tercera reimpresión; Solórzano, Carlos. El crucificado, 1957; Casona, Alejandro. Farsa y justicia del corregidor, 1970. Por las canciones “Of the Sleep of Ishtar”, de Karl Sanders, CD: Saurian meditation, Relapse Records, 2004; “Gate I”, “Gate II”, “Gate III”, “Gate IV” y “Gate V”, de Necros Christos, CD: Doom of the occult, Sepulchral Voice Records, 2011; “Apotheosis to thy call beyond the stars”, de Abbysum, CD: Thy call, Southern Hellish Productions, 1998; “Nihilist”, de Aquilus, CD: Griseus, 2011; “Marche funebre”, de Candlemass, CD: Nightfall, Active Records, 1987; por la película de Ingmar Bergman, El séptimo sello, AB Svensk Filmindustri, 1957, y por el suicidio del familiar de una persona conocida. Agradecimientos al filósofo Luis Fernando de León y a la fotógrafa Ana Cecilia Cóbar Falla, por sus comentarios y sugerencias a este texto.
[2] Camus, Alberto. El hombre rebelde. Madrid: Alianza Editorial, 2005, pp. 40.



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Visibilidad del acontecer. El imperativo actancial.

Para el lector-espectador cuyos refinamientos asimilativos, se encuentren en la idoneidad perceptiva, la constitutividad infusa a la ambientación se aspecta crucial para una aproximación estéticamente mesurativa.
A este respecto, es el fondo la matriz en virtud de la cual el acaecer posibilita su realización. Y, por tanto, en este caso, así como las obras del arte dramatúrgico, el fondo constituye el foco que facilita la visibilidad: el esclarecimiento de los desempeños actantes.

En el substrato de su cualidad aproximativa, la temperie o fondo, más que representar, simboliza o alegoriza la desenvoltura de una actuación. Empero, esta modalidad de vinculación actante, en sí misma se inscribe en un ente personificativo, pues, concibe el valor calificativo para que los personajes (animados) extremen su hacer.
De esa cuenta, la expresión, en su vértice virtual o potencial, se encuentra como enovillada o embrionizada en el fondo, y por lo tanto, este cariz conceptivo matricula al ambiente como un personaje arquetípico, del cual surge la expresividad (al través de los personajes secundarios).

De acuerdo a estas estimaciones, el suceso merced al cual, la resistencia espacial se destruye para construirse en un modelo  diacrónico-circunstancial, representa el logro del fondo como desenvolvimiento primordial. Por tanto, se edifica desde un adentro pre-existente (considerado como vacío) para conformar la suficiencia dentro de su <<horno alquímico>> donde se establecen las substanciaciones, más que líricas e ideológicas, fonomatográficas, a saber, la quididad o esencia de la expresión.

Conforme a ello, esta suerte de concepción anabólico-catabólica, da lugar a la corporización de los trayectos sémicos y su articulariedad fonológica y fonográfica, sirviéndose de las vehículas personificativas o personajes: articulación que es efectiva vertebrándose a través de la voz.
Así, esta voz (logoi) o basamento elocutivo de la obra, se difracta en cinco dimensiones discursivas, una de las cuales, y por tanto, la de mayor envergadura se instituye en el aludido fondo.

<<De una de las ramas cuelga una soga. Oculta por nubes (negras), una luna llena. Sin flores y sin hojas, al fondo (del escenario) un árbol. Sobre ellas los dos con un vaso de agua. Para el hombre y la mujer, dos mesas de madera rústica. En sus extremos cubierta con tela negra, obscura, una sala de teatro>>.


El estrato de la expresión. Lo que dice.

Sobre el reseñado fondo actancial, subyace un fondo más sutil y menos denso, cuya consistencia con-forma la substancia expresiva, a saber, lo que debe- decir,  y por tanto, lo que puede- decir y sabe- decir: la voz.

Tras estas concernencias, la artuiulariedad elocutiva y sus procesos fonmatográficos, se encuentran en una anterioridad-ulterior, en un más allá de lo constituido por conjunciones y ecuaciones sémicas y semantémicas o bien, por sus niveles de  morfosintaxis significante. Así, al drama en cuestión, le es más precioso la forma dicente que <lo que se dice>. ¿Por qué motivo? En la forma dicente coexiste la capacidad de expresión; y, como suficiencia elocutiva, el lector-espectador y oyente, en virtud a las alotropías fonológicas, construye su propia endosfera métrica, el compás fundamental.

Consecuencialmente, el decurso expresivo propala fu plasticidad pictórico- fonematémica, haciendo factible que, el imaginario confeccione las figuras sonoras, esas secuencias ideáticas cuya acústica es responsable de la acentuación, tono, tesitura y modulación de la representación. De manera tal, aquí el arte dramatúrgico encuentra inadvertidamente su estructura profunda, léase, el dispositivo articulativo donde, los rasgos mínimos de sonoridad distintiva organizan la <substancia acústica>, sin la cual, sería sencillamente inasequible erigir el parámetro intencional de la voz o lo que dice específicamente desde un módulo ideológico: la intensión de traslucir las figuras conceptuales.

En este ordenamiento develativo, la obra aquí escrutada es continente de un contenido fonogramáticamente ubérrimo en sonoridades, cariz tras el cual, el organismo sémico de haces mínimos de sonoridad articular, prohíja dentro de sus órganos fónicos toda una arquitectura fonológica digna de reseñarse.

De este jaez, en la sola sonoridad pre-lexemática (pre- lingüística), el espectador, antes de verse inmerso en la urdimbre del argumento, “se ve” subsumido por la forma sonora, por esa geometría acústica, misma que, despliega secuencias descriptivas de sucesos fónicos, mediante los cuales, la audición se entroniza sobre cualquier esfera sensoperceptiva. Por lo cual, la arquitecturizacion morfosintáctica es aéreocriptográfica, léase, representación de notas aéreas (musicales) en valores grafías sígnicas de naturaleza fonemática.

Y, análogo a la sinestesia fomentada por matices musicográficos, la audición genera una mitósfera evocativa, en la cual, la vibración sónica maternaliza sus progenies imágicas, metatextuales, es decir, figuras nacidas de sonidos y no así de traslaciones sintácticas, figuras emergentes de la sonoridad y, consecuentemente, ajenas al tema tratado, y sí, imbuidas de un subjetivismo imaginero. En este sentido, la riqueza de esta composición estriba en esa suficiencia de fusionar figuraciones sonoras con aspectos repercucionales, religados íntimamente al fuero interno del espectador-escucha y lector.
Por tanto, la organización de figuraciones conceptuales, es decir, el mensaje, supedítase a un tercer plano y no por ello de menor valía, pues, desmontando este mensaje, ¿qué encontramos?

Lo que se evidencia a manera de embrionato de la representación conceptiva no es más que una organización morfosintáctica, misma que es consecuencia de un motivo menos propincuo y más profuso,  a saber, la causación fonológica, la disposición de estructuras vibratoriales matriculadas en trayectorias vocálico-silábicas: lugar donde alborece la metricidad por excelencia, el supra-mensaje, eso que dicen las palabras antes de nacer como grafemas y morfemas.

Transcripción fonológico-fonemática.

 “Ha-bé-is/ en-con-tra-do/ en es-ta/ sa-la/ el cam-i-no/ que v-a/ de-l/ t-em-or/ al a/ in-cer-te-za…”  

El modo optativo inferencial inherente al primer módulo sonoro, esclarece fonológicamente, un arpegio a cuyo través, la primera consonante, en su lateralidad inhalativa, da lugar a un deslizamiento labiodental, cuya acentuación nasal produce una ordenanza dinástica, de exquisita sonoridad.

Consecutivamente, este fonema asciende a través de un pespunte nasal de encapsulación linguopalatal, que cierra su crisálida sonora en una oclusión, genitora de un cariz obscuro propio de la solemnidad.

En la prosecución de este prolapso, se hace evidente la eteriedad o anabiosis nasal, a guisa de una resonancia, característica de aferencias linguoalveolares, cuyos sucesos generan cierto regolfamiento cuyo valor sonoramente más relevante estriba en represar la fonación vibrátil.

Sucesivamente, el blasón refractivo consubstancial al fonema siguiente, se descierra en una apertura líquida donde, la horizontalidad vocálica estampa acústicamente primacías laterales, a cuyo través, el alófono <<”l”>> se inscribe en una suerte de amortiguamiento sonoro. Así, esta amortiguación pareciera catapultar una fonematría oclusiva de factura linguoalveolar y sorda, simetría que, en sus cuatro sílabas desciende, tal como si onomatopéyicamente materializara la figuración de una andanza.
Subsecuentemente, la rúbrica sonora se apertura mediándose merced a una vocal abierta, despliegue cuya latitud se abre aún más endilgándose con otra vocal abierta. Así, este panorama acústico, vuelve a enovillarse pontificándose mediante un fonema labiodental, para luego cerrarse merced a una sílaba obturada, resonancia que colinda con cierta complejidad en la tangecia labiodental, así concibiendo un momento de vibración múltiple y sonora. De esta manera, la abertura vocal se labiopalatiza, vuelve a destruir la resistencia molecular del viento sirviéndose de otra vocal amplia.

Así, desde esta amplitud fonológica, el siguiente fonema constituye una plasmación nasal linguodental sonora, misma que substancializa al fonema sucesor de traza sonoro-vibratorial y multiplicio.

/àBeįsénkotradœnlàşàlaelkàmînô/kębadèltèmoralâqèrteqâlâinqértîdümbręãl_lā…/

Queda así nielado el trayecto fónico-fonemático, permitiendo apreciar acústicamente la musicalidad inherencial a una notación, en sí misma, escabrosa, diríase, colmada de escarpas líricas o respingos de corte sombrío, lejano y no menos frío.
Por tanto, esta excursibilidad fonográfica equidista, sin óbice alguno, con esas elocuciones grimoriales; y, cónstale el hecho de su transcripción, pudiendo así homologarle con los antiguos grimorios teutones.

Anulatividad personificativa. Más acá de los personajes.

La ecuación no se sabe presunción, cuanto que, síntesis asimilativa de la voz en las expresiones. De acuerdo a esto, los personajes se con-figuran, se en-carnan en correlación simbiótica con la substancia expresiva, y no lo contrario.
Así, a la voz le es menester magisterios de internunciación, léase, módulos articulares para consumar su imperativo fonológico tal como si de plexos acústicos se tratara.

A fin de diafanizar la complexión modélica atinente a las difracciones de la voz, se precisa dar mostranza de su estructura fónica de proyección receptiva y recepción proyectiva.






Complexión de narratividad

Necesidad Expresión Fondo Substancia expresiva Elocución

Espíritu-Muerte                                                               Mujer-Hombre
                                                                     
Mitente                                                                Reflejo sintáctico de expresión

                                                                 
Instigación                                                                       Disuasión persuasiva


La interdimensionalización nunciativa

Tamízase en suma favorable al interés escudriñativo, la transparentación que devela al espectograma elocutivo a manera de dimensiones interpuestas promanadas de la verbalización.
A este respecto, la indagación esclarece lo siguiente. El fondo, la muerte y el espíritu más que contexturizar el ser de personajes exógenos o exteriores, constituyen voces mitentes explicitadas desde una singular internalización inmanente al protagonismo de la personificación, a saber, la entidad que figura los personajes. Es decir que, estos agentes (internos), convocan y fomentan una verbalización supra-humana, mas, humanizada en el fueron íntimo de las personificaciones.

En atención a esto, es sentido atributivo de la voz triséfonal (fondo, muerte, espíritu), es realizable toda vez califica la articulariedad humana, para discurrir excursivamente. Así, consecuentemente y no menos paradójicamente, esta voz embrionizada en su espectralización, es responsable de construir los ejes de significación respecto a la diacronía sincrónica del protagonismo que, en esencia ministra un solo personaje.

El andrógino megafónico.

A fin de dar notoriedad entorno a la riqueza estructural del drama en cuestión, preciso es demostrar la fracción modélica en virtud de la cual, el aparente viso constitutivo del dúo protagónico, emblematiza una mera desenvoltura matemérica.
Por tanto, el fondo en el espíritu y éste internunciándose en la muerte, se inscriben en la vertiente de un mitente o agente persuasivo, por demás poderoso, mismo que pervive dentro de la orabilidad locutiva: mujer-hombre.

Consiguientemente, la encarnatización de la ya reseñada voz trifonal, se optimiza gracias a la constitución andrógina, respectivamente, lo femenil en lo viril y lo viril en lo femenil, de cuyo aspecto personificativo, le mujer y el hombre, más que plenipotenciar valencias actantes, representan desempeños expresivos religados.

Por lo cual, ambas verbalizaciones sintetizan la potencia inherencial a la voz trifonal, tal como alegorización de dispositivos contractuales manifiestos en el desempeño fonológico del personaje hombre-mujer. De acuerdo a ello, la voz trifonal, significada en la muerte, estereofoniza su elocutividad, disuasiva y persuasivamente, desde el punto focal de una visión a doble registro en la primera persona reivindicativo, con ello logrando calificar la posibilidad semántica, instaurada en dos planos de significatividad expresiva.

En relación a estas modulaciones, ambas voces manifiestan discursivamente a la muerte, en su exposición femínea y masculina, más que pontificada por un factor de propósitos tajantes, por una visión fonogramática de naturaleza lúdica, misma que retoza, alimentándose en el intercambio: desafío vs pusilanimidad.

Así, el aludido desafío constituye una matización de figuras lexemáticas, dando lugar a una especie de oleografía interactual que, desde la feminidad otorga los más abruptos escorzos de plasticidad evocativa, así como, desde la virilidad, confiere los temples, diríase, románticos en la tibieza del emplasto grisáceo.

La muerte en la mujer. La mujer en la muerte.

La configuración semantémica o de significación y sus itinerarios semánticos, auspician modelos verbalizadores donde, se deflagra un ámbito inquisitorial, aguzado, alertador y no menos disuasivo.
Consecuencialmente, las disposiciones sémicas conciben una isotopía argumental u homogeneidad conceptual, cuyos rasgos distintivos, nutren un nihilismo carente de poeticidad y pletórico de racionalidad y discriminación noemática.
La muerte como mitente en la voz femenina pretende desvelar, desafiándose a sí misma a través de trazos disfémicos cuya procura se atipla en hacer emerger una realidad, específica de su construcción emotiva, de su desazón. Asi, es la muerte en esencia la que reconfigura su sentido optativo de pasmo, de inabordabiliad y aproximación.





La muerte en el hombre. El hombre en la muerte.

El escucha-lector y espectador, es manejado por la estructura sutil, misma que le persuade a identificarse con el cariz donde mora la fortaleza y la carencia de temor. Sin embargo, el mismo narrador contexturiza a la muerte en el hombre adecuando su postura en matizaciones menos agresivas y más lenitivas, donde la muerte muestra a su alegoría (la vida) como ordenanza digna de ser vivida, incluso en la ofuscación del engaño, de la manipulación y el dolor como dulzura poética.

De acuerdo a estas representaciones discursivas, la muerte se atempera en colorismos impresionistas donde, la cobardía no es más que una osadía inversa, un retemple de tonalidades, un retruécano excursivo cuya unívoca finalidad se estatuye en conferir un sentido existencialmente profundo, para sentir y consecutivamente, expresar lo sentido.

En relación a lo aquí exprimido, la muerte se atreve a “vivir”, osa a decantarse en su contrasentido, y, por momentos se recrea en el sentimiento existente de lo existencial, obrando en contextos contradictorios, desde una meta-temporalidad, congruente con la consumación de su juego, tras el cual la muerte sigue viviendo.










J.M,G
Véspero de Venus, 23 octubre
medianía lunar, día primevo
de Escorpio.

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