Le Fanu
(Orfebre de
tenebrismos)
Si bien – a
distinción de quien atipla estas líneas –, debiese constituir indeleble
certidumbre, el advertir que, todo artífice escritural, redúcese a un mero
memorialista, a saber, a un secretario del ‘agente inspiracional’, estas
cláusulas, se sabrán, continente de congruencias.
Partiendo de
esta máxima, resulta asequible evidenciar, en el aludido desempeño, un
protagonismo demarcado por sutilezas transaccionales, cuyo nimbo se sabe rayano
a la circunvalación de ministerios espirituales y no menos liminales.
Escribir es
transcribir! ¿La mediación o pontificado? Ni más ni menos que, a través de
notaciones estilográficas: música inherente a paisajes protagónicos, vividos en
esa existencia proto-subsstancial, que nos vive, justo en el plexo de su
contra-reflejo.
En la
singularidad del estilismo y el estilógrafo, que aquí nos concierne, el
‘imperativo topográfico’, se aguza a grado tal, semejándose al pebetero donde
deflagra ese nitro quintaesencial, infuso a los plectros de la conciencia
colectiva.
Así, a partir
de esta inteligencia gregaria, concede la impresión que, en su aflujo de
mónadas, fuese brotando la numinosidad del narrador. Y es que, a la postre,
este daemon, posee la peculiar
suficiencia de embebecer el ánima, en raptos alotrópicos, subrepciones y
proclividades, surgidas del folklor, esto elucidado tal como el organismo de su
existencia onírica y cabalística.
En términos
menos capciosos: la vivencia onírica y fabuladora de la entidad gregaria, va
consolidando, sublimación tras sublimación, leyenda tras leyenda y apólogo tras
apólogo, ese phantasmata, cuya
potencialidad termina conciliando una suerte de embrionato o fecundación
almática, por demás estilizada y nielada por principios de orden esteticista.
Sicofanta,
consorte y amante de las evanescencias, una vez hayas hendido el aguafuerte
donde sus líneas se esmaltan, para luego desparticularizarse, anegado te sabrás
en la modelización de consonancias, que rebosan onirogramas. Dichos óleos,
entextualizados entre la orladura de ponderaciones morfosintácticas, alborecen
en esas exquisiteces promanadas de toda conmensurabilidad.
Órficos,
ideólogos, vástagos de Melpómene, los estratos estilológicos atinentes a la
pluma de Le Fanu, esmeran una forma: genatriz de múltiples dimensiones
acústicas, a saber, globulación entreverada de interludios, que conciben otros
intervalos.
La
nunciación elocutiva, reproducida a través de la voz
narrativa, es manifestada por la nada anodina utilización de motivos encarnativos.
Dicha
translocución acaece, una vez, determinada voz, logra asimilar el organismo
morfológico de variopintas elocuciones, externando así una especie de
internunciación descriptiva. La catálisis,
por consiguiente, se difracta, mediándose a través del recurso de ‘arborescencias
modulativas’, vertidas desde una misma raíz de estereofonía narrativa, en cuya
enunciación, se substancializan muy asutilados marcos prosódicos, sistemáticos
y retroalimentados.
Tal cual es,
resulta aducible concebir esta substancia estilística, ya tamizada por el
aludido despliegue de interlocuciones. Este logro, se extrema en la
contextualización de la prosopopeya,
efecto que, una vez personifica al plano circunstante, le confiere la
posibilidad de focalizar la trama, desde muy singulares aspectos perspectuales.
Dichos
aspectos, otorgan aquiescencia al caleidoscopio inherente al concilio excursivo
– en su omnipresencia – tornando en protagonismo actancial, al mínimo giro circunstancial,
fuesen ya los aniegos de un sentimiento, ya cierto indicio prosopográfico, o
bien, ese animismo develado en objetos y locaciones.
Tanto,
imágenes como analogías: ámbitos semánticos cuya polisemia dimana de los signos
lingüísticos, propician, en ese narrador
ingénito al lector, un derramamiento de fabulaciones.
En primera
instancia, su imaginario se exorbita en un ascenso de agudezas conceptuales. En
la simetría intercadente de las cláusulas y sus emplazamientos, advertirá,
estructuras emergentes de combinaciones fonogramáticas, en cuyas esferas
estróficas, germina la musicalidad de toda una poetización.
En el afluente
constitutivo de estas orquestaciones, se ‘epifaniza’, en carices plenos de
cadencia, la perspectiva de un aguafuerte: pictocromías derivadas del
acoplamiento sintagmático, matizan a doquier, el sustentáculo donde los plexos
descriptivos, mereced a su acucia cromática, terminan subsumiendo el bastidor
‘diegético’ o temático. A este respecto, cabe resaltar que, tanto, ornatos ambientales,
florituras adscritas al plano circunyacente, así como indicios
circunstanciales, escorzan, aquí y allá, las veleidades de un aguafuertista, de
un esmaltador, cuya labor estribase en literaturizar sus esmaltes y esmaltar su
literatura.
Ah, por el
espíritu de Góngora, de Proust y de Gauthiér, es aquí donde, sin lugar a
hesitaciones, se puede refrendar la aplicación del Arte por el Arte, y argumentar, con toda la ufanía posible:
Catálisis diégetica!
Con tamaño
tornavirón, propinado a toda esa cáfila de gacetilleros, que se precian ungidos
por el estro, este cisne londinense, condiscípulo de La poesía metafísica, se mofa a su gusto
de los baluartes circunscritos a la literatura, cuyo único valor estriba, en la
pujanza por hacer del contenido, una búsqueda de conceptos carentes de belleza.
Y, es
sibaritismo de catadores y horticultores del buen gusto, el hecho de sublimar
la primacía inherente a la ornamentalia
literaria, hasta conseguir transmutar el argumento central, en un adorno más,
en parte del paisaje de los paisajes.
Atendiendo a
la esfera de la proyección plasmativa,
consumada en la arquitectura de sus remansos sintagmáticos, todo Londón, su
lobreguez y fantasmagoría, puede, sin empacho, blasonarse de poseer a todo un
orfebre de las sutilezas escriturales.
Los ‘motivos
dinámicos’, escorzados y entretallados, ya entre contextos diegéticos, ya en estratos catálicos,
devienen gemas estróficas, que cantan el loor del ingenio gramatical, de ese
flordelisado consistente en la disposición de figuras de dicción y figuras
de pensamiento.
Cualquier
espíritu, parvamente agraciado, con el mínimo de perceptibilidad estética, no
dejará pasar desapercibido – en la contemplación de algún paisaje – la
inmersión de cierta espiritualidad analógica, con ello develando un efecto
concéntrico, en cuya esfericidad emotiva, surgiese ese arpegio atiente a la
melodía de sus proporciones.
Estas
notaciones, literaturizadas por este narrador, tienden a metabolizarse
interactualmente, así desplegando ese pespunte maestro, fomentado en la
generación de toda sinestesia. Un desprendimiento de esta naturaleza, es aquel
librado, una vez el lector – mediante su narrador
receptivo –, se anega en una de las más asutiladas soluciones, donde,
literatura adviene liturgia de enseñoreos orbitales.
¿A qué
esmaltador, poetizado por los ritmos, amante de matices y formas, no concita
toda superposición de contornos y cromaticidades, de ondulaciones y
sinuosidades?
Poetas-pintores,
pintores-poetas, la esculturización de estos relatos, su contextura,
constituyen todo un panegírico a las percepciones ensoñativas, a esa espagírica sentimental donde,
espacialidad y temporalidad se saben solubles, deducibles de álgebras cuyo
refractor proporcional, arroja un tropo inusitado de vértices
supra-dimensionales.
Lector, tú,
que abonas soledumbres, atilda y da responso, ¿En la genealogía de tus
histerismos, te fue inasequible al caso, ese avizoramiento de un suceso aun no
suscitado, y que, en la ulterioridad de lo inesperado, advirtieras con estupor
y pasmo?
¿Al caso el
inquirir no ha esquirlado la sesudez de tu cordura, una vez hubieres
cuestionado si, los onirismos vivenciados, no albergan, de una u otra manera,
alguna correlatividad con el decurso de la experiencia vigílica?
Lector, tú,
que rindes pleitesía a la naturaleza de la melancolía, quizá, hayas entrelucido
a través de la piel de tu mujer, los siete pétalos dérmicos de todas esas
amantes que, ya en el ensueño o en el sueño mismo, consiguen triunfar de la
corporeidad, siendo ellas la causa por la que te abandonas a vorágines de
lascivia y exultación erótica.
Estos recursos
inquisitivos, cobran brillantez y relevancia, una vez se trasponen los
umbrales, tras los cuales, el narrador de Le Fanu, les emplaza con la delicadeza
de un geómetra, inspirado por adagios y tocatas.
El
tratamiento, por demás sinfónico, inherente a la diacronía, se atipla y se
refina, en un refractor de cuyo lóbulo emergen simetrías sincrónicas: tiempo
repujado de momentos combinados y, ¿Por qué no?, rítmicos.
El término ‘prolépsis analéptica’, designa ese
fenómeno, en sí mismo exorbitante, en virtud del cual, determinada seriación de
sucesos, son vividos en una pre-existencia, de cuyos tamices, el protagonismo
desencadena una potencia retráctil y no menos cautivante.
Le Fanu, se
sirve de este sistema, con la expresa finalidad de subvertir los parámetros
consecuentes, ingénitos a la trayectoria de la linealidad temporal.
Como todo
poeta, reelabora, a partir de acervos emotivos, las ‘esfericidades circunstanciales’,
donde, la diégesis o acción, acaece
merced a motivos evocativos, re-nutriéndose a través de segmentos helicoidales
de lineación argumental: sierpe enovillada en espirales!
En la
aplicación de este ‘tropo estrófico’, se genera una de las más exquisitas
sensaciones de regolfamiento, en donde, la vertiente del hito argumental, en sí
mismo arremolina su afluente, reproduciéndose para así conseguir
substancializar los enclaves atingentes a su congruencia.
Tan sólo el Idealismo mágico de Friedrich von
Hardenberg y las estructuras analógicas del compositor de Aurelia – a mi criterio –, podrían ensamblar una sistematización
meta-temporal como esta. En la asimilación del tratamiento argumental, tanto,
el plano ‘etopéyico’ o sentimental, inherencial a los personajes, así como el
ámbito ‘prosopográfico’, entrevera sus pormenorizaciones, a fin de manifestar,
la desenvoltura de una correspondencia, en cuya síntesis, todo es reabsorbido.
En este
sentido, la naturaleza y la estratificación de sus potencias, guardan una
relación interactiva con los personajes, ya metabolizando el devenir, ya la
circunyacencias, a partir de rasgos distintivos, fuese ya un ‘movimiento
humoral’ o bien, la manifestación de algún gesto, una característica
fisiográfica, engarzada en el ‘organismo sentiente’ del topos, que le sirve de
contextualización o marco.
La lente
pneomatoscópica de Le Fanu, desvela todos esos procesos, de ordinario vedados,
a las facultades sensitivas.
De la
potencialidad naturativa, hasta su embriogénesis naturada, es asequible advertir
toda una ecuación sintáctica, de valores proto-substanciales que,
fenomenizándose a través de sublimaciones circunstanciales, le permite separar,
de las partículas indisolubles, las que detentan solubilidad.
A guisa de
sedimento secuencial, el narrador, deja fluctuar la entidad de un corpus
soluble y – paradigmáticamente – perenne en su desvanecimiento narrativo.
Surge
entonces, análogo a un incienso emanado del Ganges, el Phanthasmata lefanumiano. ¿Trátase, al caso, de un burdo espectro,
promanado del ánima astral del humano? Esta entidad, constituye ese sentimiento
profesado por Natura, en cuya profusión, lo ordinario, gusta de erogenizarse
para devenir extra-ordinario, a saber, el umbral sensorial de un árbol, quizá,
azuzado por la correspondencia emotiva de algún atribulado.
Helo aquí, las
emisiones de tristura del personaje, son embebidas a través de las mónadas
arbóreas, y en su vegetatividad, esta complexión, consigue recapitular
evolutivamente las partículas saudosas, “vertiéndolas”, desde su inteligencia
vegetal, a cualquiera que merodease su ubicación. Por consiguiente, el
merodeador, no sólo asumiría gradaciones de este sentimiento, cuanto que, pugnaría,
inadvertidamente, por manifestar estas impulsiones – foráneas a su voluntad –,
viéndose poseído por este numen, sin dejar indemne tales designios
fantasmáticos. Este es tan sólo, uno de los refinamientos que esta pluma puede llegar a desplegar.
De esa cuenta,
es como, lo preternatural responde a una híper-excitabilidad de ámbitos
naturativos, mismos que, son impelidos a su inevitable desbordamiento. En estas
temperies narrativas, lo sentiente mueve a sentir diversos sentidos en lo
percibido: símbolos del sentir, en su diversificación, enigmáticamente
analógica y no menos profunda.
<La descripción es una acción
incomprendida;
si preciosista, ofensión es al lector,
pues, a su
magín reduce a un esqueje; si parca,
su dádiva
le confiere la tentativa de mancillar lo
que pudo haber sido la gloria de su
esplendidez!
Loadas sean las profusiones pictóricas
en el arte
de literaturizar sus magnitudes!>.
(J.M.G)
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