Barathrum
(Sadumbre,
Gehenna y Obscurismo)
La
música de las esferas.
Saatana
Metafísica
Ontogénesis: surgimiento del
liriólogo.
Existen partículas de energía, que confluyen
para formar moléculas de aire; otras las hay que se ayuntan conglutinando blandicia
y, tal como fuerza y resistencia, se segregan en una dinámica,
por demás dócil y pasiva.
Empero, hay energía, átomos y moléculas, cuya
cohesión consolida las formas más virulentas o perniciosas, sin que por ello
dejen de representar gradaciones vinculadas a lo bello y lo sublime: formas y esencias que contraponen el
equilibrio de los atributos accidentales, en relación a las entidades naturadas,
pues, son opuestos (en apariencia), tal como ciertos ácidos que “descomponen”
los metales y sus propiedades para que estos se tornen en oro o bien, gemas
preciosas; son a su vez formas de energía, cuyas mónadas se cristalizan o
fenomenalizan, a fin de plasmar lo que aniquilaría a otro elemento más dúctil.
De tal suerte, oportuno sería indagar
respecto del veneno que vive en la sierpe. Dicha ponzoña expropiaría de su
vitalidad a cualquier mamífero, y, pese a su morbidez, la substancia no
aniquila a su poseedor, ya que, el veneno de la serpiente no obra cual
toxicidad para este reptil; no representa ningún agente antagónico para su
organismo; empero, sí sería mortal para un gorrión. Observamos al escorpión:
posee una substancia deliciosamente mórbida cuya valencia intoxicaría al que así
le fuera insuflada y, sin embargo, esta criatura vive por y con su veneno, un
agente antagónico y letal, que no constituye una contrariedad en sí para este
espécimen. Asumiendo esta ejemplificación, “el mal” tal y como nosotros lo
concebimos, disiente de su relativa malevolencia, demarcándose en todo un
proceso depurativo de la naturaleza.
De
esta guisa, estas formas de ser,
desde la mónada primeva hasta las células nerviosas, han combinado, en una
suerte de amalgama somático-alotrópica, antropofísica e inmanente, las formas diversas
de energía. Se ha consumado, entonces, un sincretismo de compulsiones, que
sobrellevan la nostalgia y el rencor hacia el
ser consciente (existencia) desde todas las posibles conformaciones de
inteligencia, ya sea incerebrada o cerebrada, pues, desde lo atómico, mineral,
vegetal, animal y hominal, estos entes fungen tal como vehículos.
Estas potencias vehiculizarían determinada
energía, ontológicamente transmutadora,
misma que propicia explosiones en el sol de fáculas kilométricas, que
hace reventar planetas enteros, que
promueve la merma solar, a fin de devenir en nocturnidad. La aludida
potencia, encauzaría la descomposición de las flores, para que cuajen los
ciclos de renovación, endilgando al otoño a fin de nutrimentar la almáciga de
los árboles, pues, es la energía del contrario
vital, o “muerte”, no siendo – en sí – más que vida:
fuerza destructiva, el Shiva
de los indostánicos, la eversión en sus variopintas modalidades, y así, ad infinitum.
Estos seres escientes – hominales –, se saben
los representantes y plenipotenciarios de esta potenciación nodriza, pues,
dicha energía, tal como en el áspid o el escorpión, se diversificó a través de
estos mapas simpatéticos neuro-bioquímicos y de sus procesos psíquicos, como
realidad psíquica y somática. La energía requiere (como Idea) catalizarse, dentro
de un sistema funcional de vida, en este caso, nervioso senso-neuronal y consciente. Desde el plano
kármico o de mera realización
consecuencial, se devela la precisa integración de esta fuerza, sirviéndose de
un factor geográfico, genético, cromosomático, social y cultural. A saber, la
consolidación encarnativa de esta energía, “localizaría” los constituyentes
modales de índole humana, con la expresa finalidad de cumplir con la
intensionalidad de su desenvoltura ontogénica.
Dichos individuos, reuniendo todos estos
factores de acervo energético, han atesorado, seguramente, un caudal de
vivencias. Además de la ya inherente capacidad para tener estas afecciones
emocionales, en un plano genético de latencia, habrían vivido su experiencia
filogenética, en un amparo social que los condicionaría, a manera de opresión,
a desarrollar este potencial aguerrido y bizarro del ser, estimulando su
función de vehículos. Esta suerte de “despertamientos de reminiscencia”, iría
evocando la suficiencia de un ego, constelado de episodios dramáticos –
infinitamente necesarios para su evolución – conformando la evolución
individuante e integrando la consecuente personalidad, convenientemente
licenciosa, díscola y colmada de vorágines pasionales.
Este estadio sensible que, a través de su
ambientación, se torna más melancólico, es el encargado de estructurar tales
hiperestesias, en donde, una suerte de neurosis ascendente crea y proporciona
las reacciones insumisas, henoteístas, totémicas. Todas estas ‘notas
ontogénicas’, se desarrollarían mediándose entre el tamiz de las relaciones culturales
y dogmáticas que formasen parte del bastidor de sus vertientes identitarias, y
posibilitando, en los fueros caracterológicos, el sentimiento traumático y no
menos existencial de desarrollar una sensibilidad hacía las formas más sublimes
de las Bellas Artes.
Dicha suficiencia se vería aplicada a su
particular interés, constituyendo en este cariz, la lobreguez de las formas de
percepción, sensación y reacción. De ello derivarían las apreciaciones de su fuero estético, aprehendiendo lo que
una percepción flemática y palurda jamás podría develar. Tal virtuosismo se
revelaría en una apreciación del entorno, asutilándole en perceptibilidad de
tonos sublimantes, fuese ya en el ámbito onírico o vigílico, manifestando, por
ende, un delirio simétrico, de modelizaciones, cuyo prurito se afanaría por la
forma composicional, de izar la impulsión emotiva, catártica,
nostalgico-vehemente, hasta los niveles más impresionantes de las proporciones
de la belleza melancólica, fantasmática y supra-irreal.
Musicología
¿Qué posee, pues, el sonido de la lluvia para
evocar en nosotros esa vaga sensación de melancolía? ¿Será acaso la forma en que se distribuye el agua,
el pringor de sus gotas, gotas que tal vez nos seduzcan con ideas lacrimosas?
¿Será que el sonido del mar y el sonido de la lluvia producirán el mismo
efecto?
Sin duda, es una cuestión de combinación, de
metro y proporción, pues, todo se diversifica de manera sinestésica, suspendiendo,
en su compás diacrítico, pulsiones reactivas promanadas a partir de su
multiplicidad unitaria o unicidad multiplicia.
En el proyecto composicional Saatana, Barathrum, endilga la emotividad de índole patológica y el
sonido, hacia el umbral de ubicuidad y unicidad, de fusión y profusión
expresivas, ya que, sus notaciones se aguzan a ras de perspicuidad, al grado de
conseguir explicitar el estado de crisis
y delirio, de lascividad irascible, así como de saudade, en avatares de
embebecimiento. Los aludidos procesos catárticos no se confinan exclusivamente
al prontuario de manifestaciones psíquicas, cuanto que, develan la relación de
una especie de ‘substanciación incisivamente alotrópica’, en cuyo contexto, el
espíritu se retrotrae hacia sus arquetipos más representativos. Fruto de esta
simbiosis, eclosionan estrofas musicales
tan precisas y acuminosas, determinando, en la mismidad del arpegio, la virtud
de transmitir, aún con más tino, lo que, prosódica y morfosintácticamente sería
asequible expresar: geometría efusiva en diagramas de horrores empáticos,
consonantados y apabullantes, en la idoneidad de su exquisitez entenebrecida.
Las notaciones se consolidan, en su basamento
estructural, desde ese hálito que dimana de entre las profundidades del ser
latente, formando tamaño conciliábulo de sensaciones pneumatológicas o infusas
al ánima: sede donde se encarnan los sustentáculos de la impulsión dialéctica,
donde se edifica la substancia de los phanthasmatas imágico-relacionales.
Constituye un trasunto perfecto de la puridad emotiva sin desconfigurarse entre
las glosas morfológicas y, aún así, más palabra que la palabra: notas de una
terrible profundidad, de consonancia, impresivas, exhumadas desde la
manifestación de la cinética de cierta dolencia meramente ontológica, notas, al
fin, sujetas a una conciencia espacial, en cuyas partículas de cuanto, se
abrazan en su helio centrífugo, ya superponiéndose, ya copulando con sus
hemisferios arácnidos y engendrando una contrición que semejara el prolapso del
desfallecimiento epiléptico.
En el corpus de la composición, aflora toda
una esfericidad de moviciones arquitecturales. El áspid de un Fa sostenido, se enarbola entre el
pentagrama y, en tales contorciones, las notas confieren la impresión de ser
atravesadas por leznas de dolor, concibiendo, merced a ello, florituras de
orden contrapuntístico. Fusas y semifusas menstrúan un lloro de
lobregura, llanto de sirena triséfala, que lanza coletazos y embiste. El
delirio deviene nota, las notas, se tornan en preciosismo de la melancolía, que
se trazuma en ellas como la pez sobre el papiro, notas empapadas por la
desesperanza, por esa analépsis poética cuyo pujo estriba en pontificar la obscuridad
del ser hacia nociones de infernación: notas amparadas por la hermosura de la
autodestrucción.
Los
arpegios van arboreciendo de entre las cuerdas, hasta vertebrar similcadencias
copulativas. De ello se genera una constelación de compases, en cuyas
ondulaciones se atemperan métricas a usanza de tocata; y, de la pulsión interpuesta, se atiplan momentos diastólicos que, luego de
haberse suspendido en el crémor de su vibración, resucitan en festones de un
abrumador dramatismo tonal. Este árbol musicológico no precisa temperies de
complejidad, no pretende el ensimismamiento notacional inherente a una
composición barroca. Empero, sí se ostenta determinado goticismo, advertido en
la tesitura por demás aguzada, tanto de sus constructos rítmicos, así como de
la vociferación promanada del vocalista: elevaciones rostrales, diríase, a la
manera de esos edículos medioevales, donde, la arquitectura se afila en la
profundidad de las verticidades.
Subsecuente a estas ascensiones, el repliegue
de los matices alcanzados, tiende a cohesionar, tal como lo libran los ríos al
subir en su cuerpo de niebla y deshacerse en tormenta. Entonces, todo el
retablo de arpegios se precipita en angulosidades sonoras, cuyo prolapso se
sobrepuja en analogía a un estacato
trisado a cadencias. Hay una primacía melódica en la composición, lograda en
virtud de los interludios fluctuantes y el metro, cuya sostenibilidad es
presidida por la línea semi-curva que prolonga la aplicación del bajo. La
organización estrófica, en lo acordes, llega a establecer girándulas de
florituras en goticismo, delimitando, en la ambientación, figuraciones intercadentes
de contención pulsátil, en lo que a frecuencia atañe.
Sinestesia
musical
En la asimilación composicional, los matices
consiguen percibirse tal cual notas zaheridas por desfiladeros de crueldad y
embeleso, acumuladas en el sistema parasimpático, en el nervio vago de la
demencia, efloreciendo no sin estremecimiento y sendas cadencias. Todo evoca un
lamento secular, de pespuntes desoladores: notas que emulan al otoño, todas
ellas languidescentes, voluptuosas, arañadas por la vaguedad y la divagación,
compases de una química que se antoja numinosa,
feróstica y onírica. Un andrógino sentiente es advertido, a saber,
mieles en hieles y hiel de dulzor, que se templan para destruirse y formar en
su quididad post morten, una alegoría de orden mayor. Sus notaciones propician ambientes,
episodios de tristeza y animadversión, de soledad e invierno: frío, formas
mondas, romas, agudas, rostrales, filos, peñascos, espesuras, bosques de la
prevaricación; son florituras lúgubres que le dan penumbra al espacio, son
orladuras que manan calígine, tinieblas, del ser y del ambiente, ornatos en
donde, la muerte está viva, en donde la muerte hace vivir, galvaniza,
desinhibe, solivianta; son motivos de luz, mas no la luz del sol y sí la de la
luna, luz que no calienta, mas sí ilumina: azul, luz de sinuosidades y
resquicios del alma; son arpegios virulentos, pero a su vez, consonantes,
cadenciosos, ecuables, sin disonancias hiperbólicas, arpegios que guardan la
hegemonía de un desdén elocuente, pulcro, de una rabia reformada por la poética
de formas sublimes, que lanzan su amarulencia con fintas deliciosas, como un
odio meditado y satánicamente sobredorado con armonía y excelsitud.
¡Oh si E.T.A Hoffmann atiplase en su facultad
auditiva tales estancias!; seguramente habríase inspirado en toda esa lobregura,
pues, el infierno, como sensación y morada, jamás conoció a tan ínclitos
progenitores, a tan insignes redentores, anfitriones del macabrismo más
elocuente, de la estofa aristócrata del Averno.
La musicalización, cuando es rápida conforma
una cierta evanescencia, presupone y delinea un escape, psicológicamente
aplicado por los trazos raudos y elencados que sus episodios emiten,
transmitiendo un sentido que diluye y suprime el tiempo en su viso mecanicista.
En Barathrum, musicalización e interludios son escandeados, morigerados; y esto
en sí nos demuestra que, la lentitud o parsimonia rítmica presupone no ya un
escapismo sónico del presente, sino una ambientalización afianzada al mismo, así como al pasado y sus fabulaciones, pues,
sus cadencias e interludios develan la agonía esciente del abismamiento en el
sentimiento de lo eterno. Este regolfe se sustenta por la sinestesia de lo
vívido, dando paso a una cierta tolerancia y resignación del dolor y la agonía,
ya que, sus rubros musicales, distribuidos por espacios y tiempos consonantes y
enseridos con parquedad, dan armisticio a que, la nota misma, suspendida entre
espacios, delimite su templanza. Dicha
delimitación en su contenido íntimo, proyecta en el imaginario sus magnitudes,
dando la prerrogativa a que, ese espacio de nota que fluctúa, imbuya su esencia
episódica entre una pulsación que confiera imágenes, sin ser estas zaheridas
por blasones demasiado céleres, sino más bien, toman su tesitura para sembrar
su imaginería, su desgarramiento, y orientar, sin retruécanos, el prisma emotivo
e imaginativo del oyente. El escucha, sin advertirlo, cae presa de una
sensación tan lúcida y explícita de transmisión sinestésica que, en la
concisión interlúdica, consigue aglomerar las imágenes musicales para crear el
ambiente sugerido. Dicho ambiente se sabe revestido con la castración del
silencio, conciliando vértigos divagativos, que cristalizan tal metamorfosis,
en la vacuidad de esa pre-sonoridad, para eclosionar en oleogramas por demás
atribulados y replegados en su arborescencia, consecuentemente isocrónica e
incisiva.
Bienhadados sean los
tenebrismos del corazón!
Si las notas musicales no
empapan su arista
en el másticis del dolor, el
alma, aun ociosa,
no se ha templado por los
helios de lo Bello!
Julio Manuel Girón.
Barathrum primera parte:
ResponderEliminarMaestro Julio, es para mí, un verdadero beneplácito despertar de su letargo a mis inquietas ninfas intelectuales, quienes se ocultan silenciosas tras las intrascendentes sombras de la monotonía cotidiana, muchas gracias por abrir los pórticos e invitarme a entrar. Esta vez, estimado aparcero, me has invitado a confinarlas a un viaje sin retorno que dará inicio desde el mundo de las verdades metafísicas hasta el universo de las sinestesias Black Metaleras. Abrid entonces las puertas:
Hablar de Barathrum, implica necesariamente hablar del género musical Black Metal; en consecuencia implica necesariamente, filosofar respecto a lo que entendemos por el “mal”, ya que éste tópico constituye el elemento nutricio fundamental del contenido lirico y musical de este género. Desde bandas como Jaula, Venom, Bathory, Mayhem, Barathrum, entre otras, el “mal” ha tenido distintas connotaciones e interpretaciones; tal y como, en otros siglos, sucedió con las conclusiones filosóficas de Schopenhahuer, Nietzche, Russell, entre otros pensadores; sin embargo en todas ellas existen puntos de convergencia metafísica, que en tu ensayo has sabido identificar y desarrollar magistralmente.
El “mal” tal y como se dilucida de tu ensayo, tiene su principal origen en “Lo opuesto”, ya que lo opuesto ésta presente en todas las posibles conformaciones de inteligencia, en cada célula, átomo, molécula, en cada parte del ser incluso en la razón. Es el elemento que se contrapone al equilibrio de los atributos accidentales cuyo antagonismo deriva de la existencia misma. Es la oposición, el elemento destructor, es la energía contrario vital o muerte, interpretada su esencia para algunos como “mal”; no obstante, para espíritus elevados que han develado su verdad, constituye el elemento necesario y depurativo, que mantiene el constante movimiento de los ciclos, ¡Ave Shiva!.
Esta energía opuesta, necesaria, indispensable e intrínseca al ser, identificada como “mal”, podría manifestarse en nuestra realidad de distintas formas, ya sea como veneno o quizás como otro tipo de substancia mórbida antagónica a otras sustancias; sin embargo, por estar dotado el hombre con un sistema neuro-bioquimico, capaz de interpretar su realidad externa y capaz de exteriorizar su realidad psíquica somática, se manifiesta de distinta forma. Dependiendo de la disponibilidad, genético, crosomatica, intelecual, social y cultural de determinado individuo, ésta energía podría poseer sus “ideas”, en virtud de la necesidad de ésta energía de catalizarse dentro de un sistema funcional de vida, ya sea desde un plano karmico o por mera realización consecuencial. Dicho individuo, bajo estos influjos, buscaría los medios de manifestación física de sus ideas; para el efecto buscaría las que sean consonantes con su nostalgia interna, con su soledad, con su lobreguez, con su sensibilidad para apreciar en su entorno la estética de la nostalgia de la muerte de todo aquello que representa “el mal”, el fin aparente. Dependiendo de su disponibilidad estética podría encontrar entonces; los códigos congruentes a sus ideas en las bellas artes, forma, sonido, color, etc.. Dentro de ese contexto, los músicos de Barathrum de esta miscelánea de posibilidades estéticas, han encontrado en la música, el vientre materno, que de forma a esta energía que ha poseído sus ideas.
Barathrum segunda parte y final:
ResponderEliminarDeterminado el arte que dará forma a este ser antagónico metafísico, abres la segunda puerta, hacia musicología, donde sin duda la combinación y la proporción de tiempos y sonidos son los jerarcas. En éste universo de tiempo y sonidos, has logrado interpretar, el áspid sacrílego de un Fa sostenido, cual grito melancólico lleno de infinita agonía que se incrusta en el ser infestándolo de dolor; a las Fusas y Semifusas, las has visto en el río del silencio menstruando un lloro de lobregura, cual llanto de sirena evocando notas llenas de melancolía y desesperanza. Tras las saturadas sombras de las notas, has logrado atisbar el triunfo de la obscuridad, el preciosismo de la melancolía, el rostro hermoso y oculto de la destrucción, semicadencias que engendraran compases imposibles, catedrales góticas que se elevan hacia el infinito que se descifraran de guturales y evocativos gritos y el sincretismo poético cuyo pujo estriba en pontificar la obscuridad del ser, su elemento antagónico, hacia nociones de infernación desconocidas.
Pero ¿cómo son posibles todas estas imágenes dantescas?, sí la música es el arte de los sonidos, esta interrogante nos abre el tercer pórtico, la sinestesia musical; para el efecto considero menester, apuntar que sinestesia es: “la percepción conjunta o interferencia de varios tipos de sensaciones de varios sentidos en un mismo acto perceptivo”. Entendido lo que es sinestesia, considero que será más sencillo para cualquier lector aventurado comprender, los paisajes, sensaciones, colores y estados de ánimo, que has plasmado de tu experiencia auditiva.
Por mi parte aparcero, comparto el gusto por éste tipo de música, en virtud que sus creadores, en su mayoría no están comprometidos con el capital, sino con la expresión pura, con el arte y la estética, comprometidos únicamente con el deseo de manifestarse de ese ser metafísico y antagónico que vive en nosotros, con ese ser más arraigado a nuestros instintos que a nuestra moral y razón, a ese ser que invoca episodios de autodestrucción inmisericorde comandados por Shiva, Abadon, Azazel, Euronimo, a ese ser metafísico que impulsa nuestra razón, como diría Nitsche, mas allá del bien y el mal.
Bajo los influjos auditivos del Black Metal, nuestro contrario vital asido a nuestro sistema parasimpático, descifrará retrospectivamente en cada composición musical: el murmullo de la muerte invitándonos a entrar a sendos bosques tupidos de añejos arboles que se preñan de lobreguez con el beneplácito de Ishtar, a sentir los besos fríos de la muerte que invitarán a nuestra ser consiente a vestirse de tristeza y a nuestra interiorata a que contemple su rostro de individualidad reflejado en la soledad de la oscuridad, superfluo e intrascendente. Dioses arcanos y ocultos en nuestro subconciente despertaran de su sueño al ser pronunciados los códigos exactos y ocultos en cada evocación. Shiva cabalgara en cada rápida musicalización dejando tras de sí muerte y destrucción, Asmodeo potenciará nuestra lujuria hacia los dominios de Marduk y en la languidez de cada composición se sumergirá más y más todo nuestro ser, hacia los siete círculos infernales que alguna vez describió dante.
Maestro, abiertos los pórticos de la demencia, no me queda más que entregar bajos los designios de la luna al atrevido lector, ésta llave de plata, para que si se atreve, en la soledad de sus pensamientos abra la siguiente puerta: os entrego el código: Immortal, “Diabolical Full Moon”, Cold Winds of Funeral Dust, ¡Shehamforash! ¡Hail Satan!.
Ademas Blacker than Darkness, enjoy your Black Trip...
ResponderEliminar